Bicentenario del nacimiento de Don Bosco: Bajo la protección de María

Es imposible desvincular la vida de Don Bosco de su cercana relación con María, algo de absoluta necesidad en cualquier época y para cualquier cristiano. Ese vínculo también fue indispensable en el siglo XIX, marcado por un enconado anticlericalismo que pretendía reducir a la Iglesia al ámbito privado, a modo de prisión asegurada con todo tipo de cerrojos. Hay que subrayar la paradoja de un tiempo en que se hacía profesión de fe en la libertad, aunque solía confundirse con la indiferencia porque no abundaba la sensibilidad para valorar los problemas sociales surgidos de la Revolución Industrial.

Sin embargo, el cristianismo es por naturaleza una religión expansiva y siempre ha tenido el mandato imperativo de llevar la Buena Noticia a los pobres y los débiles, a los desechados por una sociedad, como la de la naciente burguesía industrial, que solo pensaba en la ganancia fácil y aplicaba con rigor unas leyes a menudo injustas, aunque los preámbulos normativos hicieran gala de complacientes autojustificaciones. No era fácil el ambiente social y político vivido por Don Bosco. ¿Y qué podía hacer el hijo de unos humildes campesinos frente a la rueda de un progreso material que a veces se llevaba por delante a tantas personas, especialmente a unos jóvenes abandonados a su suerte y privados de todo afecto?

En toda tarea que resulta superior a sus fuerzas, el cristiano no se abandona a sus fuerzas, ni mucho menos a sus buenas intenciones. Antes bien, tiene que asumir como el fundador de los salesianos, los dos rasgos definitorios de María: la humildad y un corazón lleno de amor al prójimo. Para Don Bosco, María es una Madre, una persona viva y activa que interviene de continuo en la vida de las personas, en particular de aquellos que imploran su protección como hijos. Recordemos que un célebre sueño de mayo de 1862, el santo percibió con claridad las dos columnas sustentadoras de la Iglesia: la Eucaristía y la devoción a María Inmaculada y Auxiliadora. Y hoy estas son también los referentes de nuestra vida cristiana. Son dos columnas de fe que dan pleno sentido a las virtudes de la esperanza y la caridad.

Don Bosco buscará, en  consecuencia, el auxilio de la Virgen. Carente de recursos, acometerá la “locura” de edificar una basílica a la Auxiliadora, una casa en Turín para la gloria de María. Y no deja de ser llamativo que las autoridades municipales vieran con sospecha el nombre de Auxiliadora. Su percepción de la Historia, en lo que lo novedoso siempre arrincona a lo supuestamente antiguo, les haría pensar que estaban ante una muestra más de superstición, digna de ser desterrada en nombre de la razón dueña y señora del mundo. Pero Don Bosco no cedió. ¿A qué tenían miedo aquellas autoridades que llevaban la palabra “libertad” siempre en la boca y buscaban monopolizar los espacios públicos para imponer su visión de la existencia? ¿Qué desafío sospechaban en la denominación de María Auxiliadora? Finalmente, Don Bosco se salió con la suya, y el 9 de junio de 1868, se consagraba en Turín el templo dedicado a esa advocación. Otro signo más para alimentar la confianza hacia María que seguiría guiando los pasos, pese a todas los obstáculos, de la familia salesiana de todos los tiempos.

Toda fiesta mariana es una invitación a caer en la cuenta en la protección de una Madre que nunca abandona a sus hijos. Es también una oportunidad para invocar a quien es considerada la omnipotencia suplicante. La  gran festividad de la Virgen en agosto conlleva además un enlace obligado: la conmemoración del nacimiento de Don Bosco el 16 de agosto de 1815. Con todo, un amigo me decía en cierta ocasión que la fiesta de la Asunción le dejaba un cierto rescoldo de tristeza ante la partida de la Madre. Pero esta solemnidad es, por el contrario, un día de esperanza y de alegría, de esa alegría que fue un signo distintivo de Don Bosco. Solía decir que la alegría es la más bella criatura salida de las manos de Dios, después del amor. Tenemos que estar alegres en la Asunción porque es el triunfo de María. Equivale a la Pascua de la Virgen, y es un día para decir ¡Alegraos! (Mt 28, 8), tal y como hizo Jesús resucitado con las mujeres que acudieron al sepulcro. María asunta al cielo es ahora nuestra Auxiliadora porque está junto a su Hijo siempre dispuesta a interceder por nosotros. Ella acompaña a todos los cristianos que queremos vivir la apasionante aventura de la fe con esa desbordante alegría tan querida por Don Bosco.

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Las campanas de Roma de Goran Stenius: A la verdad por la caridad

Encontré el libro Las campanas de Roma en una librería anticuaria. La encuadernación se encontraba en buen estado, pero las páginas estaban amarillentas y polvorientas. Pocos lectores se habían acordado  en más de medio siglo de esta novela del diplomático finlandés de origen sueco, Goran Stenius (1909-2000). Publicada en 1955, fue inmediatamente traducida a diversos idiomas. Un libro fruto de una intensa experiencia de espiritualidad, cuyo protagonista es un sacerdote finlandés, antiguo historiador del arte en tierras italianas, convertido al catolicismo. El autor no se preocupó en ocultar que el protagonista, Thomas Cinnelius, es una representación de sí mismo, Goran Stenius, y quiso plasmar una parte de su itinerario vital.  De hecho, era un hombre desarraigado de su lugar de origen,  la actual Vyborg, en Carelia,  incorporada a la URSS en 1944. Sin abandonar del todo la nostalgia por una tierra que nunca volvería a pisar, Stenius encontró en Italia, y particularmente en Roma, su patria espiritual.

