La esfera, el poliedro y la cruz

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El papa Francisco es un gran admirador de Chesterton. Si rastreamos los textos de muchas de sus intervenciones públicas, como cardenal o como pontífice, no encontraremos alusiones directas a Chesterton, pero sí ecos del pensamiento chestertoniano. Un ejemplo es la instrucción apostólica Evangelii Gaudium, en la que cualquier admirador del escritor inglés sabrá relacionar la alusión del papa a la esfera, entendida como símbolo de la globalización, con su novela La esfera y la cruz, publicada en 1910.

En realidad, el papa Bergoglio no aludió expresamente a la esfera y la cruz, si no a la esfera y el poliedro, entendidos como símbolos geométricos opuestos, y que expresan dos formas muy diferentes de concebir el mundo. Francisco rechaza la globalización concebida como homologación. Cabe deducir que esa la globalización mala, la que intenta uniformar, muchas veces en nombre de metas elevadas como la paz o la democracia, las distintas culturas privándoles de la riqueza de su diversidad. No es extraño que el pensamiento débil, uno de los nombres del relativismo, se sienta a gusto en esta perspectiva, y además presuma de aspirar a la justicia y el bienestar universales por medio de una fría mezcla de pragmatismo e irracionalismo, aun a costa de ignorar que su planteamiento es inhumano.

Una cosa es el mercado y el consumo, y otra muy diferente la cultura, que debe ser protegida de uniformidades deshumanizadoras. Recordemos las palabras de Juan Pablo II en la UNESCO en 1980: “El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura”. De esto sabía mucho un pontífice que contempló como su Polonia natal sobrevivió a la pérdida de su independencia política gracias a la llama de una cultura humanista y cristiana alimentada por la mayoría de sus habitantes. Así pudo escapar esta nación a la uniformidad dictada por los imperios alemán, ruso y soviético. Del mismo modo, en el mundo globalizado de nuestro tiempo, tal y como recuerda el papa Francisco en Evangelii Gaudium: “El modelo a seguir no es la esfera, en la que se nivela cada relieve y desaparece cada diferencia; el modelo en cambio es el poliedro, que incluye una multiplicidad de elementos y respeta la unidad en la variedad. Al defender la unidad, defendemos también la diversidad” (236)

Contra la tendencia uniformadora de la esfera, nos previno Chesterton hace más de un siglo. El escritor se rebeló ante la idea de que la evolución o el progreso llevaran a fundir unos seres con otros, algo que él comparaba a una pesadilla. La esfera del progreso, defendida en su novela por el editor ateo James Turnbull, tenía bastante de fatalismo, de inevitabilidad, aunque al mismo tiempo pasaba por ser un símbolo de la perfección.  A esta perfección creían haber llegado algunos intelectuales representantes del progreso en la época de Chesterton: Ibsen, Zola, Tolstoi o Bernard Shaw, criticados implícitamente en La esfera y la cruz. Se presentaban como defensores de la justicia e incluso hablaban del amor. Sin embargo, ese amor, como bien aprecia el rival de Turnbull, el católico Evan McIan, no tiene nada de benigno y paciente. Antes bien, la palabra “amor” se asemeja a algo duro y pesado como el ruido de unas botas. McIan, es decir Chesterton, se anticipa a denunciar una moral, que hoy es políticamente correcta. En ella golpear a otro es malo porque hace daño, pero no porque le humilla. Tampoco está bien matar porque es algo violento, aunque no porque sea injusto. El escritor inglés ha presentido el triunfo del pensamiento débil, y sus palabras son un reproche a aquellos no tienen muy claro lo que es la naturaleza humana. Han separado tanto la fe de la razón, que han puesto en peligro la propia razón. Se entiende así que Chesterton vea una cierta afinidad entre otros dos personajes de su novela, Pierre y Madeleine Durand, padre e hija: “El padre creía en el Hombre, la hija creía en Dios, pero ninguno de los dos creía en sí mismo, que es una debilidad decadente”.

