La Pasión, según Susanna Tamaro

Si dos palabras pudieran definir estas Meditaciones sobre la Pasión (ed. Rialp) de la escritora Susanna Tamaro, bien podrían ser corazón y compasión. Del corazón sabe mucho la autora italiana, que en 1994 publicó un best seller de alcance mundial, Dónde el corazón te lleve. Aquella historia de un emotivo reencuentro entre abuela y nieta, distanciadas en el espacio y los afectos, era la manifestación de un corazón muy humano, un corazón genuino en el que cabe el verdadero amor. Un corazón en el que hay sitio para las lágrimas ante el sufrimiento ajeno, un corazón de carne diferente de los de piedra o de plástico, construidos por mil y una teorías sobre una supuesta y exclusiva realización personal.

Solamente desde esa perspectiva se puede escribir un Vía Crucis a la manera clásica, que sirva a de lectura y de meditación. Es una llamada a encontrarse con el corazón de Cristo, quien se entrega a los hombres sin esperar nada a cambio. Nada que ver con lo que llaman amor y que consiste en un intercambio de egoísmos. Para un mundo ensimismado y de corazón enfermo, que se deja llevar sin esfuerzo por una rueda de emociones y satisfacciones, se ha escrito este Vía Crucis. Sus destinatarios no solo son los creyentes, siempre necesitados de profundizar en el amor de Cristo, sino todos aquellos que viven prisioneros de la soledad, los náufragos y vagabundos de un mundo que, en nombre de una supuesta libertad, ha eliminado la brújula que distinguía el bien del mal. La escritora conoce bien a este tipo de personas, desencantadas del balance de su existencia, como el personaje de Walter de su novela Anima mundi, capaz de advertir el sufrimiento causado a otros cuando enfoca con la mira telescópica de su fusil a un pequeño zorro.

En las páginas de  este libro de Susanna Tamaro, el Vía Crucis aparece como una insólita manifestación de amor, un apremiante recordatorio a salir de nosotros mismos. La autora consigue transformar estas meditaciones, en palabras del epílogo del arzobispo de Trieste, en Via consolationis, Via amoris, Via vitae. Una paradoja poco comprensible para un mundo que solo cree en el poder, que no es únicamente el político sino la capacidad insaciable de imponer nuestra voluntad sobre los otros. En contraste, en esta obra se nos insiste en que lo único extraordinario, lo único que merece la pena, es el amor. ¿Y en qué momento del recorrido por las catorce estaciones del libro, no se habla de amor? Pero no es un amor cualquiera, sino un amor ardiente, solo comprensible desde la luz de la fe.  La escritora ha comprendido bien que  la fe auténtica desemboca en un incendio: el de un corazón que incendia a otros corazones y es capaz de transmitir esperanza, amor y alegría.  Se entiende, por tanto, que en la sexta estación, Susanna Tamaro pida un corazón a la medida de Cristo, que nos permita fijarnos en los que nos rodean para exclamar aquello del centurión: “Verdaderamente este es hijo de Dios” (Mt 27,54).

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Guillaume Joseph Chaminade: un exiliado en la Santa Capilla

El destierro es una de las peores calamidades que recae sobre el ser humano. Suele ir acompañado de tristeza y angustia con un sentimiento de provisionalidad que hace a las personas caer en un estado de ociosidad o languidez. El sufrimiento del destierro también lo compartió Jesús con los hombres en su vida terrena. Los años de su primera infancia transcurrieron en Egipto sin que sus padres conocieran, como la mayoría de los exiliados, el día del regreso a la patria. Otro tanto le sucedió a un sacerdote, Guillaume Joseph Chaminade, que desde su diócesis de Burdeos, expulsado por las leyes anticlericales de la Francia revolucionaria, llegó a Zaragoza el 11 de octubre de 1797. Aquella víspera de la festividad de la Virgen fue además el preludio de una emoción mucho más grande, de signos externos muy diferentes de lo que había visto en Francia en tiempos de persecución religiosa. Junto con su hermano Louis, también sacerdote, podría contemplar al día siguiente el desbordar de amor y de piedad de un pueblo en la fiesta de su Madre. Los testimonios de la época nos hablan de misas en la madrugada en el Pilar, de hogueras encendidas en la plaza junto a la basílica, de una procesión a la que asisten centenares de sacerdotes y una gran muchedumbre de fieles, y de un concurrido Rosario, al anochecer, en el que hombres y jóvenes soportan cirios de enorme peso… ¿No habrían de sentirse reconfortados en su fe los dos sacerdotes exiliados?