Con su título,  Las campanas de Roma me hizo presuponer que estaba ante la clásica historia de monseñores vaticanos, aristócratas romanos y evocaciones de atardeceres sobre las colinas de la Ciudad Eterna. De hecho, existe una pieza pianística de Franz Liszt con idéntica denominación. Mucho romanticismo, naturaleza y arte, y un poco menos de espiritualidad. No es así porque la espiritualidad está presente, aunque la trama en ocasiones la deje en un segundo plano. Sin desentrañar el argumento, cabe señalar el que Thomas Cinnelius es un personaje atrayente al ser un hombre de búsqueda, un corazón inquieto a la manera de san Agustín. Un joven historiador del arte, un finlandés luterano, busca a Dios en el arte de la luminosa Italia, pero está ensimismado en sus largas horas de biblioteca como para encontrarlo. Thomas irá comprendiendo poco a poco que toda representación artística cristiana carece de sentido sin la fe. Es el caso de la Eucaristía en el arte que resulta incomprensible para quien no es católico. Uno de sus mentores, el padre Barnabas, le enseñará que la mejor forma de estudiar la Eucaristía es en una iglesia, en la presencia del Santísimo Sacramento. También le mostrará un librito con una serie de citas de san Agustín. Una de estas frases latinas, Non intratur in veritatem, nisi per caritate, resume toda la trama de la obra, e invita a un descubrimiento progresivo de la esencia de la fe cristiana no solo dirigido a intelectuales como Thomas, buscador sincero de la verdad, sino a cualquier cristiano que aspire a tomarse en serio su fe. Solo se accede a la verdad por la caridad, y como bien subraya el padre Barnabas, no cabe plantearse debatir sobre la Eucaristía sin haber asimilado la citada frase.

La fe y el saber se reconcilian por la caridad. No haberlo comprendido  ha servido para agravar esa separación drástica entre la religión y la vida, tan característica del mundo moderno. Pero veinte siglos atrás, san Pablo lo había expresado con claridad meridiana: “Ya podría hablar la lengua de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, de nada me sirve”. (1 Cor 13, 1-2). Sin embargo, Thomas Cinnelius tardará tiempo en entenderlo, aunque se convierta al catolicismo y se ordene sacerdote. Siente también el peso atroz de no tener una mayor sensación de felicidad y casi envidia a un médico comunista por su felicidad más fuerte e intensa que la suya al proclamar su confianza en el progreso. Comprenderá más tarde que el amor al prójimo, gran fuente de alegría, solo le será dado por el Espíritu Santo.

El autor de Las campanas de Roma imagina además  leyendas populares italianas que inserta en el relato a modo de parábolas. Destaca una relativa a san Lino, el pontífice sucesor de san Pedro, y lo imagina viviendo como ermitaño en lo alto de un monte. De su descansada vida “espiritual” lo sacará un pastor gallardo y enérgico que busca a un cordero perdido, y que recordará a Lino que desde las cumbres más altas no se divisa el reino de los cielos. En lo alto de las montañas de la existencia se encuentran hombres que han ascendido por medio del orgullo y la vanidad. No han advertido que Jesús vive abajo entre los seres humanos. De ahí que Lino se vaya con el misterioso pastor, al que reconocerá, como los discípulos de Emaús, al partir el pan (Lc 24, 35). Un encuentro con el Amor, como el ansiado por Thomas Cinnelius. Bien lo expresaba Benedicto XVI al señalar que el amor “ilumina el sentido de la vida con la Verdad de Cristo, que transforma el corazón del hombre y lo arrancan de los egoísmos que generan miseria y muerte”.

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Beata María del Pilar Izquierdo: La ilusión de ir a ver a la Virgen

El 27 de agosto de 1945 moría en San Sebastián la beata zaragozana María del Pilar Izquierdo Albero. Tuvo una vida breve, apenas treinta y nueve años, marcados en su mayoría por toda clase de padecimientos físicos y morales.  Paralítica, sorda, casi ciega, con quistes en la cabeza y una sangrante úlcera de estómago, la Madre Pilar, fundadora de la Obra misionera de Jesús y María, experimentó las heridas no menos dolorosas de la incomprensión, el abandono, la persecución y la calumnia, aunque algunos de sus males físicos desaparecieran o se mitigaran con el transcurso del tiempo gracias a la Providencia divina. Bien diría de Pilar Izquierdo san Juan Pablo II en la ceremonia de beatificación del 4 de noviembre de 2001: “En el mundo actual, donde a veces prevalece la búsqueda desesperada del placer y la utilidad inmediata, la Madre Pilar Izquierdo proclama con sublime elocuencia el valor redentor del sacrificio, libremente aceptado y ofrecido con el de Cristo para la salvación del género humano”.