Podríamos añadir que la esfera despreciaría al poliedro porque lo considera imperfecto al no estar uniformizado, pero también despreciaría a la cruz. El profesor Lucifer, personaje imprescindible de La esfera y la cruz, afirma que la cruz va contra la racionalidad porque uno de sus brazos es más largo que el otro. Es un objeto bárbaro y arbitrario, un signo de contradicción. Por tanto, no es digno de coronar la esfera, pese a que así aparezca en la cúpula de algunas catedrales como la de San Pablo en Londres. Lucifer se permite corregir al arquitecto diciendo que es la esfera la que debe rematar la cruz, sin querer darse cuenta de que la esfera se caería.

Es muy posible que un día, el papa Francisco nos sorprenda citando expresamente a Chesterton. Después de todo, siendo cardenal, ha animado a abrir la causa de beatificación y canonización de un escritor que fue ejemplo de bondad y sentido del humor.

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Zaragoza, ciudad de Cristo

220px-Monumento_a_los_mártires_de_la_religión_y_de_la_patria_(Zaragoza,_España)Quién pensó en el nombre del poeta latino cristiano, Aurelio Prudencio Clemente, para una calle muy próxima a la basílica del Pilar, no anduvo errado al rendir homenaje al gran difusor de la devoción de los dieciocho mártires de Caesaraugusta que, a principios del siglo IV, fueron sacrificados, junto a la doncella lusitana Engracia, en la terrible persecución de Diocleciano. Cerca de la casa de María, un templo en el que la tradición de la venida de la Virgen se remonta al siglo I, tenía que situarse el recuerdo del poeta que cantó un tiempo de mártires del  cristianismo primitivo, y que están unidos para siempre a la historia zaragozana junto con los héroes de los sitios de 1808. Así nos lo recuerda el monumento de Agustín Querol, ubicado desde 1904 en la plaza de España.

Los mártires dieron sus vidas en el año 303, diez años antes de que el edicto de Milán diera paz a la Iglesia. Previamente las autoridades romanas, abrumadas por la progresiva decadencia del imperio, echaron mano del fácil recurso de buscar culpables: los cristianos. No dejaba de ser la persecución un instrumento de la razón de Estado, algo que nuestro Baltasar Gracián calificara con ingenio de “razón de establo”. Con ella se pretendía inculcar en el pueblo la creencia, que no dejaba de ser un espejismo sin base alguna, de que el patriotismo romano estaba por entero vinculado a la religión pagana. No importaba que muchos en su fuero interno no creyesen en los dioses: tenían que manifestar en público su adhesión a la religión del Estado, de la que también formaba parte el culto al emperador. En caso contrario, peligraría el sistema político-social. Sin embargo, este plan tenía forzosamente que fracasar, como sucede con todos los proyectos en que los seres humanos viven de modo contrario a lo que dicen creer. En este sentido, el cónsul Quinto Aurelio Símaco fracasó en su intento de restaurar, al menos externamente, las glorias del paganismo. A finales del siglo IV, durante su estancia en Roma, Prudencio rechazó con los argumentos de su pluma, que unía romanidad  y cristianismo, los intentos de Símaco de que la estatua alada de la diosa Victoria volviera a presidir el Senado. El poeta estaba convencido de que este símbolo no detendría a los bárbaros cada vez más cerca de las puertas de Roma. A este respecto, recordó que Constantino había vencido a su rival Majencio no con una estatua pagana sino con el estandarte de la Cruz.  Con todo, Prudencio seguía considerando a Roma como la cabeza del mundo, y de un modo más perdurable y universal que antes, pues en ella se ubica la cátedra de Pedro.