Vivían entonces en Zaragoza algunos de sus compatriotas, miembros también del clero perseguido, y gran parte de ellos sin apenas recursos económicos. Bastantes, y entre ellos los hermanos Chaminade, se tenían que ganar la vida recurriendo a trabajos de artesanía como la elaboración de flores artificiales para las iglesias o de pequeñas imágenes religiosas hechas en yeso. Se les permitía decir misa y confesarse entre sí, aunque poco más. Al parecer los dos hermanos ejercían su ministerio en la parroquia de San Gil. Sin embargo, no podían predicar públicamente porque sobre los desterrados recaía la sospecha de difundir ideas jansenistas o revolucionarias. La hospitalidad  y amabilidad de los zaragozanos paliaba ciertas incomodidades del ambiente, aunque las noticias de perentorias órdenes reales que conminaban al clero francés en la península a trasladarse a la isla de Mallorca no hacían más que añadir nuevas incertidumbres a la suerte de los expatriados.

Guillaume Joseph Chaminade se hará a la nueva situación, que para él durará tres años, abandonándose confiadamente en los brazos de María. No debía de vivir muy lejos de la basílica y no desaprovechará la oportunidad de ir a diario a rezar a la Santa Capilla. ¿Quién acrecentará la fe del exiliado? María desde su Pilar. El destierro que para otros solo habría conllevado melancolía e inacción, se convierte para Chaminade en una oportunidad transformadora de su vida. En el templo pilarista recibirá la moción de que debe fundar una nueva orden religiosa bajo la advocación y protección de María. Su tarea será la recristianización de Francia, aunque el principal obstáculo en esta tarea no serán tanto las mentes ganadas por las ideas revolucionarias sino la indiferencia religiosa. Este es el fruto más nocivo de la sociedad contemporánea: el materialismo auspiciado por el progreso técnico lleva a los hombres a ocuparse solo de lo inmediato y a vivir como si Dios no existiera, aunque a veces se complazcan en alguna actividad filantrópica, que no caritativa.

Quizá en aquellos días de Zaragoza, Chaminade debió de meditar un pasaje de Jueces 8, 5: Nova bella elegit Dominus. Hace referencia a Jael, la vencedora del general cananeo Sísara. Gracias a una mujer, Dios ideó una nueva forma de hacer las guerras. Jael, proclamada por los israelitas como bendita entre las mujeres, es figura de María,  la que trae al mundo a un Cristo victorioso y redentor. Por eso la reevangelización de Francia, y tendríamos que añadir de la Europa de nuestros días, solo podría venir de la mano de María. Pero el fundador de los marianistas creía también que nada grande se puede conseguir sin la oración continua y confiada. La Santa Capilla fue durante tres años su escuela de oración. Lo sigue siendo para quienes acuden a ese santo lugar buscando la cercanía de la Madre que continúa insistiendo en el más seguro de los caminos: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5).

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Don Bosco y Monseñor Sturla: la aventura de la alegría

 Uno de los cardenales creados en el consistorio del 14 de febrero de 2015 es el salesiano Don Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo. Su lema episcopal, desde que fuera nombrado obispo auxiliar de la capital uruguaya, es “Servir al Señor con alegría”. Un lema muy salesiano y que enlaza con el carisma de Don Bosco, un sacerdote santo que nunca dejó de proclamar que la base de toda santidad consiste en estar siempre alegres.