Pero la vida de la Madre Pilar estaría incompleta sin hacer referencia a su tierna devoción a la Virgen del Pilar. No es extraño que las torres de la basílica aparezcan en un cuadro recopilatorio de las principales escenas de su vida y que fue pintado por sor Isabel Guerra para la catedral de la Almudena. Además en una de las estampas más frecuentes para su devoción encontramos de nuevo las torres del Pilar de fondo en una escena en la que la Madre Pilar abre sus vestiduras para dar cobijo a unas ovejas que se acercan a ella. De hecho, la Madre solía llamar “pequeño rebaño” a los religiosos y laicos que la seguían. La devoción pilarista arraigó en la beata, como en tantos aragoneses, desde muy niña porque no solo sus padres la llevaban todos los domingos al Pilar sino que ella misma, con apenas siete años, se iba por su cuenta a rezar ante la imagen de la Virgen. El templo quedaba muy próximo a los sucesivos domicilios que la familia tuvo en el Coso Bajo de Zaragoza.

Tenemos todo un ejemplo de devoción mariana en este fragmento de una carta de 1942, dirigida a una religiosa de Burgos, la Madre Matilde del Sagrado Corazón: “Ay, amada mía, siempre ha sido mi gran ilusión y mi vida entera, desde que era pequeñita, escaparme para ir a ver a nuestra Virgen del Pilar. Un impulso me arrebataba para ir a verla. Te prevengo, era muy tontica y no sabía decirle muchas cosicas, y no entendía de finezas, de delicadezas, y sólo me contentaba con mirarla y rezarle Avemarías. Te digo estas tonterías para que veas lo tonta que he sido y lo poco que he sabido corresponder a nuestra Virgen María, y ahora que, por desgracia, he aprendido más para lo malo que para lo bueno, quisiera ser como los benjamines del cielo y vivir siempre de su amor…”.

Estas palabras son una muestra de cómo el Pilar es la casa de todos, un lugar en el que no hacen falta muchas palabras para hablar con nuestra Madre. No siempre nos saldrán palabras inspiradas porque a veces tenemos la mente embotada con no pocas preocupaciones. Pero es el momento de dejarlas todas a los pies de nuestra Señora y limitarnos a mirarla, como hacía Pilar Izquierdo. Ella se da perfecta cuenta de que “no tenemos vino” (Jn 2, 3), de nuestras carencias espirituales y materiales. Su amor se adelanta tantas veces a nuestras peticiones, aunque el mejor regalo que puede hacernos, es llevarnos hasta su Hijo, hasta el Amor. La Madre Pilar supo sintetizarlo con estas palabras: “El Verbo se hizo hombre de María Virgen por obra del Espíritu Santo. De un modo análogo, el hombre se hace Dios por medio del amor”. Y el amor lo aprendió Pilar Izquierdo en la escuela de Jesús y María, que nunca se dejan ganar en generosidad.

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La espiritualidad de un novelista, el padre Coloma

padrecoloma

El 14 de abril de 1915 fallecía en Madrid el sacerdote Luis Coloma, un prosista de gran difusión a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Autor de cuentos populares y  novelas históricas, su fama estuvo cimentada durante décadas con Pequeñeces, un extenso relato a caballo entre el realismo y el naturalismo, con muy logrados perfiles de la aristocracia madrileña durante el reinado de Amadeo I y los inicios de la Restauración. Pero el padre Coloma, perfecto conocedor de los ambientes que describía, era también jesuita, un ministro de Dios que llegó a ser preceptor del futuro rey Alfonso XIII, a quien predicó unos ejercicios espirituales en vísperas de su subida al trono con dieciséis años en 1902.

Muchos estudiaron la literatura de Coloma, pero un poco menos su espiritualidad, y al no hacerlo así, cayeron con frecuencia en interpretaciones caricaturescas e incomprensiones que han durado hasta nuestros días. En efecto, para algunos Coloma es tan solo el autor de Pequeñeces, la novela protagonizada por Curra de Albornoz, una aristócrata arribista y sin demasiados escrúpulos, todo un ejemplo de indolencia y de falta de sensibilidad. Su principal ocupación en la vida es estar siempre en boca de todos. Es una prisionera de los placeres y las apariencias, una usuaria de una doble moral sin trazas de remordimiento. Después de todo, vive en un ambiente social que califica de “pequeñeces” a auténticas monstruosidades. No se ha perdido del todo el sentido del pecado, pero la hipocresía campa por sus respetos. Únicamente la trágica y heroica muerte de su hijo Luis servirá para que Curra caiga en la cuenta de que no se puede vivir de espaldas a Dios, aunque ella sea de las que se exponen a la tentación de buscar un puesto de preeminencia entre las “señoras espirituales”. Sin embargo, esta historia, bien acogida por el público del momento, no gustó a otros escritores que huían de los tonos moralistas. Triunfaba entonces la teoría del arte por el arte, capaz de justificar toda clase de morbo y hacer concluir toda narración en una tragedia ineludible. Sus defensores únicamente veían en Coloma a un representante del pesimismo y del tremendismo, algo que no se aplicaban ellos mismos al considerarse por encima del bien y del mal. En cualquier caso, no había lugar en cierto tipo de novelas para ese llanto que se despierta en algunos pecadores al recordar una vida de alejamiento de Dios.

