San José de Pignatelli: humildad, caridad y cultura

Se ha cumplido el bicentenario de la restauración de la Compañía de Jesús por el papa Pío VII, un acontecimiento que puso fin a la arbitraria decisión de algunas monarquías europeas de erradicar de sus reinos la orden fundada por san Ignacio. Uno de los jesuitas que mejor supo mantener su fidelidad a la Iglesia y al Vicario de Cristo fue el zaragozano san José de Pignatelli (1736-1811), aunque no llegara a ver la rehabilitación de su orden promovida por un papa que  había sufrido humillaciones y cautiverios bajo Napoleón.

José de Pignatelli, perteneciente a una ilustre familia napolitana asentada en Aragón, ingresó a los quince años en la Compañía. Reunía dos cualidades, no necesariamente incompatibles, la de ser un hombre erudito y caritativo. Estamos acostumbrados a la imagen tópica del intelectual, colmado de sí mismo, y que no tiene ojos ni oídos para quienes le rodean. Este no era, desde luego, José de Pignatelli. Tras ser ordenado sacerdote, impartía clases de gramática latina en el colegio jesuita de Zaragoza, pero al mismo tiempo visitaba a enfermos y encarcelados. Hombre de oración intensa y de grandes deseos apostólicos, soñaba con ser enviado a las misiones. Sin embargo, su estable vida en su ciudad natal se frustró con la Pragmática Sanción de Carlos III, de 2 de abril de 1767, por la que los jesuitas eran expulsados de sus reinos. Con apenas treinta años, José recibió el mandato de sus superiores de acompañar a sus hermanos jesuitas al destierro en los Estados Pontificios, donde incluso el superior general de la Compañía, el padre Lorenzo Ricci, terminó sus días encarcelado en el castillo romano de Sant´Angelo.

José de Pignatelli nunca volvería a su Aragón natal y pasó el resto de su existencia en tierras italianas, donde no escatimó esfuerzos para conseguir la restauración de la orden, o al menos para que se restableciera en algunos territorios como el ducado de Parma o el reino de Nápoles. Contempló además de cerca las penalidades por las que pasaron Pío VI y Pío VII, prisioneros de los revolucionarios franceses y de Napoleón, que alimentaban la vana ilusión de suprimir el papado para siempre. De hecho, estas acciones violentas no fueron más que la consecuencia forzosa de la oposición más sutil en las décadas anteriores de las monarquías del despotismo ilustrado y de  sus ministros contra la Iglesia, en general, y contra los jesuitas en particular. No es extraño que la hostilidad verbal o formal termine desembocando  con el paso de los años en violencia abierta. Pero José siguió observando la misma conducta en sus años italianos que en Zaragoza: era un estudioso que en Bolonia destacó por su amplia cultura y su espléndida biblioteca. La nobleza de su linaje habría podido atraerle, como a otros de su condición, hacia grandezas humanas, supuestamente compatibles con su estado eclesiástico. Sin embargo, su humildad le hacía a la vez perseverante en la oración y en la atención al prójimo, especialmente a los hermanos de su orden. José les recordaba a  menudo lo que llevaba aparejada su pertenencia a la Compañía de Jesús: “Ya que nos gloriamos en llevar el nombre de Jesús, es muy natural que comportamos sus ignominias, sus penas y su cruz”. De hecho, como escribiría un historiador jesuita, Miguel Batllori, la restauración de la orden solo vendría de la mano de Dios “por medio de tinieblas y de trabajos, por la larga senda de la humildad, de la caridad y de la vida interior”.

José de Pignatelli es también un santo de la fidelidad, un ejemplo para un tiempo como el nuestro que quiere relativizar y cuestionar  nuestras opciones en la vida en nombre de una supuesta libertad. La Compañía había sido suprimida, primero por las autoridades civiles, que a su vez presionaron al Papado para conseguir su extinción. A no pocos jesuitas se les dio la posibilidad de pasar a otra orden. Sin embargo, José era consciente de que eso era traicionar su propia vocación, y así se lo recordó a su hermano Joaquín, conde de Fuentes: nunca cambiaría de orden, aunque tuviera que perder mil veces la vida.

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Robert Hugh Benson, descubridor de Cristo

 Robert Hugh Benson, sacerdote y escritor pasado del anglicanismo al catolicismo, murió hace ahora cien años y  sigue siendo un gran desconocido. El papa Francisco sacó del olvido a este gran autor de ficciones históricas y futuristas, pero de amplios conocimientos teológicos. Lo hizo en noviembre de 2013 para referirse a su novela El señor del mundo, versión de un Anticristo de aspecto no revulsivo, que se presenta como un estadista de rasgos filantrópicos, y cuya condición para hacer feliz a sus súbditos es la renuncia expresa a la creencia en Dios. Cuando se publicó el libro en 1907,  triunfaba un positivismo impulsor de una religión del hombre. Luego llegaron las enormes atrocidades del siglo XX, que no sirvieron de advertencia sobre los riesgos de un mundo sin religión, pues la pérdida de la fe suele conllevar la pérdida de la caridad. Se explica que El señor del mundo siga siendo actual.