El beato Pablo VI escribió una exhortación apostólica, Gaudete in Domino (1975), muy recomendable para meditar en estos tiempos de la urgente llamada del papa Francisco de salir a las periferias. Allí se cita a Don Bosco como uno de los santos de la alegría. Al leerla apreciaremos que la disponibilidad y la inmediatez del anuncio del evangelio va acompañado de esa misma alegría experimentada por María en el Magnificat. A veces ciertos cristianos confunden la alegría con la serenidad, con la paz interior, pero entonces se asemejan a la estatua de un Buda feliz y sonriente. No es extraño que Don Bosco se mostrara contrario a esa melancolía disfrazada de apacibilidad. Descubrió además que el tiempo pasa más deprisa cuando se está alegre. La melancolía es sinónimo de lentitud y estancamiento. Una estatua nunca saldrá al encuentro de nadie porque no tiene emociones ni sentimientos.

Tampoco la alegría consiste en el placer y en la diversión. Es indudable de que pueden ser manifestaciones externas de la alegría, pero es muy pobre reducirla a algo que es efímero. Don Bosco percibía que la verdadera alegría transmite deseos de cambiar algo, aunque el primero de los cambios haya de empezar por uno mismo. La alegría se manifiesta en un ardiente deseo de salir de sí, de ir al encuentro del otro. El fundador de los salesianos lo entendió cuando a los diecisiete años fundó la Sociedad de la Alegría, dirigida a sus compañeros de estudios. El cumplimiento de los deberes escolares y religiosos iba acompañado en ella de conversaciones y entretenimientos que ayudaran a estar alegres, pues lo que alegra y halaga al cuerpo, beneficia también al espíritu.  Con el tiempo, Don Bosco encontró una cita del Eclesiastés que le serviría para señalar las páginas de su breviario: “No hay más felicidad que alegrarse y buscar el bien en la vida” (3, 12).

Así entendida, la alegría cristiana hace de la vida una fiesta, una aventura, una peregrinación como la de María que, con una prisa alegre, se encamina a visitar a su prima Isabel (Lc 1, 39). Aventura fue también la vida de Don Bosco, que salió al encuentro de los jóvenes abandonados por una sociedad tan parecida a la nuestra, en los inicios de una revolución industrial que podía llevar al sacrificio y explotación del ser humano en nombre de una fría productividad y de un beneficio desmedido. Pero erramos al pensar que la alegría solo está al final de la aventura hecha peregrinaje. Está presente desde los comienzos del viaje. De hecho, toda la existencia de don Bosco está marcada por la alegría de un camino hacia Dios, en el que se acepta con confianza, llevado de la mano maternal de María Auxiliadora, todas las penalidades que puedan surgir.

Monseñor Daniel Sturla es un buen hijo de Don Bosco porque también sabe transmitir alegría. Con ocasión de la fiesta del Corpus Christi del pasado 22 de junio, decía: “La felicidad está en la alegría y la alegría no es material, la alegría es espiritual”. La alegría de la fe, o para ser más exactos el pan de la alegría,  salió aquel domingo a las calles de Montevideo. Es una imagen infrecuente en un país donde desde hace más de un siglo se ha fomentado una religión civil impregnada de laicismo y anticlericalismo. Ante ese panorama no pocos reaccionarían refugiándose en una especie de fortaleza para no contaminarse con el mundo y desde esa trinchera lanzarían sus dardos dialécticos contra el adversario. No es esta la actitud del obispo Sturla ante los años que le aguardan en la diócesis de Montevideo. Bien podría pensar en los años juveniles de Don Bosco, en el internado de Chieri, cuando, antes de fundar la Sociedad de la Alegría, clasificaba a sus compañeros de buenos, malos e indiferentes. Sin embargo, pronto rechazó la idea fácil de juntarse solo con los buenos. No es lo que Dios pide a un cristiano, pues el cristianismo no es una religión de los puros, que al final no lo son tanto.  No cabe aislarse sino jugar el partido de la vida, como decía Sturla en su homilía del Corpus. Este partido “se juega cada día en nuestros estudios y trabajos, en el taller y la oficina, en el tiempo del hogar”.

El fundador de los salesianos y Don Damiel Sturla coinciden en salir a las periferias existenciales para cumplir lo de ”Me presenté a los que no preguntaban por mí, me hallaron los que no me buscaban” (Is 46, 1). Dos salesianos que entienden la vida como servicio, y saben que el servicio es la verdadera alegría.