Si en la brillante retórica de Prudencio resalta la afirmación de que Roma es para siempre de Cristo al haberla ungido con su sello y comprado con su sangre, otro tanto es aplicable a la Zaragoza de principios del siglo IV con sus diecinueve mártires, de los que dice: “Son diecinueve santos que por el derecho de su sepulcro, ejercen el patronazgo sobre esta sola  ciudad”. Sentidos son los versos escritos por el poeta en el himno IV de su Peristephanon: “Caesaragusta studiosa Christi”.Zaragoza es amante, fervorosa, partidaria de Cristo, pues estas y otras acepciones cabrían en una traducción de amplio sentido. Es una ciudad ganada para la Cruz, “pues de su recinto sagrado han sido arrojadas las sombras de la idolatría y el temor”. “Cristo habita en sus plazas, Cristo está presente en todas partes”. Podríamos añadir nosotros que donde está el Hijo, tiene que estar necesariamente la Madre,  pues tampoco es casual que en el mismo espacio urbano se alcen la Seo y el Pilar. El comienzo de la Zaragoza cristiana fue proclamado con la presencia maternal de María. Tres siglos después, el testimonio de los mártires, cantado por Prudencio,  fue otra etapa destacada en el peregrinar de los siglos de una ciudad ganada para Cristo.

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Genoveva, la de la misericordia

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El 5 de enero de 1956 fallecía en Zaragoza santa Genoveva Torres Morales, la fundadora de las Religiosas Angélicas, y que fue popularmente conocida como el Ángel de la Soledad. Hace unos años, Benedicto XVI recordaba que la mayor pobreza que existe en el mundo es la soledad. Esto no deja de ser una paradoja en una sociedad en la que el individuo aspira a ser autosuficiente y a no tener que rendir cuentas a nadie. En esta exaltación de la autonomía, proclamada a todos los niveles con variedad de presentaciones en el mensaje, tarde o temprano, nos damos de bruces con el muro de la soledad. El espíritu profético de la Madre Genoveva intuyó esta plaga de los tiempos actuales, en la que las multitudes caminan solas.

Sin consuelo familiar, carente de instrucción y con una pierna amputada, Genoveva Torres habría sido una más la lista de los “heridos de la vida”, con sus secuelas físicas y morales, y que no siempre tienen ganas de ponerse en pie. Pero contaba con un tesoro, el de la fe cristiana, que le haría levantarse y ponerse a disposición de la tarea que Dios había dispuesto para ella.  Su vida es un ejemplo de que la auténtica fe es siempre alegre. Aquella “cojita”, como la llamaban muchas personas, tendría siempre una expresión radiante de alegría y de ternura, muy semejante a la de María, que se pone en camino para ayudar a su prima Isabel. Es la que ejerce la misericordia  antes de que su Hijo nazca, lo que no es extraño para quien está llena de Dios.

Una escuela de misericordia, frecuentada por bastantes santos, es el sagrario. ¿Puede ser indiferente a la soledad de los demás aquellos que pasan horas junto a Quien eligió el riesgo de estar solo por amor a nosotros? Los que acompañan a Jesús terminan por acompañar a los demás, al ver en ellos el rostro de Cristo. La Madre Genoveva era una de esas personas, pues reconocía que no había dejado de ser la asilada de la casa de la Misericordia de Valencia, donde pasó nueve años. Pero ya no era una huérfana. Antes bien, tenía que agradecer a Dios, que le hubiese proporcionado  un nuevo y definitivo asilo: el sagrario. Desde este punto de vista, es un acierto haber elegido para la misa propia de santa Genoveva el evangelio en que el Dios Juez, el examinador del Amor, recuerda a los justos: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis, con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Con todo, las raíces de la misericordia de la Madre Genoveva hay que buscarlas en sus velas nocturnas ante el Santísimo. Hambre de tratar al Maestro, de mirarle y de encontrar allí la inspiración del Espíritu que llevar a buscar y acoger a los que viven en soledad. La oración ante el sagrario alimentaba la presencia divina en la jornada de la Madre. ¿Cómo no había de buscar de continuo esa compañía? En la vida de la santa se aprecia con nitidez que caridad y eucaristía siempre van juntas, pues la Madre Genoveva no aspiraba a vivir en una especie de Tabor. En una carta del 5 agosto de 1912, escribía a su director espiritual: “Pida mucho por mí, que tengo tentaciones atroces con dejarme todo y esconderme, que nadie me vea. Sólo estoy bien estando sola con Dios; pero tengo que atender a tanto, que no puedo, y esto es uno de los martirios”. Pese a todo, Dios la confortaba y le daba las fuerzas para ayudar a sus hijas y a las señoras a las que atendía. Era así porque sabía vivir la única soledad que merece la pena: la de la intimidad y el trato con el Señor sacramentado.