Pero Luis Coloma no era tremendista. En realidad, no era insensible a hechos inesperados que pueden cambiar una vida. Con poco más de veinte años, al limpiar una pistola, el arma se le había disparado. Sin embargo, la bala no le atravesó el corazón sino que describió una curva y resbaló por una costilla. Las circunstancias de lo sucedido siguen oscuras. Lo cierto es que el joven Coloma decidió ingresar en la Compañía de Jesús, decisión en la que también tuvo que influir el hastío ante la vida vacía y sin horizontes de los ambientes aristocráticos en los que había vivido en Sevilla y Madrid. Allí había visto a hombres a la vez audaces e irresolutos, de temperamento fogoso aunque ajenos a la realidad, pues solo la concebían desde la estrecha perspectiva de su imaginación. El autor de Pequeñeces debió de pensar en más de una ocasión que esos caracteres se habían forjado a partir de un progresivo alejamiento de las devociones que habían vivido de niños. Los colegios pueden educar, si bien el ambiente familiar es mucho más determinante. Los niños que aparecen en la novela del padre Coloma son inocentes, no manchados todavía por un contexto de corrupción, pues la educación cristiana del colegio ha conseguido preservarlos por un tiempo. Llegará un día en que dejen las aulas y la fe se irá desprendiendo como un barniz ante la indiferencia de un entorno social que considera la sencillez y la misericordia como graves defectos.

No por casualidad Pequeñeces da comienzo con una fiesta de fin de curso en el colegio de los jesuitas de Chamartín, donde un alumno, Paquito Luján, hijo de Curra, recita un poema a la Virgen del Recuerdo, mientras el rector del colegio no oculta su llanto no porque los alumnos se vayan si no porque sabe, por experiencia, que muchos nunca volverán a pisar el colegio. Esa premonición se acentúa al escuchar el poema a la Virgen, que no es original de Coloma sino que fue escrito por un jesuita, Julio Alarcón Menéndez, y ha sido recitado a lo largo de los años en colegios de la Compañía. “Dulcísimo recuerdo de mi vida…” son los versos con los que arranca un poema en el que se expresa el temor a un alejamiento de la fe cristiana y de la devoción a María. En esta composición se percibe el mundo de los adultos como un mar embravecido en el que no es difícil sucumbir ante los escollos. Pero el padre Coloma no podía perecer en ese oleaje porque conservó siempre un alma de niño, llena de amor a María.

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La Pasión, según Susanna Tamaro

Si dos palabras pudieran definir estas Meditaciones sobre la Pasión (ed. Rialp) de la escritora Susanna Tamaro, bien podrían ser corazón y compasión. Del corazón sabe mucho la autora italiana, que en 1994 publicó un best seller de alcance mundial, Dónde el corazón te lleve. Aquella historia de un emotivo reencuentro entre abuela y nieta, distanciadas en el espacio y los afectos, era la manifestación de un corazón muy humano, un corazón genuino en el que cabe el verdadero amor. Un corazón en el que hay sitio para las lágrimas ante el sufrimiento ajeno, un corazón de carne diferente de los de piedra o de plástico, construidos por mil y una teorías sobre una supuesta y exclusiva realización personal.

Solamente desde esa perspectiva se puede escribir un Vía Crucis a la manera clásica, que sirva a de lectura y de meditación. Es una llamada a encontrarse con el corazón de Cristo, quien se entrega a los hombres sin esperar nada a cambio. Nada que ver con lo que llaman amor y que consiste en un intercambio de egoísmos. Para un mundo ensimismado y de corazón enfermo, que se deja llevar sin esfuerzo por una rueda de emociones y satisfacciones, se ha escrito este Vía Crucis. Sus destinatarios no solo son los creyentes, siempre necesitados de profundizar en el amor de Cristo, sino todos aquellos que viven prisioneros de la soledad, los náufragos y vagabundos de un mundo que, en nombre de una supuesta libertad, ha eliminado la brújula que distinguía el bien del mal. La escritora conoce bien a este tipo de personas, desencantadas del balance de su existencia, como el personaje de Walter de su novela Anima mundi, capaz de advertir el sufrimiento causado a otros cuando enfoca con la mira telescópica de su fusil a un pequeño zorro.

En las páginas de  este libro de Susanna Tamaro, el Vía Crucis aparece como una insólita manifestación de amor, un apremiante recordatorio a salir de nosotros mismos. La autora consigue transformar estas meditaciones, en palabras del epílogo del arzobispo de Trieste, en Via consolationis, Via amoris, Via vitae. Una paradoja poco comprensible para un mundo que solo cree en el poder, que no es únicamente el político sino la capacidad insaciable de imponer nuestra voluntad sobre los otros. En contraste, en esta obra se nos insiste en que lo único extraordinario, lo único que merece la pena, es el amor. ¿Y en qué momento del recorrido por las catorce estaciones del libro, no se habla de amor? Pero no es un amor cualquiera, sino un amor ardiente, solo comprensible desde la luz de la fe.  La escritora ha comprendido bien que  la fe auténtica desemboca en un incendio: el de un corazón que incendia a otros corazones y es capaz de transmitir esperanza, amor y alegría.  Se entiende, por tanto, que en la sexta estación, Susanna Tamaro pida un corazón a la medida de Cristo, que nos permita fijarnos en los que nos rodean para exclamar aquello del centurión: “Verdaderamente este es hijo de Dios” (Mt 27,54).