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Centenario de André Frossard: una capilla, una conversión

El 14 de enero de 1915 nacía André Frossard, uno de los escritores católicos más destacados del siglo XX, conocido sobre todo por lo insólito de su conversión. Había sido educado en el ateísmo y su padre, Ludovic Oscar Frossard fue el primer secretario general del partido comunista, además de diputado y ministro durante la Tercera República. El escritor contó las circunstancias de aquel cambio en su vida, en Dios existe, yo me lo encontré, pero a la vez reconoció el limitado alcance de las palabras, para transmitir en su riqueza y profundidad un hecho extraordinario.

El cristianismo era algo ajeno a la educación de Frossard, aunque su madre, con la que estaba muy unido, procediera del luteranismo. Nada significaban para él las campanas de las iglesias cercanas escuchadas en las Navidades de su infancia, en la que todos en su casa se vestían con traje de domingo “para no ir a ninguna parte”. Por eso resulta extraño lo sucedido a las cinco y diez de la tarde del lunes 8 de julio de 1935, en la capilla de un pequeño monasterio situado en el número 39 de la calle Gay Lussac, en  pleno Barrio Latino de París. Frossard ha quedado con un amigo, André Willemin, que trabaja con él en el diario L’Intransigeant , un periódico inicialmente de izquierdas y que ha derivado hacia el nacionalismo. Willemin es católico practicante, aunque a los quince años perdió la fe. Retornó al cristianismo por una causa, en apariencia insignificante: el haber asistido a una conferencia del filósofo católico Stanislas Fumet. Allí oyó por primera vez de Ernest Hello, un escritor y crítico literario del siglo XIX. Los elogios apasionados de Fumet a la obra de Hello, un místico y apologista cristiano,  hicieron recapacitar a Willemin sobre la escasez de sus conocimientos de literatura, pues su vanidad hasta entonces los consideraba extraordinarios. Aquel detalle de humildad le llevó a la necesidad de entrar, por primera vez en muchos años, a rezar en una iglesia.

Sin embargo, Willemin se equivocaba al pensar que el joven Frossard se haría cristiano por razonamientos intelectuales. De hecho,  su amigo le ha devuelto, sin apenas comentarios, el libro del filósofo ruso Nikolai Berdiaev, Una nueva Edad Media. Con Frossard no parece servir lo de otros conversos: la lectura de pasajes bíblicos o de obras de espiritualidad. ¿Dónde está la frase oportuna que deja al otro anonadado? Queda solo el recurso combinado de la amistad y de la oración, dejando a Dios obrar en el tiempo oportuno. Aquella tarde de verano, Frossard se impacienta en la calle mientras Willemin ha entrado en la capilla de las Hermanas de la Adoración Reparadora. El edificio no llama la atención por su valor artístico. Es una de tantas manifestaciones del neogoticismo del siglo XIX. Frossard accede al recinto y le resulta bastante gris, pues sus vidrieras apenas reflejan la luz del exterior. La única expresión de colorido es un altar decorado con ramas de flores. Las religiosas cantan vísperas a dos voces, y en la capilla algunos fieles rezan arrodillados, entre ellos Willemin. Sin embargo, nada de esto despierta el interés de Frossard que fija su mirada únicamente en una cruz de metal, iluminada por algunos cirios, y termina deteniendo la vista ante el segundo cirio situado a su izquierda. Dos palabras vienen entonces a su mente: “Vida espiritual”. No es una voz ajena la que las pronuncia,  y tampoco son una reflexión personal, pues nuestro protagonista ha sido educado en el materialismo. Para Frossard estas palabras se traducirán en una evidencia que se hace presencia de Dios. Son dulzura, aunque no una dulzura pasiva, pues van acompañadas de una alegría inefable y desbordante, similar a la del náufrago, rescatado cuando menos podía esperarlo, o a la de un niño que cae de repente en la cuenta de que en la vida, todo es gracia, todo es don.