Santa Genoveva Torres es una buena compañía para recorrer el Año de la Misericordia. La Casa de la Misericordia de Valencia, regentada por las carmelitas de la Caridad, fue una auténtica escuela en su vida. Le dejó tal huella que, en ocasiones, firmaba sus escritos con esta inscripción: “Genoveva, la de la Misericordia”. No solo era un recuerdo de sus orígenes. Era además una aspiración, un programa de vida, el mismo que expresa Jesús en el evangelio: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”(Lc 6, 36).

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Bicentenario del nacimiento de Don Bosco: Bajo la protección de María

Es imposible desvincular la vida de Don Bosco de su cercana relación con María, algo de absoluta necesidad en cualquier época y para cualquier cristiano. Ese vínculo también fue indispensable en el siglo XIX, marcado por un enconado anticlericalismo que pretendía reducir a la Iglesia al ámbito privado, a modo de prisión asegurada con todo tipo de cerrojos. Hay que subrayar la paradoja de un tiempo en que se hacía profesión de fe en la libertad, aunque solía confundirse con la indiferencia porque no abundaba la sensibilidad para valorar los problemas sociales surgidos de la Revolución Industrial.

Sin embargo, el cristianismo es por naturaleza una religión expansiva y siempre ha tenido el mandato imperativo de llevar la Buena Noticia a los pobres y los débiles, a los desechados por una sociedad, como la de la naciente burguesía industrial, que solo pensaba en la ganancia fácil y aplicaba con rigor unas leyes a menudo injustas, aunque los preámbulos normativos hicieran gala de complacientes autojustificaciones. No era fácil el ambiente social y político vivido por Don Bosco. ¿Y qué podía hacer el hijo de unos humildes campesinos frente a la rueda de un progreso material que a veces se llevaba por delante a tantas personas, especialmente a unos jóvenes abandonados a su suerte y privados de todo afecto?

En toda tarea que resulta superior a sus fuerzas, el cristiano no se abandona a sus fuerzas, ni mucho menos a sus buenas intenciones. Antes bien, tiene que asumir como el fundador de los salesianos, los dos rasgos definitorios de María: la humildad y un corazón lleno de amor al prójimo. Para Don Bosco, María es una Madre, una persona viva y activa que interviene de continuo en la vida de las personas, en particular de aquellos que imploran su protección como hijos. Recordemos que un célebre sueño de mayo de 1862, el santo percibió con claridad las dos columnas sustentadoras de la Iglesia: la Eucaristía y la devoción a María Inmaculada y Auxiliadora. Y hoy estas son también los referentes de nuestra vida cristiana. Son dos columnas de fe que dan pleno sentido a las virtudes de la esperanza y la caridad.