Pero Benson es más que un consumado novelista. Es un gran teólogo que pasa por la cruz de las incomprensiones. Confiesa además que no siente emociones ni sentimientos especiales al cruzar el umbral de la Iglesia católica. Solo una fe robusta le da la certeza de estar cumpliendo la voluntad de Dios. Ya es católico, mas su espíritu no descansa. No quiere caer en el estrecho círculo de esas minorías religiosas que guardan su fe para sí mismas y esperan que los demás hagan otro tanto. Benson no asemeja el cristianismo a una flor de invernadero y conoce bien la reprensión del amo al servidor que guardó el talento en un pañuelo. Tampoco se conforma con la actitud de aquellos que dicen haber encontrado la huella de Dios en el brillo de las estrellas o en las flores del campo. Quiere seguir buscando a Cristo, pues su conversión no es un punto de llegada sino de partida. ¿Dónde descubrir al Maestro? En su libro La amistad de Cristo (1912) escribe sobre su presencia en la Eucaristía, la Iglesia, el sacerdote y el santo, aunque a continuación insiste en la necesidad de encontrar a Cristo en el hombre corriente e incluso en el pecador.  Está en la boca de todo hombre que me habla, en todos los ojos que me miran y en todos los oídos que me escuchan. Está en los pecadores porque Jesús los acoge y come con ellos (Lc 15,1). Descubrir en ellos a Cristo es esencial para mi decisión de ayudarles. Benson llega a sugerir que Jesús vive indefenso en el alma del pecador. Le habla, pero no le escucha, lucha con él y es vencido. Aunque no lo diga con sus labios, el pecador, tras el que se oculta Cristo, nos está repitiendo la quinta palabra de la cruz:   ¡Tengo sed!

Nuestro autor no deja de criticar a aquellos que se aferran a sus prácticas religiosas y se desentienden de los demás. Así nunca descubrirán a Cristo, porque no lo verán en la esposa frívola que malgasta sus energías en una vana ambición social ni en el marido que solo piensa en sus negocios durante la semana y en divertirse los domingos. Benson sigue diciéndonos: acércate a tu prójimo y descubrirás a Cristo.

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Charles Péguy, un hombre atrevido

El escritor Charles Péguy es uno de los primeros caídos en la batalla del Marne (5 de septiembre de 1914) al recibir un balazo en plena frente en una operación de reconocimiento en unas jornadas decisivas en las que los alemanes están a las puertas de París. Una muerte heroica la de este teniente del ejército francés al que bien podríamos aplicar el calificativo de “un hombre atrevido”, denominación de uno de sus poemas de El pórtico del misterio de la segunda virtud (1912).
Todo apasionado por la verdad es atrevido. Péguy escribe que el que no arriesga no gana y que los cobardes siempre pierden. Fue audaz a lo largo de su vida, aun a costa de distanciarse de aquellos con quienes se había sentido identificado ideológicamente. Sus orígenes humildes y su conocimiento directo de miserias e injusticias le acercan al socialismo. Un Péguy no creyente busca allí la nueva religión de la compasión y la pobreza. Sin embargo, llega un momento en que el escritor descubre no pocas contradicciones entre los dirigentes socialistas, en su mayoría intelectuales burgueses, predicadores de un mesianismo proletario y que rechazan todo lo que no se ajusta a los dogmas de la lucha de clases y el anticlericalismo. Péguy tiene el atrevimiento de afirmar que también es un concepto burgués la lucha de clases, el nuevo tipo de guerra, a la vez civil y mundial, compatibilizada por el socialismo con un fervoroso internacionalismo pacifista. Dice que toda guerra es burguesa al estar fundada sobre la competición y la rivalidad. Antes que la lucha de clases, debería promoverse la unidad entre los hombres. Sin embargo, no acepta el universalismo fácil ni el afán utópico y supuestamente progresista de uniformizar a las sociedades. No quiere hacer a los otros semejantes a él mismo sino que desea que los otros sean los otros. Péguy llega pronto a una conclusión propia del inconformista que siempre fue: “todas las doctrinas son hermosas en su mística y deslucidas en su política”.
El carácter ardiente y apasionado del escritor le hace alejarse de las éticas formales al estilo de Kant, de ese moralismo que para algunos es el único compatible con la libertad. Péguy cree en el hombre de carne y de sangre, y no tiene reparos en afirmar que el kantismo tiene las manos limpias porque en realidad no tiene manos. Nuestro autor está más próximo a Pascal, defensor de las razones del corazón que la mera razón no comprende. Tampoco se ve a sí mismo como un miembro del partido de los intelectuales, tan importantes en la Francia de su época. Por el contrario, desechará los ensayos y discursos para adoptar en los Misterios un estilo literario de mística desbordante, a la vez poesía y teatro, y que conlleva la posibilidad de ser representado en público para buscar una comunión plena con los espectadores.
La ironía de Péguy le hace observar que los racionalistas kantianos, los intelectuales típicos, suelen ser solteros y despreciadores de todo lo que no ha salido de su cerebro. En contraste, el escritor está orgulloso de ser un padre de familia, algo que considera una aventura apasionante, y no un conformismo social. Pero no es menos cierto que vive un gran dolor en el amor a su mujer, Charlotte Baudouin, y a sus tres hijos. Ella es la hermana de un amigo querido, muerto hace tiempo, y ha sido educada en un socialismo ateo. Está casada civilmente con Péguy y los hijos de esa unión no están bautizados. Los biógrafos nos cuentan que el escritor se siente atraído por Blanche Raphäel, una joven profesora de inglés, que parece comprender sus inquietudes espirituales y literarias. Sin embargo, no dará el paso de romper su matrimonio civil, pese a la postura de Charlotte de negarse a ser bautizada. Él mismo es un cristiano sin sacramentos, que se refugia en la oración, en un intento de superar el peso abrumador de su tristeza, y que termina llorando y musitando avemarías por las calles de París. Es incapaz de separar su fidelidad de la esperanza, una esperanza que no es meramente humana sino que tiene sabor de eternidad. A pesar de que el sufrimiento se ceba en su cuerpo y en su espíritu, Péguy ha hecho suya la actitud de uno de sus personajes en El misterio de la caridad de Juana de Arco: “Hay que salvarse juntos. Hay que llegar juntos a la casa de Dios. No vayamos a encontrarnos con Dios estando separados los unos de los otros… ¿Qué nos diría Dios si llegásemos hasta Él los unos sin los otros?” Esta esperanza recogerá sus frutos un año después de la muerte del escritor, cuando su mujer y sus hijos son bautizados.
¿Por qué Péguy es hombre atrevido? Lo entenderemos si lo vemos reflejado en el padre audaz de su poema que arroja tranquilamente a sus hijos en los brazos de Aquella que está cargada con todos los dolores del mundo. El padre reconoce que está muerto de miedo, pero ha puesto a los suyos bajo la protección de María, cuyos brazos nunca estarán lo suficientemente cargados para no admitir el peso de unos hijos más.