Poco después, en la terraza de un café cercano, Frossard hace ante Willemin una profesión de fe: “Soy católico, apostólico y romano”. Ha descubierto que si el cristianismo es verdad, entonces hay una Verdad. Su alegría nos recuerda a la de la fundadora de las hermanas de la Adoración reparadora, la Madre Teresa del Corazón de Jesús: “¡Quién podría expresar lo que siento de felicidad y alegría; me parece estar soñando, y a menudo me estremezco ante la idea de despertarme”. Tanto ella como André Frossard experimentaron la presencia de Dios, no en la misma época, pero sí en el mismo lugar.

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La paciencia de Monseñor Casaroli

El centenario del nacimiento del cardenal Agostino Casaroli, secretario de Estado de san Juan Pablo II,  nos sirve para recordar a un trabajador incansable en la negociación vaticana con la Europa comunista. Tuvo ocasión de sufrir el martirio de la paciencia por la cerrazón de unos gobernantes convencidos de haber encontrado el mejor de los sistemas, aunque al  peso de su cruz también contribuyeron las incomprensiones desde el interior de la Iglesia. Sin embargo, Casaroli tuvo siempre muy en cuenta el párrafo 157 de la Pacem in terris: “Importa distinguir entre el error y el hombre que lo profesa, aunque se trate de personas que desconocen por entero la verdad o la conocen solo a medias en el orden religioso o en el orden de la moral práctica. Porque el hombre que yerra no queda por ello despojado de su condición de hombre, ni automáticamente pierde jamás su dignidad de persona, dignidad que debe siempre ser tenida en cuenta”. Tales eran las enseñanzas de un pontífice santo, Juan XXIII, dispuesto,  con el cúmulo de la experiencia de sus destinos diplomáticos difíciles en Bulgaria, Turquía y Francia, a salir al encuentro de quienes estaban alejados o eran hostiles a la Iglesia, y que además creían obrar en nombre de la justicia.

Casaroli fue el servidor fiel y prudente al que los papas confiaron misiones discretas. San Juan Pablo II recordó en su funeral su preocupación constante por la defensa de la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de la misión encomendada por su Fundador. Solamente desde la perspectiva de una fe recia, se puede entender la primera visita de Casaroli a Budapest en 1963, en traje civil, sin conocer el idioma y viajando de noche por una ciudad desconocida. Sus estancias al otro lado del telón de acero tenían por finalidad salvar las estructuras eclesiales legítimas, acosadas por un poder totalitario. La salvaguarda de los buenos pastores iría en beneficio de unos fieles sometidos a un implacable proceso de descristianización.

Aquel monseñor vaticano sabía actuar contra toda esperanza y frente a la coraza de las posiciones inamovibles de sus interlocutores, y respondía con delicadeza hasta hallar un punto de encuentro con el corazón de la persona, en un intento de mitigar el peso de la ideología y de la voluntad de poder. En ocasiones hizo uso de la pedagogía del sentido común, pues ni siquiera los comunistas yugoslavos, supuestamente más moderados que sus vecinos, conocían bien a la juventud a la que pretendían adoctrinar. En cambio, Casaroli, que había sido capellán de una cárcel de menores en Roma, supo recordarles que cuanto más insistieran en imponerles el marxismo, más reaccionarían encerrándose en ellos mismos aunque externamente, y por interés propio, muchos aplaudieran las consignas oficiales. En efecto, pronosticó a sus interlocutores que en un futuro más o menos lejano se darían cuenta de haber construido en el vacío y obtenido el efecto contrario. La imprevista caída de los regímenes comunistas le dio la razón.

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Jonathan Sacks: la riqueza de las diferencias humanas