Don Bosco buscará, en  consecuencia, el auxilio de la Virgen. Carente de recursos, acometerá la “locura” de edificar una basílica a la Auxiliadora, una casa en Turín para la gloria de María. Y no deja de ser llamativo que las autoridades municipales vieran con sospecha el nombre de Auxiliadora. Su percepción de la Historia, en lo que lo novedoso siempre arrincona a lo supuestamente antiguo, les haría pensar que estaban ante una muestra más de superstición, digna de ser desterrada en nombre de la razón dueña y señora del mundo. Pero Don Bosco no cedió. ¿A qué tenían miedo aquellas autoridades que llevaban la palabra “libertad” siempre en la boca y buscaban monopolizar los espacios públicos para imponer su visión de la existencia? ¿Qué desafío sospechaban en la denominación de María Auxiliadora? Finalmente, Don Bosco se salió con la suya, y el 9 de junio de 1868, se consagraba en Turín el templo dedicado a esa advocación. Otro signo más para alimentar la confianza hacia María que seguiría guiando los pasos, pese a todas los obstáculos, de la familia salesiana de todos los tiempos.

Toda fiesta mariana es una invitación a caer en la cuenta en la protección de una Madre que nunca abandona a sus hijos. Es también una oportunidad para invocar a quien es considerada la omnipotencia suplicante. La  gran festividad de la Virgen en agosto conlleva además un enlace obligado: la conmemoración del nacimiento de Don Bosco el 16 de agosto de 1815. Con todo, un amigo me decía en cierta ocasión que la fiesta de la Asunción le dejaba un cierto rescoldo de tristeza ante la partida de la Madre. Pero esta solemnidad es, por el contrario, un día de esperanza y de alegría, de esa alegría que fue un signo distintivo de Don Bosco. Solía decir que la alegría es la más bella criatura salida de las manos de Dios, después del amor. Tenemos que estar alegres en la Asunción porque es el triunfo de María. Equivale a la Pascua de la Virgen, y es un día para decir ¡Alegraos! (Mt 28, 8), tal y como hizo Jesús resucitado con las mujeres que acudieron al sepulcro. María asunta al cielo es ahora nuestra Auxiliadora porque está junto a su Hijo siempre dispuesta a interceder por nosotros. Ella acompaña a todos los cristianos que queremos vivir la apasionante aventura de la fe con esa desbordante alegría tan querida por Don Bosco.

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Las campanas de Roma de Goran Stenius: A la verdad por la caridad

Encontré el libro Las campanas de Roma en una librería anticuaria. La encuadernación se encontraba en buen estado, pero las páginas estaban amarillentas y polvorientas. Pocos lectores se habían acordado  en más de medio siglo de esta novela del diplomático finlandés de origen sueco, Goran Stenius (1909-2000). Publicada en 1955, fue inmediatamente traducida a diversos idiomas. Un libro fruto de una intensa experiencia de espiritualidad, cuyo protagonista es un sacerdote finlandés, antiguo historiador del arte en tierras italianas, convertido al catolicismo. El autor no se preocupó en ocultar que el protagonista, Thomas Cinnelius, es una representación de sí mismo, Goran Stenius, y quiso plasmar una parte de su itinerario vital.  De hecho, era un hombre desarraigado de su lugar de origen,  la actual Vyborg, en Carelia,  incorporada a la URSS en 1944. Sin abandonar del todo la nostalgia por una tierra que nunca volvería a pisar, Stenius encontró en Italia, y particularmente en Roma, su patria espiritual.