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Mendes Pinto: utopías y realidades asiáticas

El cuarto centenario de la publicación de la obra del aventurero y navegante portugués Fernao Mendes Pinto, Peregrinaçao, se celebra en la Biblioteca Nacional de España con una interesante exposición evocadora de la presencia de Portugal en tierras asiáticas durante el siglo XVI. El autor del libro había muerto treinta años antes, pero el éxito de su trabajo fue espectacular con traducciones al español, francés, holandés, inglés y alemán a lo largo del siglo XVII.

Peregrinaçao es una obra monumental de 227 capítulos que sigue captando nuestra atención porque no es fácil de encasillar un relato en el que se combinan la Historia y las historias. El autor nos presenta los más de veinte años de sus andanzas asiáticas, que abarcan la India, China, Japón, Indochina y las islas de la actual Indonesia, un tiempo en el que ejerció de comerciante, embajador, pirata e incluso de novicio jesuita. Una época en la que, en sus propias palabras, “fue trece veces cautivo, y diecisiete vendido”. Hay quien considera a Mendes Pinto como un Marco Polo portugués, autor de un nuevo libro de las Maravillas, en el que no sería fácil deslindar la realidad de la fantasía, la crónica de la literatura, la antropología de las evocaciones de sociedades utópicas. El historiador vigilará con lupa las inexactitudes, aunque el aficionado a los libros de aventuras disfrutará con los relatos de naufragios, asedios y batallas, y en los que no faltan arrogantes piratas como Antonio Faria, cuya existencia se pone en duda e incluso se considera como un alter ego del autor.

Uno de tantos aspectos llamativos de Peregrinaçao es que, en su extenso título completo, hay una referencia al gran misionero san Francisco Javier, a quien Mendes Pinto aseguraba haber conocido en Japón. Lo califica de “única luz y resplandor de aquellos puertos de Oriente”. De hecho, en el libro se relatan con admiración algunos de los episodios de la labor apostólica de Javier en aquel país. Esa admiración se extiende más allá de la muerte del santo, pues Mendes Pinto se entera en Goa en 1554 de su fallecimiento, ocurrido en la isla de Sancián cuando se disponía a pasar a China, y toma la decisión trascendental de repartir sus riquezas entre los pobres e ingresar en la Compañía de Jesús. Sin embargo, tres años después, abandona la orden jesuita, antes de realizar su profesión definitiva, y regresa a Lisboa, donde empezará a escribir su libro en el sosiego de sus últimos años.

Pese a todo, el autor de Peregrinaçao parece haber mantenido una buena relación con los jesuitas aunque no diera el paso crucial para unirse a ellos. Nunca podremos saber por qué Mendes Pinto no acabó de misionero en Japón. Quizá se lo impidió el peso abrumador de una vida de trabajos y penalidades, mezcla de ilusiones y desengaños. El paso del tiempo agudizó su sentido crítico y esto se refleja en un libro en el que censura a sus compatriotas portugueses, en los que ve más avidez por las riquezas que interés por la extensión del evangelio. Tampoco salen bien parados los musulmanes asiáticos, envueltos en continuas guerras, y en contrapartida, el escritor se deja llevar por la admiración hacia los chinos. Mendes Pinto participa de la misma fascinación que tendrán los ilustrados del siglo XVIII. Valora que no hayan oído hablar de Cristo, pero que al mismo tiempo obedezcan las leyes de Dios practicando la justicia, caridad y misericordia que otros, supuestamente más civilizados, no practican. La mitificación de una China tolerante y ejemplo del gobierno perfecto, el de los filósofos, que tanto agradaría a Voltaire, late en numerosas páginas de Peregrinaçao. No es muy distinta esa mitificación de China a la que estaba presente en la mente de Roosevelt cuando afirmaba en 1943: “El pueblo de China se parece más en sus ideas y objetivos a nosotros los estadounidenses que casi cualquier otro pueblo del mundo: los mismos grandes ideales. En menos de medio siglo China se ha convertido en una de las grandes democracias del mundo”.  No había finalizado la II Guerra Mundial ni triunfado la revolución maoísta, pero ciertos americanos influyentes caían en el mismo error de los ilustrados, al considerar a China como una futura Norteamérica de Asia.