El profesor de Filosofía y ex Rabino Principal de Gran Bretaña, Jonathan Sacks, ha tenido oportunidad de conocer al papa Francisco en el encuentro interreligioso sobre el matrimonio, celebrado en el Vaticano del 17 al 19 de noviembre. No es difícil encontrar sintonías entre Sacks y el pontífice que, en Evangelii Gaudium, ha resaltado el valor simbolizado por las múltiples caras del poliedro frente a la supuesta perfección de la esfera: la riqueza de las diversas tradiciones culturales frente a la globalización entendida como uniformidad. Uno de los libros del filósofo judío, La dignidad de la diferencia. Cómo evitar el choque de civilizaciones, resalta que las diferencias entre religioso-culturales conllevan una riqueza de toda la humanidad,  son una fuente de esperanza y no de temor. El papa argentino habrá encontrado en los puntos de vista de Sacks una gran similitud con las opiniones de su compatriota, el rabino Abraham Skorka, que dialogó con él en la obra Sobre el cielo y la tierra. El encuentro entre Sacks y Francisco es una muestra de lo que debe ser el diálogo interreligioso. No consiste en una reunión de expertos a la búsqueda desesperada de similitudes que desemboquen en la inevitable y frágil “puesta en común”, sino  en la oportunidad de exponer con alegría y esperanza las razones de la fe, integrantes de la propia vida, en un clima de respeto a cualquier interlocutor, considerado como un amigo y no como un adversario.

Jonathan Sacks era un joven en la década de 1960, cuando arraigó la idea de que la religión estaba llamada a desaparecer en un futuro próximo. Eran los tiempos que John Lennon cantaba en Imagine a un mundo sin religión y sin tantas otras cosas entendidas como un lastre del pasado. Un mundo supuestamente ideal, y que ciertos cantantes pop e ídolos de la contracultura no habían inventado. Lo habían defendido otros en la época de la Ilustración, en particular Voltaire, que consideraba a las religiones como responsables de guerras y violencias, teniendo en cuenta la turbulenta historia de Europa desde la implantación de la Reforma protestante. Voltaire, apóstol de la tolerancia, se convirtió a la vez en portavoz de la lucha contra la religión, y no vio, como tampoco lo ven algunos en nuestros días, ninguna contradicción en su planteamiento, pues se sentía henchido de un peculiar sentido de la justicia. Por el contrario, Sacks no ha dejado de anunciar en las últimas dos décadas un progresivo retorno de la gente a la religión. Uno de los motivos es la necesidad de una ética con consistencia, transmisible a los hijos en la familia y en la escuela, una ética de principios definidos sobre bien y el mal, algo que no entiende esa ética que prefiere lo correcto a lo bueno. El rabino constataba en una reciente entrevista en el semanario The Spectator (1-11-2014) que ninguna sociedad que no comparta unos ideales sobre la moralidad puede sobrevivir durante mucho tiempo. Quizás esta ética “blanda” dominante procede de haber aplicado los planteamientos del mercado, triunfantes en las sociedades liberales democráticas, a todos los ámbitos de la vida. De este modo desaparece la distinción entre el bien y el mal, pues lo único importante, la fuente absoluta de moralidad, es lo que el yo elije libremente. La vida es así un gran supermercado, con un soberano absoluto: el consumidor no solo de bienes y servicios sino también de éticas personalizadas. Pero además Sacks llega en la citada entrevista a una demoledora conclusión: el fundamento de ese sucedáneo de la ética tradicional solo puede ser la biología darwiniana. Tiene razón porque es lo que subyace en esa permanente competitividad propia de las sociedades occidentales, en el individualismo radical que hace de la libertad ilimitada el mayor de los ídolos.

Pese a su visión crítica de la globalización, el rabino Sacks no arremete contra la economía de mercado. Es consciente de que ha sabido generar riqueza, pero el error ha sido hacer de esa riqueza un bien exclusivo y privativo de unos pocos. De paso, arremete en su libro La dignidad de la diferencia contra esa caricatura de la religión judía, presente desde hace siglos, en la que las riquezas son prueba de la bendición de Dios para unos pocos afortunados. Antes bien, los libros del Pentateuco están llenos de exhortaciones divinas a favor de los desvalidos, lo que implica que esa bendición debe ser usada al servicio de la comunidad.

Según Jonathan Sacks, la clave de los males del mundo presente es la pérdida del sentido de comunidad. Estamos haciendo de la sociedad un hotel, no un hogar. Se entiende así que cite en su libro el conocido poema de su compatriota John Donne, escrito hace cuatro siglos: “Ningún hombre es una isla/la muerte de cualquiera me afecta porque estoy unido a la humanidad/¿por quién doblan las campanas?/Doblan por ti”.