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Guillaume Joseph Chaminade: un exiliado en la Santa Capilla

El destierro es una de las peores calamidades que recae sobre el ser humano. Suele ir acompañado de tristeza y angustia con un sentimiento de provisionalidad que hace a las personas caer en un estado de ociosidad o languidez. El sufrimiento del destierro también lo compartió Jesús con los hombres en su vida terrena. Los años de su primera infancia transcurrieron en Egipto sin que sus padres conocieran, como la mayoría de los exiliados, el día del regreso a la patria. Otro tanto le sucedió a un sacerdote, Guillaume Joseph Chaminade, que desde su diócesis de Burdeos, expulsado por las leyes anticlericales de la Francia revolucionaria, llegó a Zaragoza el 11 de octubre de 1797. Aquella víspera de la festividad de la Virgen fue además el preludio de una emoción mucho más grande, de signos externos muy diferentes de lo que había visto en Francia en tiempos de persecución religiosa. Junto con su hermano Louis, también sacerdote, podría contemplar al día siguiente el desbordar de amor y de piedad de un pueblo en la fiesta de su Madre. Los testimonios de la época nos hablan de misas en la madrugada en el Pilar, de hogueras encendidas en la plaza junto a la basílica, de una procesión a la que asisten centenares de sacerdotes y una gran muchedumbre de fieles, y de un concurrido Rosario, al anochecer, en el que hombres y jóvenes soportan cirios de enorme peso… ¿No habrían de sentirse reconfortados en su fe los dos sacerdotes exiliados?

Vivían entonces en Zaragoza algunos de sus compatriotas, miembros también del clero perseguido, y gran parte de ellos sin apenas recursos económicos. Bastantes, y entre ellos los hermanos Chaminade, se tenían que ganar la vida recurriendo a trabajos de artesanía como la elaboración de flores artificiales para las iglesias o de pequeñas imágenes religiosas hechas en yeso. Se les permitía decir misa y confesarse entre sí, aunque poco más. Al parecer los dos hermanos ejercían su ministerio en la parroquia de San Gil. Sin embargo, no podían predicar públicamente porque sobre los desterrados recaía la sospecha de difundir ideas jansenistas o revolucionarias. La hospitalidad  y amabilidad de los zaragozanos paliaba ciertas incomodidades del ambiente, aunque las noticias de perentorias órdenes reales que conminaban al clero francés en la península a trasladarse a la isla de Mallorca no hacían más que añadir nuevas incertidumbres a la suerte de los expatriados.

Guillaume Joseph Chaminade se hará a la nueva situación, que para él durará tres años, abandonándose confiadamente en los brazos de María. No debía de vivir muy lejos de la basílica y no desaprovechará la oportunidad de ir a diario a rezar a la Santa Capilla. ¿Quién acrecentará la fe del exiliado? María desde su Pilar. El destierro que para otros solo habría conllevado melancolía e inacción, se convierte para Chaminade en una oportunidad transformadora de su vida. En el templo pilarista recibirá la moción de que debe fundar una nueva orden religiosa bajo la advocación y protección de María. Su tarea será la recristianización de Francia, aunque el principal obstáculo en esta tarea no serán tanto las mentes ganadas por las ideas revolucionarias sino la indiferencia religiosa. Este es el fruto más nocivo de la sociedad contemporánea: el materialismo auspiciado por el progreso técnico lleva a los hombres a ocuparse solo de lo inmediato y a vivir como si Dios no existiera, aunque a veces se complazcan en alguna actividad filantrópica, que no caritativa.

Quizá en aquellos días de Zaragoza, Chaminade debió de meditar un pasaje de Jueces 8, 5: Nova bella elegit Dominus. Hace referencia a Jael, la vencedora del general cananeo Sísara. Gracias a una mujer, Dios ideó una nueva forma de hacer las guerras. Jael, proclamada por los israelitas como bendita entre las mujeres, es figura de María,  la que trae al mundo a un Cristo victorioso y redentor. Por eso la reevangelización de Francia, y tendríamos que añadir de la Europa de nuestros días, solo podría venir de la mano de María. Pero el fundador de los marianistas creía también que nada grande se puede conseguir sin la oración continua y confiada. La Santa Capilla fue durante tres años su escuela de oración. Lo sigue siendo para quienes acuden a ese santo lugar buscando la cercanía de la Madre que continúa insistiendo en el más seguro de los caminos: “Haced lo que Él os diga” (Jn 2, 5).

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Don Bosco y Monseñor Sturla: la aventura de la alegría

 Uno de los cardenales creados en el consistorio del 14 de febrero de 2015 es el salesiano Don Daniel Sturla, arzobispo de Montevideo. Su lema episcopal, desde que fuera nombrado obispo auxiliar de la capital uruguaya, es “Servir al Señor con alegría”. Un lema muy salesiano y que enlaza con el carisma de Don Bosco, un sacerdote santo que nunca dejó de proclamar que la base de toda santidad consiste en estar siempre alegres.

El beato Pablo VI escribió una exhortación apostólica, Gaudete in Domino (1975), muy recomendable para meditar en estos tiempos de la urgente llamada del papa Francisco de salir a las periferias. Allí se cita a Don Bosco como uno de los santos de la alegría. Al leerla apreciaremos que la disponibilidad y la inmediatez del anuncio del evangelio va acompañado de esa misma alegría experimentada por María en el Magnificat. A veces ciertos cristianos confunden la alegría con la serenidad, con la paz interior, pero entonces se asemejan a la estatua de un Buda feliz y sonriente. No es extraño que Don Bosco se mostrara contrario a esa melancolía disfrazada de apacibilidad. Descubrió además que el tiempo pasa más deprisa cuando se está alegre. La melancolía es sinónimo de lentitud y estancamiento. Una estatua nunca saldrá al encuentro de nadie porque no tiene emociones ni sentimientos.