Mendes Pinto debió de preferir ser un moralista, y no un misionero. Pese al título, su Peregrinaçao carece de sentido religioso, pues su autor es, ante todo, un peregrinus, un extranjero, un espectador un tanto distante de lo que se ofrece ante sus ojos. Si para dar lecciones de moralidad, hay que superar la Historia, Mendes Pinto lo hace en su libro. No considera falsedades los recursos literarios que sean métodos para extraer verdades que él considera más evidentes. Sin embargo, con esto abre paso a la utopía al convertir las descripciones exóticas en instrumento de crítica social. Se comprende que  el filósofo portugués Eduardo Lourenço lo considere un precursor de Voltaire y Montesquieu.

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50 santos para llevar en el bolsillo

Corazón católico

y santidad “de bolsillo”

Reseña del historiador Santiago Mata

Antonio R. Rubio Plo, licenciado en Historia y doctor en Derecho, ha publicado en Rialp un libro titulado 50 santos para llevar en el bolsillo, cuyo índice y algunos capítulos pueden leerse en Google Libros. A mi entender, tiene el mérito de la sencillez-amenidad (está bien escrito), pero sobre todo el de la devoción, que es una sabiduría al alcance de pocos (ni de lejos de todos los que saben escribir de forma amena).

El mérito de la amenidad lo puede apreciar cualquiera leyéndolo; sobre el de la devoción me permito llamar la atención porque Rubio no pretende saber mucho ni algo muy nuevo sobre muchos santos, sino cultivar su amistad, y en eso demuestra sabiduría. Por supuesto que el libro tiene el interés de recopilar muchos santos antiguos y modernos, y es raro que no haya alguno del que el lector no tenga ni idea (y al revés: es seguro que descubrirá a bastantes desconocidos). Pero el mérito consiste en haber descubierto que los santos son teselas de un mosaico que nos descubre el rostro de Cristo, que conocerlos nos acerca a Dios al revelarnos facetas de esa encarnación de la gracia que, sí, está en plenitud en Cristo, pero está también parcialmente en cada santo y es lamentable soberbia el no apreciarla… Buscarla no es tarea meramente intelectual, sino del corazón, y un corazón que no se abre a la amistad de estas personas que supieron encontrarse con Cristo, de maneras tan diversas, no es verdaderamente católico.

Además, quienes no tienen devoción a los santos “se lo pierden”, porque los santos proporcionan amistad y compañía, y así acercan a Dios, claro que esto es experiencia que cada cual debe hacer y, si puede, transmitir. Y eso hace Rubio, con este libro sobre los santos de su devoción -que son un montón, muchos más de los que refleja en el libro-: nos lleva ante ellos al modo de un amigo que nos los presentara, mientras nos cuenta “algo” de su vida y obra, sin pretender ser exhaustivo.

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Braulio Foz y la Virgen del Pilar

Se nos dirá que es un lugar común, pero es una afirmación probada por el transcurrir de los siglos: no puede entenderse Zaragoza sin el Pilar, y el Pilar sin Zaragoza. Dos mil años de historia los han hecho inseparables, y ni las transformaciones urbanas ni los cambios políticos y sociales alteran la realidad de una fe y devoción de hondas raíces. No hace falta ciencia de teólogos ni altos grados de santidad para entrar en la casa de la Madre y sentirse cercano y amparado por Ella. Todas las épocas, aun las en apariencia  indiferentes, son pilaristas y en todas ellas surgen momentos para “ir a ver a la Virgen”, como acostumbran a decir los zaragozanos. No faltarán, por supuesto, quienes arrinconen la devoción a Santa María del Pilar en el baúl de las tradiciones populares, por no decir del folclorismo. Pero esta actitud ni siquiera se dio en nuestro siglo XIX, en un contexto marcadamente anticlerical, en un tiempo en el que la burguesía mercantil zaragozana tenía puestas sus esperanzas políticas en Espartero y en los que más tarde fueron sus continuadores. Un esparterista reconocido fue el escritor y catedrático universitario Braulio Foz (1791-1865), con una formación académica en la que no faltaba el culto a la naturaleza inspirado por Rousseau y con la que era capaz de rebatir a Renan sus tesis sobre la historicidad de los evangelios.  Pero las filias y fobias del escritor nunca fueron incompatibles con el respeto, admiración y seguramente devoción a la patrona de Zaragoza, ciudad en la que llegó a ser decano de la facultad de letras. No pocos críticos reconocen en Foz al mayor prosista aragonés desde Gracián, sobre todo por su peculiar novela Vida de Pedro Saputo (1844), de carácter popular y didáctico, protagonizada por un “pícaro redimido por la sensatez”. Pedro Saputo recorre la geografía aragonesa, primero, y la española, después, en un itinerario en el que se mezclan lo costumbrista y lo psicológico. En las páginas de esta novela, a la vez desconocida e inclasificable, asoman Zaragoza y el Pilar en unas referencias memorables.