 

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San José de Pignatelli: humildad, caridad y cultura

Se ha cumplido el bicentenario de la restauración de la Compañía de Jesús por el papa Pío VII, un acontecimiento que puso fin a la arbitraria decisión de algunas monarquías europeas de erradicar de sus reinos la orden fundada por san Ignacio. Uno de los jesuitas que mejor supo mantener su fidelidad a la Iglesia y al Vicario de Cristo fue el zaragozano san José de Pignatelli (1736-1811), aunque no llegara a ver la rehabilitación de su orden promovida por un papa que  había sufrido humillaciones y cautiverios bajo Napoleón.

José de Pignatelli, perteneciente a una ilustre familia napolitana asentada en Aragón, ingresó a los quince años en la Compañía. Reunía dos cualidades, no necesariamente incompatibles, la de ser un hombre erudito y caritativo. Estamos acostumbrados a la imagen tópica del intelectual, colmado de sí mismo, y que no tiene ojos ni oídos para quienes le rodean. Este no era, desde luego, José de Pignatelli. Tras ser ordenado sacerdote, impartía clases de gramática latina en el colegio jesuita de Zaragoza, pero al mismo tiempo visitaba a enfermos y encarcelados. Hombre de oración intensa y de grandes deseos apostólicos, soñaba con ser enviado a las misiones. Sin embargo, su estable vida en su ciudad natal se frustró con la Pragmática Sanción de Carlos III, de 2 de abril de 1767, por la que los jesuitas eran expulsados de sus reinos. Con apenas treinta años, José recibió el mandato de sus superiores de acompañar a sus hermanos jesuitas al destierro en los Estados Pontificios, donde incluso el superior general de la Compañía, el padre Lorenzo Ricci, terminó sus días encarcelado en el castillo romano de Sant´Angelo.

José de Pignatelli nunca volvería a su Aragón natal y pasó el resto de su existencia en tierras italianas, donde no escatimó esfuerzos para conseguir la restauración de la orden, o al menos para que se restableciera en algunos territorios como el ducado de Parma o el reino de Nápoles. Contempló además de cerca las penalidades por las que pasaron Pío VI y Pío VII, prisioneros de los revolucionarios franceses y de Napoleón, que alimentaban la vana ilusión de suprimir el papado para siempre. De hecho, estas acciones violentas no fueron más que la consecuencia forzosa de la oposición más sutil en las décadas anteriores de las monarquías del despotismo ilustrado y de  sus ministros contra la Iglesia, en general, y contra los jesuitas en particular. No es extraño que la hostilidad verbal o formal termine desembocando  con el paso de los años en violencia abierta. Pero José siguió observando la misma conducta en sus años italianos que en Zaragoza: era un estudioso que en Bolonia destacó por su amplia cultura y su espléndida biblioteca. La nobleza de su linaje habría podido atraerle, como a otros de su condición, hacia grandezas humanas, supuestamente compatibles con su estado eclesiástico. Sin embargo, su humildad le hacía a la vez perseverante en la oración y en la atención al prójimo, especialmente a los hermanos de su orden. José les recordaba a  menudo lo que llevaba aparejada su pertenencia a la Compañía de Jesús: “Ya que nos gloriamos en llevar el nombre de Jesús, es muy natural que comportamos sus ignominias, sus penas y su cruz”. De hecho, como escribiría un historiador jesuita, Miguel Batllori, la restauración de la orden solo vendría de la mano de Dios “por medio de tinieblas y de trabajos, por la larga senda de la humildad, de la caridad y de la vida interior”.

José de Pignatelli es también un santo de la fidelidad, un ejemplo para un tiempo como el nuestro que quiere relativizar y cuestionar  nuestras opciones en la vida en nombre de una supuesta libertad. La Compañía había sido suprimida, primero por las autoridades civiles, que a su vez presionaron al Papado para conseguir su extinción. A no pocos jesuitas se les dio la posibilidad de pasar a otra orden. Sin embargo, José era consciente de que eso era traicionar su propia vocación, y así se lo recordó a su hermano Joaquín, conde de Fuentes: nunca cambiaría de orden, aunque tuviera que perder mil veces la vida.

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