Tampoco la alegría consiste en el placer y en la diversión. Es indudable de que pueden ser manifestaciones externas de la alegría, pero es muy pobre reducirla a algo que es efímero. Don Bosco percibía que la verdadera alegría transmite deseos de cambiar algo, aunque el primero de los cambios haya de empezar por uno mismo. La alegría se manifiesta en un ardiente deseo de salir de sí, de ir al encuentro del otro. El fundador de los salesianos lo entendió cuando a los diecisiete años fundó la Sociedad de la Alegría, dirigida a sus compañeros de estudios. El cumplimiento de los deberes escolares y religiosos iba acompañado en ella de conversaciones y entretenimientos que ayudaran a estar alegres, pues lo que alegra y halaga al cuerpo, beneficia también al espíritu.  Con el tiempo, Don Bosco encontró una cita del Eclesiastés que le serviría para señalar las páginas de su breviario: “No hay más felicidad que alegrarse y buscar el bien en la vida” (3, 12).

Así entendida, la alegría cristiana hace de la vida una fiesta, una aventura, una peregrinación como la de María que, con una prisa alegre, se encamina a visitar a su prima Isabel (Lc 1, 39). Aventura fue también la vida de Don Bosco, que salió al encuentro de los jóvenes abandonados por una sociedad tan parecida a la nuestra, en los inicios de una revolución industrial que podía llevar al sacrificio y explotación del ser humano en nombre de una fría productividad y de un beneficio desmedido. Pero erramos al pensar que la alegría solo está al final de la aventura hecha peregrinaje. Está presente desde los comienzos del viaje. De hecho, toda la existencia de don Bosco está marcada por la alegría de un camino hacia Dios, en el que se acepta con confianza, llevado de la mano maternal de María Auxiliadora, todas las penalidades que puedan surgir.

Monseñor Daniel Sturla es un buen hijo de Don Bosco porque también sabe transmitir alegría. Con ocasión de la fiesta del Corpus Christi del pasado 22 de junio, decía: “La felicidad está en la alegría y la alegría no es material, la alegría es espiritual”. La alegría de la fe, o para ser más exactos el pan de la alegría,  salió aquel domingo a las calles de Montevideo. Es una imagen infrecuente en un país donde desde hace más de un siglo se ha fomentado una religión civil impregnada de laicismo y anticlericalismo. Ante ese panorama no pocos reaccionarían refugiándose en una especie de fortaleza para no contaminarse con el mundo y desde esa trinchera lanzarían sus dardos dialécticos contra el adversario. No es esta la actitud del obispo Sturla ante los años que le aguardan en la diócesis de Montevideo. Bien podría pensar en los años juveniles de Don Bosco, en el internado de Chieri, cuando, antes de fundar la Sociedad de la Alegría, clasificaba a sus compañeros de buenos, malos e indiferentes. Sin embargo, pronto rechazó la idea fácil de juntarse solo con los buenos. No es lo que Dios pide a un cristiano, pues el cristianismo no es una religión de los puros, que al final no lo son tanto.  No cabe aislarse sino jugar el partido de la vida, como decía Sturla en su homilía del Corpus. Este partido “se juega cada día en nuestros estudios y trabajos, en el taller y la oficina, en el tiempo del hogar”.

El fundador de los salesianos y Don Damiel Sturla coinciden en salir a las periferias existenciales para cumplir lo de ”Me presenté a los que no preguntaban por mí, me hallaron los que no me buscaban” (Is 46, 1). Dos salesianos que entienden la vida como servicio, y saben que el servicio es la verdadera alegría.

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Centenario de André Frossard: una capilla, una conversión

El 14 de enero de 1915 nacía André Frossard, uno de los escritores católicos más destacados del siglo XX, conocido sobre todo por lo insólito de su conversión. Había sido educado en el ateísmo y su padre, Ludovic Oscar Frossard fue el primer secretario general del partido comunista, además de diputado y ministro durante la Tercera República. El escritor contó las circunstancias de aquel cambio en su vida, en Dios existe, yo me lo encontré, pero a la vez reconoció el limitado alcance de las palabras, para transmitir en su riqueza y profundidad un hecho extraordinario.

El cristianismo era algo ajeno a la educación de Frossard, aunque su madre, con la que estaba muy unido, procediera del luteranismo. Nada significaban para él las campanas de las iglesias cercanas escuchadas en las Navidades de su infancia, en la que todos en su casa se vestían con traje de domingo “para no ir a ninguna parte”. Por eso resulta extraño lo sucedido a las cinco y diez de la tarde del lunes 8 de julio de 1935, en la capilla de un pequeño monasterio situado en el número 39 de la calle Gay Lussac, en  pleno Barrio Latino de París. Frossard ha quedado con un amigo, André Willemin, que trabaja con él en el diario L’Intransigeant , un periódico inicialmente de izquierdas y que ha derivado hacia el nacionalismo. Willemin es católico practicante, aunque a los quince años perdió la fe. Retornó al cristianismo por una causa, en apariencia insignificante: el haber asistido a una conferencia del filósofo católico Stanislas Fumet. Allí oyó por primera vez de Ernest Hello, un escritor y crítico literario del siglo XIX. Los elogios apasionados de Fumet a la obra de Hello, un místico y apologista cristiano,  hicieron recapacitar a Willemin sobre la escasez de sus conocimientos de literatura, pues su vanidad hasta entonces los consideraba extraordinarios. Aquel detalle de humildad le llevó a la necesidad de entrar, por primera vez en muchos años, a rezar en una iglesia.