Con su título,  Las campanas de Roma me hizo presuponer que estaba ante la clásica historia de monseñores vaticanos, aristócratas romanos y evocaciones de atardeceres sobre las colinas de la Ciudad Eterna. De hecho, existe una pieza pianística de Franz Liszt con idéntica denominación. Mucho romanticismo, naturaleza y arte, y un poco menos de espiritualidad. No es así porque la espiritualidad está presente, aunque la trama en ocasiones la deje en un segundo plano. Sin desentrañar el argumento, cabe señalar el que Thomas Cinnelius es un personaje atrayente al ser un hombre de búsqueda, un corazón inquieto a la manera de san Agustín. Un joven historiador del arte, un finlandés luterano, busca a Dios en el arte de la luminosa Italia, pero está ensimismado en sus largas horas de biblioteca como para encontrarlo. Thomas irá comprendiendo poco a poco que toda representación artística cristiana carece de sentido sin la fe. Es el caso de la Eucaristía en el arte que resulta incomprensible para quien no es católico. Uno de sus mentores, el padre Barnabas, le enseñará que la mejor forma de estudiar la Eucaristía es en una iglesia, en la presencia del Santísimo Sacramento. También le mostrará un librito con una serie de citas de san Agustín. Una de estas frases latinas, Non intratur in veritatem, nisi per caritate, resume toda la trama de la obra, e invita a un descubrimiento progresivo de la esencia de la fe cristiana no solo dirigido a intelectuales como Thomas, buscador sincero de la verdad, sino a cualquier cristiano que aspire a tomarse en serio su fe. Solo se accede a la verdad por la caridad, y como bien subraya el padre Barnabas, no cabe plantearse debatir sobre la Eucaristía sin haber asimilado la citada frase.

La fe y el saber se reconcilian por la caridad. No haberlo comprendido  ha servido para agravar esa separación drástica entre la religión y la vida, tan característica del mundo moderno. Pero veinte siglos atrás, san Pablo lo había expresado con claridad meridiana: “Ya podría hablar la lengua de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, de nada me sirve”. (1 Cor 13, 1-2). Sin embargo, Thomas Cinnelius tardará tiempo en entenderlo, aunque se convierta al catolicismo y se ordene sacerdote. Siente también el peso atroz de no tener una mayor sensación de felicidad y casi envidia a un médico comunista por su felicidad más fuerte e intensa que la suya al proclamar su confianza en el progreso. Comprenderá más tarde que el amor al prójimo, gran fuente de alegría, solo le será dado por el Espíritu Santo.

El autor de Las campanas de Roma imagina además  leyendas populares italianas que inserta en el relato a modo de parábolas. Destaca una relativa a san Lino, el pontífice sucesor de san Pedro, y lo imagina viviendo como ermitaño en lo alto de un monte. De su descansada vida “espiritual” lo sacará un pastor gallardo y enérgico que busca a un cordero perdido, y que recordará a Lino que desde las cumbres más altas no se divisa el reino de los cielos. En lo alto de las montañas de la existencia se encuentran hombres que han ascendido por medio del orgullo y la vanidad. No han advertido que Jesús vive abajo entre los seres humanos. De ahí que Lino se vaya con el misterioso pastor, al que reconocerá, como los discípulos de Emaús, al partir el pan (Lc 24, 35). Un encuentro con el Amor, como el ansiado por Thomas Cinnelius. Bien lo expresaba Benedicto XVI al señalar que el amor “ilumina el sentido de la vida con la Verdad de Cristo, que transforma el corazón del hombre y lo arrancan de los egoísmos que generan miseria y muerte”.

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Beata María del Pilar Izquierdo: La ilusión de ir a ver a la Virgen

El 27 de agosto de 1945 moría en San Sebastián la beata zaragozana María del Pilar Izquierdo Albero. Tuvo una vida breve, apenas treinta y nueve años, marcados en su mayoría por toda clase de padecimientos físicos y morales.  Paralítica, sorda, casi ciega, con quistes en la cabeza y una sangrante úlcera de estómago, la Madre Pilar, fundadora de la Obra misionera de Jesús y María, experimentó las heridas no menos dolorosas de la incomprensión, el abandono, la persecución y la calumnia, aunque algunos de sus males físicos desaparecieran o se mitigaran con el transcurso del tiempo gracias a la Providencia divina. Bien diría de Pilar Izquierdo san Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación del 4 de noviembre de 2001: “En el mundo actual, donde a veces prevalece la búsqueda desesperada del placer y la utilidad inmediata, la Madre Pilar Izquierdo proclama con sublime elocuencia el valor redentor del sacrificio, libremente aceptado y ofrecido con el de Cristo para la salvación del género humano”.