El capítulo V del libro III de la Vida de Pedro Saputo contiene un elogio de Zaragoza, escrito desde una emoción indescriptible, presente en estos fragmentos: “Vio, en fin, las torres de Zaragoza, acercóse más, divísólas con más claridad, alegrándose de un modo que jamás había experimentado; y dijo: persona, ciudad ilustre, madre mía, como de todos los que nacen debajo de este gran cielo de Aragón (…) Esa majestad tan bien sentada, esa grandeza que se levanta en la imaginación y en la memoria; tu nombre que es todo amor, todo sublimidad, todo gloria y heroísmo”.  Toda una muestra de cómo las torres de las iglesias han diseñado el auténtico perfil de Zaragoza a lo largo de los siglos: torres mudéjares como las de la Magdalena, San Pablo, San Gil o San Miguel de los Navarros, la elegante torre de la Seo con sus reminiscencias del barroco romano, o las airosas cuatro torres del Pilar, símbolo permanente de la fe de una urbe bimilenaria. Pedro Saputo acude a Zaragoza para ver a su madre, aunque cabe preguntarse que si además de a su madre terrena, Pedro está yendo a visitar a la madre  Zaragoza, y a la madre celestial venerada bajo la querida advocación del Pilar. Memoria e imaginación fluyen en este otro párrafo: “Y diciendo esto fue adelantado y llegó a los muros y quiso entrar y entró por la puerta de Santa Engracia. Penetró el Coso, y mirando que hubo esta hermosa calle, se metió por la de San Gil y atravesó la ciudad hasta el puente, desde el cual, visto el Ebro, miró hacia su lugar y le saltó el corazón pensando en su madre. Entróse por la ciudad y viendo a la izquierda una iglesia y la puerta abierta fue allá y se encontró con el suntuoso, magnífico y soberano templo de la Seo. Volveré, dijo, que esto pide más tiempo. Y preguntando por el Pilar y cayendo que estaba cerca, visitó a Nuestra Señora y se fue a una posada”.

Los especialistas sabrán profundizar mejor en el tema, pero es posible que Foz no dejara de pensar en su propia madre al referirse a la de Pedro Saputo al que, por cierto, califica de “hijo de mujer”en el título completo de su libro. Por lo demás,  el autor dio pruebas sobradas  de devoción filial al dejar su puesto de profesor en la universidad de Huesca en 1814 para residir en Cantavieja y cuidar de su anciana madre. Si la devoción y el recuerdo a la Virgen del Pilar lo inculcan de un modo especial las madres, no sería difícil ver en la madre del personaje literario un trasunto de la progenitora de Foz. A este respecto, resulta significativo este pasaje de la estancia de Pedro en Zaragoza: “Su madre, viéndole tratar con tan altas personas, daba continuas gracias a Dios y no sabía salir del Pilar, costando trabajo a las pobres niñas sacarla para hacerla seguir y ver la ciudad”(libro III, cap. XV).

Pedro Saputo es el protagonista de anécdotas y aventuras de tono satírico y burlesco que tienen por escenario, en su mayor parte, las tierras del Alto Aragón. Su ingenio le lleva incluso a la corte de Madrid, donde un rey alaba sus agudezas y escucha sus consejos. Sin embargo, le dará de inmediato permiso para marcharse al decirle Pedro que debe viajar a Zaragoza para cumplir un voto a la Virgen del Pilar. Estas son las palabras que el autor pone en boca del monarca: “No te prives de cumplir tu buena obra; y sabe que tengo envidia a los aragoneses que tan de cerca pueden visitar a aquella señora y madre de todos” (libro III, cap. XIV). Seguramente de esa envidia participó Braulio Foz, gastado por exilios y persecuciones políticas que le apartaron de Zaragoza, la ciudad donde su personaje, Pedro Saputo, habría querido vivir toda la vida. Hombre de contradicciones en lo político y en lo personal,  Foz no apagó la llama de la devoción transmitida por sus mayores.

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Alberto Methol Ferré o “la alegría de ser”

La presentación en Roma de la versión italiana de El papa y el filósofo, que  recoge una entrevista del periodista italiano Alver Metalli con el pensador uruguayo Alberto Methol Ferré (1929-2009), ha traído a la actualidad a uno de los intelectuales sudamericanos más destacados del siglo XX, y amigo del cardenal Bergoglio. El futuro papa alabó la obra de Methol con unas escuetas y certeras palabras: “Nos ha enseñado a pensar”.

Methol es un autor a descubrir en esta Europa posmoderna, tan segura de sí misma y de vuelta de muchas cosas. Su formación inicial era la de tantos intelectuales empapados de cultura francesa, racionalista y laicista. Sin embargo, no se ancló en esos postulados, pues su espíritu, a diferencia de las erudiciones presuntuosas, era y fue siempre joven y, por tanto, con capacidad de sorprenderse. Ese carácter le llevó a deslumbrarse con la obra de Chesterton, el escritor que le condujo de la mano hacia el catolicismo en 1949. Me parece que los que se alegran por su propia existencia están muy cerca de la fe cristiana. El escritor inglés poseía esa “alegría de ser”, un regalo divino que suele completarse con otro más grande: la fe. Y quien tiene una fe auténtica, tiene que ser necesariamente agradecido.  Esta actitud produce en Chesterton y Methol una percepción del cristianismo como una continua acción de gracias desbordante de alegría: por la vida, la fe, la creación, la redención… No es casual que el papa Francisco, admirador de ambos escritores, haya subrayado  en la exhortación Evangelii Gaudium (n.4) algunas referencias bíblicas sobre la alegría: la de Sofonías 3, 17, en la que Dios es un centro luminoso de fiesta y alegría, y baila por su pueblo con gritos de júbilo, y la de Si 14, 14, donde leemos un paternal “No te prives de pasar un buen día”, una exhortación a vivir con alegría las pequeñas cosas de la vida cotidiana.  Su lectura habría encantado a un Chesterton que decía con desparpajo que Dios había querido que pasáramos buenos ratos y que él tenía la intención de pasárselo bien.