Sin embargo, Willemin se equivocaba al pensar que el joven Frossard se haría cristiano por razonamientos intelectuales. De hecho,  su amigo le ha devuelto, sin apenas comentarios, el libro del filósofo ruso Nikolai Berdiaev, Una nueva Edad Media. Con Frossard no parece servir lo de otros conversos: la lectura de pasajes bíblicos o de obras de espiritualidad. ¿Dónde está la frase oportuna que deja al otro anonadado? Queda solo el recurso combinado de la amistad y de la oración, dejando a Dios obrar en el tiempo oportuno. Aquella tarde de verano, Frossard se impacienta en la calle mientras Willemin ha entrado en la capilla de las Hermanas de la Adoración Reparadora. El edificio no llama la atención por su valor artístico. Es una de tantas manifestaciones del neogoticismo del siglo XIX. Frossard accede al recinto y le resulta bastante gris, pues sus vidrieras apenas reflejan la luz del exterior. La única expresión de colorido es un altar decorado con ramas de flores. Las religiosas cantan vísperas a dos voces, y en la capilla algunos fieles rezan arrodillados, entre ellos Willemin. Sin embargo, nada de esto despierta el interés de Frossard que fija su mirada únicamente en una cruz de metal, iluminada por algunos cirios, y termina deteniendo la vista ante el segundo cirio situado a su izquierda. Dos palabras vienen entonces a su mente: “Vida espiritual”. No es una voz ajena la que las pronuncia,  y tampoco son una reflexión personal, pues nuestro protagonista ha sido educado en el materialismo. Para Frossard estas palabras se traducirán en una evidencia que se hace presencia de Dios. Son dulzura, aunque no una dulzura pasiva, pues van acompañadas de una alegría inefable y desbordante, similar a la del náufrago, rescatado cuando menos podía esperarlo, o a la de un niño que cae de repente en la cuenta de que en la vida, todo es gracia, todo es don.

Poco después, en la terraza de un café cercano, Frossard hace ante Willemin una profesión de fe: “Soy católico, apostólico y romano”. Ha descubierto que si el cristianismo es verdad, entonces hay una Verdad. Su alegría nos recuerda a la de la fundadora de las hermanas de la Adoración reparadora, la Madre Teresa del Corazón de Jesús: “¡Quién podría expresar lo que siento de felicidad y alegría; me parece estar soñando, y a menudo me estremezco ante la idea de despertarme”. Tanto ella como André Frossard experimentaron la presencia de Dios, no en la misma época, pero sí en el mismo lugar.

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La paciencia de Monseñor Casaroli

El centenario del nacimiento del cardenal Agostino Casaroli, secretario de Estado de san Juan Pablo II,  nos sirve para recordar a un trabajador incansable en la negociación vaticana con la Europa comunista. Tuvo ocasión de sufrir el martirio de la paciencia por la cerrazón de unos gobernantes convencidos de haber encontrado el mejor de los sistemas, aunque al  peso de su cruz también contribuyeron las incomprensiones desde el interior de la Iglesia. Sin embargo, Casaroli tuvo siempre muy en cuenta el párrafo 157 de la Pacem in terris: “Importa distinguir entre el error y el hombre que lo profesa, aunque se trate de personas que desconocen por entero la verdad o la conocen solo a medias en el orden religioso o en el orden de la moral práctica. Porque el hombre que yerra no queda por ello despojado de su condición de hombre, ni automáticamente pierde jamás su dignidad de persona, dignidad que debe siempre ser tenida en cuenta”. Tales eran las enseñanzas de un pontífice santo, Juan XXIII, dispuesto,  con el cúmulo de la experiencia de sus destinos diplomáticos difíciles en Bulgaria, Turquía y Francia, a salir al encuentro de quienes estaban alejados o eran hostiles a la Iglesia, y que además creían obrar en nombre de la justicia.

Casaroli fue el servidor fiel y prudente al que los papas confiaron misiones discretas. San Juan Pablo II recordó en su funeral su preocupación constante por la defensa de la libertad de la Iglesia en el cumplimiento de la misión encomendada por su Fundador. Solamente desde la perspectiva de una fe recia, se puede entender la primera visita de Casaroli a Budapest en 1963, en traje civil, sin conocer el idioma y viajando de noche por una ciudad desconocida. Sus estancias al otro lado del telón de acero tenían por finalidad salvar las estructuras eclesiales legítimas, acosadas por un poder totalitario. La salvaguarda de los buenos pastores iría en beneficio de unos fieles sometidos a un implacable proceso de descristianización.