Pero la vida de la Madre Pilar estaría incompleta sin hacer referencia a su tierna devoción a la Virgen del Pilar. No es extraño que las torres de la basílica aparezcan en un cuadro recopilatorio de las principales escenas de su vida y que fue pintado por sor Isabel Guerra para la catedral de la Almudena. Además en una de las estampas más frecuentes para su devoción encontramos de nuevo las torres del Pilar de fondo en una escena en la que la Madre Pilar abre sus vestiduras para dar cobijo a unas ovejas que se acercan a ella. De hecho, la Madre solía llamar “pequeño rebaño” a los religiosos y laicos que la seguían. La devoción pilarista arraigó en la beata, como en tantos aragoneses, desde muy niña porque no solo sus padres la llevaban todos los domingos al Pilar sino que ella misma, con apenas siete años, se iba por su cuenta a rezar ante la imagen de la Virgen. El templo quedaba muy próximo a los sucesivos domicilios que la familia tuvo en el Coso Bajo de Zaragoza.

Tenemos todo un ejemplo de devoción mariana en este fragmento de una carta de 1942, dirigida a una religiosa de Burgos, la Madre Matilde del Sagrado Corazón: “Ay, amada mía, siempre ha sido mi gran ilusión y mi vida entera, desde que era pequeñita, escaparme para ir a ver a nuestra Virgen del Pilar. Un impulso me arrebataba para ir a verla. Te prevengo, era muy tontica y no sabía decirle muchas cosicas, y no entendía de finezas, de delicadezas, y sólo me contentaba con mirarla y rezarle Avemarías. Te digo estas tonterías para que veas lo tonta que he sido y lo poco que he sabido corresponder a nuestra Virgen María, y ahora que, por desgracia, he aprendido más para lo malo que para lo bueno, quisiera ser como los benjamines del cielo y vivir siempre de su amor…”.

Estas palabras son una muestra de cómo el Pilar es la casa de todos, un lugar en el que no hacen falta muchas palabras para hablar con nuestra Madre. No siempre nos saldrán palabras inspiradas porque a veces tenemos la mente embotada con no pocas preocupaciones. Pero es el momento de dejarlas todas a los pies de nuestra Señora y limitarnos a mirarla, como hacía Pilar Izquierdo. Ella se da perfecta cuenta de que “no tenemos vino” (Jn 2, 3), de nuestras carencias espirituales y materiales. Su amor se adelanta tantas veces a nuestras peticiones, aunque el mejor regalo que puede hacernos, es llevarnos hasta su Hijo, hasta el Amor. La Madre Pilar supo sintetizarlo con estas palabras: “El Verbo se hizo hombre de María Virgen por obra del Espíritu Santo. De un modo análogo, el hombre se hace Dios por medio del amor”. Y el amor lo aprendió Pilar Izquierdo en la escuela de Jesús y María, que nunca se dejan ganar en generosidad.

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La espiritualidad de un novelista, el padre Coloma

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El 14 de abril de 1915 fallecía en Madrid el sacerdote Luis Coloma, un prosista de gran difusión a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Autor de cuentos populares y  novelas históricas, su fama estuvo cimentada durante décadas con Pequeñeces, un extenso relato a caballo entre el realismo y el naturalismo, con muy logrados perfiles de la aristocracia madrileña durante el reinado de Amadeo I y los inicios de la Restauración. Pero el padre Coloma, perfecto conocedor de los ambientes que describía, era también jesuita, un ministro de Dios que llegó a ser preceptor del futuro rey Alfonso XIII, a quien predicó unos ejercicios espirituales en vísperas de su subida al trono con dieciséis años en 1902.