Methol se hace católico al ver en la Iglesia la realidad de unos seres humanos gozosos. No le habría convencido la actitud de desprecio por el mundo de algunos católicos, expuestos a caer en los rigores morales del jansenismo, que dio lugar en la Francia del siglo XVII a un peculiar tipo de comunidad, la de la abadía de Port Royal, cuyas religiosas fueron calificadas de puras como  ángeles y de soberbias como demonios. Por el contrario, Methol nos señala otro camino: el de ser cristiano por gratitud. Coincidiría con Chesterton en algo que éste descubre en san Francisco de Asís: la mejor manera de dar es dar gracias. Una buena receta para la humildad, virtud esencial del cristiano. Un cristiano tiene muy claro que debe dar gracias a Dios. Así no cae en la paradoja observada por el pintor Dante Gabriel Rosetti y citada por Chesterton: el peor momento del ateo es que se siente agradecido y no sabe a quién dar las gracias.

 

 

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San Juan XXIII, papa de la humildad

Los estereotipos son incapaces de atisbar la realidad, aunque bastaría con una mínima investigación y un análisis serio y razonable, para acercarse a la verdad. Esto se puede aplicar al reiterado propósito, presente en algunos medios informativos, de presentar a dos papas canonizados, Juan XXIII y Juan Pablo II, como representantes del “progresismo” y del “conservadurismo”.  Esas mismas interpretaciones elogiarían la supuesta sagacidad, quizás más humana que cristiana, del papa Francisco para canonizar  a ambos pontífices a la vez.

No se dijeron ni escribieron cosas diferentes cuando Juan Pablo II beatificó el 3 de septiembre de 2000 a Pío IX y a Juan XXIII, presentados como papas antagónicos. Uno habría sido el último e intransigente Papa-Rey, y otro, el pontífice del aggiornamiento y de la sonrisa. El papa Wojtyla era consciente de los estereotipos, y no desaprovechó la oportunidad de citar en su homilía un fragmento del Diario del alma de Juan XXIII, perteneciente a los ejercicios espirituales que realizara en 1959: “Pienso siempre en Pío IX, de santa y gloriosa memoria, e imitándole en sus sacrificios, quisiera ser digno de celebrar su canonización”. Esa canonización la celebrará algún día otro papa, que no renunciará a la verdad en nombre de los estereotipos, aunque también estamos seguros que los tópicos volverán a levantar cabeza cuando se beatifique a Pío XII.

Juan Pablo II conocía perfectamente la fuerza de los estereotipos respecto al papa Roncalli, que resaltan sus innovaciones para contraponerlos a supuestas actitudes retrógradas. De ahí que dijera en su beatificación: “Ciertamente la ráfaga de novedad que apuntó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y de actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra”. Podríamos añadir que su modo de hablar y actuar no surgió sorpresivamente en su pontificado, como demuestra su expresión de que “el mundo, todo el mundo moderno pertenece a la Iglesia”, pronunciada por primera vez en 1907 en una conferencia sobre el cardenal Baronio y reiterada en su homilía de Pentecostés de 1935 en la catedral de Estambul. Era una expresión para señalar que la labor del Espíritu Santo, renovadora de la faz de la tierra, prosigue su marcha aunque las lenguas de fuego no aparezcan externamente, si bien los corazones siguen inflamados, en expresión de san Gregorio Magno.

Pero si queremos profundizar en el espíritu de Juan XXIII, habrá que leer el Diario del alma, escrito entre 1895 y 1963, fiel compañero de su itinerario en la tierra, donde asistimos a sus vicisitudes humanas y a la crónica de sus luchas y propósitos, redactados en tiempos de retiro o ejercicios espirituales. Seminarista, sacerdote, obispo, cardenal o papa, Angelo Roncalli se hace  muy cercano en estas páginas a cualquier cristiano en sus esfuerzos, que no solo dependen de él, para ser fiel a Cristo.