Aquel monseñor vaticano sabía actuar contra toda esperanza y frente a la coraza de las posiciones inamovibles de sus interlocutores, y respondía con delicadeza hasta hallar un punto de encuentro con el corazón de la persona, en un intento de mitigar el peso de la ideología y de la voluntad de poder. En ocasiones hizo uso de la pedagogía del sentido común, pues ni siquiera los comunistas yugoslavos, supuestamente más moderados que sus vecinos, conocían bien a la juventud a la que pretendían adoctrinar. En cambio, Casaroli, que había sido capellán de una cárcel de menores en Roma, supo recordarles que cuanto más insistieran en imponerles el marxismo, más reaccionarían encerrándose en ellos mismos aunque externamente, y por interés propio, muchos aplaudieran las consignas oficiales. En efecto, pronosticó a sus interlocutores que en un futuro más o menos lejano se darían cuenta de haber construido en el vacío y obtenido el efecto contrario. La imprevista caída de los regímenes comunistas le dio la razón.

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Jonathan Sacks: la riqueza de las diferencias humanas

El profesor de Filosofía y ex Rabino Principal de Gran Bretaña, Jonathan Sacks, ha tenido oportunidad de conocer al papa Francisco en el encuentro interreligioso sobre el matrimonio, celebrado en el Vaticano del 17 al 19 de noviembre. No es difícil encontrar sintonías entre Sacks y el pontífice que, en Evangelii Gaudium, ha resaltado el valor simbolizado por las múltiples caras del poliedro frente a la supuesta perfección de la esfera: la riqueza de las diversas tradiciones culturales frente a la globalización entendida como uniformidad. Uno de los libros del filósofo judío, La dignidad de la diferencia. Cómo evitar el choque de civilizaciones, resalta que las diferencias entre religioso-culturales conllevan una riqueza de toda la humanidad,  son una fuente de esperanza y no de temor. El papa argentino habrá encontrado en los puntos de vista de Sacks una gran similitud con las opiniones de su compatriota, el rabino Abraham Skorka, que dialogó con él en la obra Sobre el cielo y la tierra. El encuentro entre Sacks y Francisco es una muestra de lo que debe ser el diálogo interreligioso. No consiste en una reunión de expertos a la búsqueda desesperada de similitudes que desemboquen en la inevitable y frágil “puesta en común”, sino  en la oportunidad de exponer con alegría y esperanza las razones de la fe, integrantes de la propia vida, en un clima de respeto a cualquier interlocutor, considerado como un amigo y no como un adversario.

Jonathan Sacks era un joven en la década de 1960, cuando arraigó la idea de que la religión estaba llamada a desaparecer en un futuro próximo. Eran los tiempos que John Lennon cantaba en Imagine a un mundo sin religión y sin tantas otras cosas entendidas como un lastre del pasado. Un mundo supuestamente ideal, y que ciertos cantantes pop e ídolos de la contracultura no habían inventado. Lo habían defendido otros en la época de la Ilustración, en particular Voltaire, que consideraba a las religiones como responsables de guerras y violencias, teniendo en cuenta la turbulenta historia de Europa desde la implantación de la Reforma protestante. Voltaire, apóstol de la tolerancia, se convirtió a la vez en portavoz de la lucha contra la religión, y no vio, como tampoco lo ven algunos en nuestros días, ninguna contradicción en su planteamiento, pues se sentía henchido de un peculiar sentido de la justicia. Por el contrario, Sacks no ha dejado de anunciar en las últimas dos décadas un progresivo retorno de la gente a la religión. Uno de los motivos es la necesidad de una ética con consistencia, transmisible a los hijos en la familia y en la escuela, una ética de principios definidos sobre bien y el mal, algo que no entiende esa ética que prefiere lo correcto a lo bueno. El rabino constataba en una reciente entrevista en el semanario The Spectator (1-11-2014) que ninguna sociedad que no comparta unos ideales sobre la moralidad puede sobrevivir durante mucho tiempo. Quizás esta ética “blanda” dominante procede de haber aplicado los planteamientos del mercado, triunfantes en las sociedades liberales democráticas, a todos los ámbitos de la vida. De este modo desaparece la distinción entre el bien y el mal, pues lo único importante, la fuente absoluta de moralidad, es lo que el yo elije libremente. La vida es así un gran supermercado, con un soberano absoluto: el consumidor no solo de bienes y servicios sino también de éticas personalizadas. Pero además Sacks llega en la citada entrevista a una demoledora conclusión: el fundamento de ese sucedáneo de la ética tradicional solo puede ser la biología darwiniana. Tiene razón porque es lo que subyace en esa permanente competitividad propia de las sociedades occidentales, en el individualismo radical que hace de la libertad ilimitada el mayor de los ídolos.

Pese a su visión crítica de la globalización, el rabino Sacks no arremete contra la economía de mercado. Es consciente de que ha sabido generar riqueza, pero el error ha sido hacer de esa riqueza un bien exclusivo y privativo de unos pocos. De paso, arremete en su libro La dignidad de la diferencia contra esa caricatura de la religión judía, presente desde hace siglos, en la que las riquezas son prueba de la bendición de Dios para unos pocos afortunados. Antes bien, los libros del Pentateuco están llenos de exhortaciones divinas a favor de los desvalidos, lo que implica que esa bendición debe ser usada al servicio de la comunidad.

Según Jonathan Sacks, la clave de los males del mundo presente es la pérdida del sentido de comunidad. Estamos haciendo de la sociedad un hotel, no un hogar. Se entiende así que cite en su libro el conocido poema de su compatriota John Donne, escrito hace cuatro siglos: “Ningún hombre es una isla/la muerte de cualquiera me afecta porque estoy unido a la humanidad/¿por quién doblan las campanas?/Doblan por ti”.

 

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