Muchos estudiaron la literatura de Coloma, pero un poco menos su espiritualidad, y al no hacerlo así, cayeron con frecuencia en interpretaciones caricaturescas e incomprensiones que han durado hasta nuestros días. En efecto, para algunos Coloma es tan solo el autor de Pequeñeces, la novela protagonizada por Curra de Albornoz, una aristócrata arribista y sin demasiados escrúpulos, todo un ejemplo de indolencia y de falta de sensibilidad. Su principal ocupación en la vida es estar siempre en boca de todos. Es una prisionera de los placeres y las apariencias, una usuaria de una doble moral sin trazas de remordimiento. Después de todo, vive en un ambiente social que califica de “pequeñeces” a auténticas monstruosidades. No se ha perdido del todo el sentido del pecado, pero la hipocresía campa por sus respetos. Únicamente la trágica y heroica muerte de su hijo Luis servirá para que Curra caiga en la cuenta de que no se puede vivir de espaldas a Dios, aunque ella sea de las que se exponen a la tentación de buscar un puesto de preeminencia entre las “señoras espirituales”. Sin embargo, esta historia, bien acogida por el público del momento, no gustó a otros escritores que huían de los tonos moralistas. Triunfaba entonces la teoría del arte por el arte, capaz de justificar toda clase de morbo y hacer concluir toda narración en una tragedia ineludible. Sus defensores únicamente veían en Coloma a un representante del pesimismo y del tremendismo, algo que no se aplicaban ellos mismos al considerarse por encima del bien y del mal. En cualquier caso, no había lugar en cierto tipo de novelas para ese llanto que se despierta en algunos pecadores al recordar una vida de alejamiento de Dios.

Pero Luis Coloma no era tremendista. En realidad, no era insensible a hechos inesperados que pueden cambiar una vida. Con poco más de veinte años, al limpiar una pistola, el arma se le había disparado. Sin embargo, la bala no le atravesó el corazón sino que describió una curva y resbaló por una costilla. Las circunstancias de lo sucedido siguen oscuras. Lo cierto es que el joven Coloma decidió ingresar en la Compañía de Jesús, decisión en la que también tuvo que influir el hastío ante la vida vacía y sin horizontes de los ambientes aristocráticos en los que había vivido en Sevilla y Madrid. Allí había visto a hombres a la vez audaces e irresolutos, de temperamento fogoso aunque ajenos a la realidad, pues solo la concebían desde la estrecha perspectiva de su imaginación. El autor de Pequeñeces debió de pensar en más de una ocasión que esos caracteres se habían forjado a partir de un progresivo alejamiento de las devociones que habían vivido de niños. Los colegios pueden educar, si bien el ambiente familiar es mucho más determinante. Los niños que aparecen en la novela del padre Coloma son inocentes, no manchados todavía por un contexto de corrupción, pues la educación cristiana del colegio ha conseguido preservarlos por un tiempo. Llegará un día en que dejen las aulas y la fe se irá desprendiendo como un barniz ante la indiferencia de un entorno social que considera la sencillez y la misericordia como graves defectos.

No por casualidad Pequeñeces da comienzo con una fiesta de fin de curso en el colegio de los jesuitas de Chamartín, donde un alumno, Paquito Luján, hijo de Curra, recita un poema a la Virgen del Recuerdo, mientras el rector del colegio no oculta su llanto no porque los alumnos se vayan si no porque sabe, por experiencia, que muchos nunca volverán a pisar el colegio. Esa premonición se acentúa al escuchar el poema a la Virgen, que no es original de Coloma sino que fue escrito por un jesuita, Julio Alarcón Menéndez, y ha sido recitado a lo largo de los años en colegios de la Compañía. “Dulcísimo recuerdo de mi vida…” son los versos con los que arranca un poema en el que se expresa el temor a un alejamiento de la fe cristiana y de la devoción a María. En esta composición se percibe el mundo de los adultos como un mar embravecido en el que no es difícil sucumbir ante los escollos. Pero el padre Coloma no podía perecer en ese oleaje porque conservó siempre un alma de niño, llena de amor a María.

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