En Diario del alma está presente el auténtico Roncalli, al que muchos llamaron el papa de la bondad, y aun siendo esto cierto, no responde del todo a su forma de ser. Ser simplemente bueno no equivale a ser santo, pues ha habido muchas personas buenas que no eran creyentes. “Si quieres ser santo, sé humilde” dice un pensamiento atribuido a san José de Calasanz. Por eso Juan XXIII tendría que ser conocido, ante todo,  como el papa de la humildad. La humildad es una fuerza liberadora de estereotipos y de prejuicios ideológicos. Sobre esta virtud meditó aquel santo pontífice en unos ejercicios en los días previos a la Pascua de 1903, a punto de ser ordenado subdiácono. Llega a la conclusión de que no es tan difícil adquirir una apariencia externa de humildad. La verdadera dificultad consiste en vivirla interiormente. Sobre el particular, recuerda nuestro santo una “lección luminosa”: la vida oculta de Jesús en el hogar y el taller de Nazaret. Este silencio tan elocuente de los evangelios debería decir algo a los cristianos. Es el mismo Redentor, el que enseña a las muchedumbres o muere en la cruz, el que pasa de forma oculta  la mayor parte de su existencia terrena. Se descubre así un ejemplo para la humildad interior. Por lo demás, el seminarista Roncalli también es consciente de que el estudio conlleva riesgos para la humildad, pues el intelectual puede llenarse fácilmente de sí mismo y complacerse en sus conocimientos hasta el punto de pretender demostrar de continuo su sabiduría y elocuencia a quienes le rodean. El propósito anotado en el Diario del alma pasa por fijarse en el modelo del Niño Dios, rodeado de los doctores en el templo de Jerusalén. ¿Cuál era su actitud? “Oyéndolos y preguntándoles” leemos en Lc 2, 46. Ese mismo comportamiento, respecto a sus superiores y compañeros, fue el propósito de Angelo Roncalli.

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Juan XXIII, Francisco y la fraternidad universal

El papa bueno, el pontífice del ecumenismo y del acercamiento a los otros, con independencia de su raza, religión o condición social, se forjó en los los años anteriores a su llegada a la sede de Pedro. Destaca muy especialmente su labor como visitador, administrador apostólico y nuncio en Bulgaria, Grecia, Turquía y Francia, que abarcan el período comprendido entre 1925 y 1952. Monseñor Angelo Roncalli dejó una huella profunda en todos los que trató en estos países, ya fueran ortodoxos, musulmanes o incluso defensores de un laicismo militante.

En los países donde una confesión religiosa es minoritaria, o el ambiente laicista quiere recluirla en los lugares del culto, la inclinación más habitual del creyente sería refugiarse al lado de los suyos, no tener apenas contacto con aquellos que pueden “contaminar” su fe. Se asemeja, en cierto modo, a aquellos fieles de Tesalónica a los que Pablo reprochaba su espera pasiva del fin del mundo (2 Tes 2, 2). Un cristiano debe comprender que ocultarse es alejarse de la luz, algo que contradice las palabras de su Maestro de que la luz sirve para alumbrar a todos los de la casa (Mt 5, 15). Por lo demás, el día Pentecostés supuso para la Iglesia una llamada apremiante a dar testimonio de Jesús. Recordemos que el papa Francisco  exhorta a hacer de la fe una “cultura del encuentro”.  El mensaje es idéntico al proclamado por monseñor Roncalli en una memorable homilía de Pentecostés pronunciada en la catedral de Estambul, el 28 de mayo de 1944.

Angelo Roncalli habla sin rodeos a sus fieles y les previene contra una lógica falsa en la que puede caer con facilidad un cristiano residente en Turquía, bien sea un católico latino, de rito armenio, griego, caldeo o sirio. Reconoce que son una modesta minoría habitante de un extenso mundo con el que solo se tienen relaciones superficiales. Es el formado por ortodoxos, protestantes, judíos musulmanes, no creyentes y miembros de otras religiones.  En ese ambiente las minorías se aíslan, y los motivos suelen ser una mezcla difusa de temor y desconfianza. No sería esta la actitud de Cristo, que en el evangelio trata con judíos y gentiles, con justos y pecadores. Por tanto, la conducta de un cristiano no puede ser la de encerrarse en el propio círculo de sus tradiciones familiares o nacionales, como hacían los habitantes de las ciudades durante la edad del hierro, cuando cada casa era una fortaleza inexpugnable,  tal y como afirma, en  certera comparación, monseñor Roncalli.

Esta referencia a la ciudad puede servir para recordar que el cardenal Bergoglio ha sido un defensor de la pastoral urbana, al subrayar que el evangelio muestra a un Jesús, en no pocas ocasiones, que camina en medio de las muchedumbres. Pese a todo, se encontrará en ese bullicio con determinadas personas receptoras de su mensaje de salvación como Zaqueo, Bartimeo o la hemorroisa. “Dios vive en la ciudad” es una afirmación gozosa para superar la tentación de una fe con tendencia a encerrarse y estar a la defensiva. Esta expresión se encuentra en el documento de Aparecida, aprobado por la VI Conferencia del CELAM en 2007, y citado con frecuencia por el arzobispo de Buenos Aires, al que la certeza de un Dios presente entre los hombres llena de confianza y esperanza. Es la fe en Jesús la que lleva al cristiano al salir al encuentro de todos los hombres. Coincide de nuevo con monseñor Roncalli en la citada homilía de Pentecostés, donde además se señala que un cristiano no puede encerrarse en su casa y echar la llave. ¿Qué clase de cristiano es alguien que solo piensa en sí mismo y no se interesa por los demás? Por el contrario, el criterio a seguir es el recomendado por el Apóstol: hay que llevar a todas partes el buen olor de Cristo (2 Cor 2, 15). Sobre este particular, las palabras de monseñor Roncalli son muy directas: “Jesús ha venido a derribar estas barreras; ha muerto para proclamar la fraternidad universal; el punto central de sus enseñanzas es la caridad, el amor que vincula a todos los hombres a Él como el primero de los hermanos, y que le vincula a nosotros con el Padre”.

Se entiende que el recién nombrado cardenal a una edad casi centenaria, monseñor Loris Capovilla, secretario de Juan XXIII, dijera alborozado que el papa Juan había vuelto. Cada pontífice es diferente, aunque la energía incisiva de Francisco sabe combinarse con una jovial afabilidad que recuerda al papa Roncalli.  Después de todo, “el evangelio se anuncia con dulzura, fraternidad y amor”, cualidades presentes, según Francisco, en el nuevo santo jesuita Pedro Fabro. Pero si existe alguna duda sobre la aplicación del evangelio, la homilía de Roncalli en Estambul es concluyente: “la parábola del buen samaritano está para esclarecer cualquier duda, Lc 10, 25-37).

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Charles Malik, un filósofo cristiano en la ONU

El 10 de diciembre de 1948 la Asamblea General de la ONU aprobaba la Declaración Universal de los Derechos Humanos, en un momento en que seguían presentes en el recuerdo las atrocidades ligadas a la terrible mezcla de guerra total e ideologías letales que conllevaron el sacrificio de miles de vidas. Por entonces, el filósofo y diplomático libanés Charles Malik (1906-1987) intuyó que en el debate en torno a los derechos humanos, la humanidad se jugaba más de lo que podía pensarse. Malik, relator del proyecto de Declaración, está considerado junto a Eleanor Roosevelt y René Cassin como uno de los padres de aquel texto fundamental. Era de fe ortodoxa griega y, como buen cristiano, sus inquietudes eran universales.

Casi al final de su vida, insistía en que no solo hay que ganar a las almas sino también a las mentes. Criticó  además el antiintelectualismo en que habían caído algunos cristianos, temerosos de ver contaminada su fe. En cambio, Malik nunca disoció la razón de la fe, pues “quien gane el mundo entero y pierda la mente del mundo, descubrirá muy pronto que ha perdido el mundo”

Malik propuso a la comisión redactora del proyecto de Declaración, valorar cuatro principios básicos: la dignidad inherente del ser humano por encima de la pertenencia a cualquier grupo nacional o cultura; la libertad de pensamiento y de conciencia como una de las más sagradas e inviolables posesiones del individuo; el rechazo de cualquier presión procedente del Estado, de la religión o de otros entes para coaccionar la libertad individual; y la afirmación de que la conciencia de la persona, así en los grupos como en los individuos, es el juez competente. De ahí que el resultado final de la libertad, según Malik, va más allá del derecho a existir. Es, ante todo, el derecho a ser alguien. La huella del filósofo libanés está presente, entre otros pasajes, en el preámbulo de la Declaración, que se refiere a “el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana”. Pero se percibe, de modo particular, en el art. 18 de esta norma fundamental: “Toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; este derecho incluye la libertad de cambiar de religión o creencia, así como la libertad de manifestar su religión o creencia, individual o colectivamente, tanto en público como en privado, por la enseñanza, la práctica, el culto o la observancia”. Malik sabría anticiparse plenamente a quienes, como Juan Pablo II, afirmarían años que la libertad religiosa es un test de la observancia de los otros derechos fundamentales.

Por lo demás,  el filósofo libanés no estaría de acuerdo con aquellos que proclaman que no es esencial la fundamentación de los derechos humanos. Lo importante, según ellos, es cumplir las disposiciones de las leyes nacionales y de los convenios internacionales en esta materia. Otros incluso lo dirían con una expresión de corte rousseauniano: obedecer a la ley nos hace libres. Son los que están convencidos de que en nuestra avanzada sociedad occidental no existe ningún Creonte al que desobedecer sus supuestos mandatos injustos. En ese caso, nuestro modelo no debe ser Antígona sino su hermana Ísmena, siempre dispuesta a prestar obediencia a los que están en el poder y a justificar su postura con un “soy incapaz de obrar en contra de los ciudadanos”. A Malik le inquietaría hoy la falta de interés por fundamentar los derechos humanos, pues equivale a eludir toda reflexión sobre la naturaleza del ser humano. En 1948, algunos juristas y filósofos estaban convencidos del retorno del iusnaturalismo. No dejaba de ser una ilusión. Lo que volvía era ese optimismo ingenuo en el poder de la razón que en otros tiempos engendrara monstruos. Sin ser un pesimista antropológico, Malik era mucho más realista: estaba seguro de que el hombre podía conocer la verdad, aunque estaba convencido de que alcanzarla dependía, sobre todo, de su voluntad.

Nuestro filósofo denunció la natural tendencia humana a eludir su responsabilidad personal y buscar la seguridad en sus propiedades, su círculo de relaciones o el Estado. Quien vive en la autocomplacencia, el individuo soberano, no suele preocuparse de lo que haga otro soberano por encima de él: el Estado. Al debilitarse las instituciones intermedias entre el individuo y el Estado, surge el rebaño pacífico y laborioso, presentido por Tocqueville en La democracia en América. Ese rebaño no reflexionará sobre el origen de los derechos, sino que aplaudirá acríticamente el advenimiento de nuevos derechos como meros productos de las leyes positivas. Malik advirtió de las consecuencias de considerar que los derechos humanos, como cualquier otra parte del ordenamiento positivo, están sometidos a continua evolución. Si de por sí son cambiantes, no nos extrañará que algunos crean que también lo es la naturaleza humana.

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