Santa Isabel de la Trinidad: la elección de la fe y del amor

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No había oído apenas hablar de la carmelita francesa sor Isabel de la Trinidad (1880-1906) hasta que en el armario de una capilla parroquial, donde se acumulan libros y folletos consultados por muy pocos, encontré una obrita de un sacerdote francés, Jean Rémy. En ella se invitaba al lector a pasar quince días con Isabel de la Trinidad, canonizada por el papa Francisco el 16 de octubre de 2016. El libro es una antología de textos, pero lo que me llamó más la atención fue el testimonio del autor. Cuenta que una grave dolencia cardiaca le impidió incorporarse a una misión en África y tuvo que quedarse en Francia, aunque esto supondría un nuevo rumbo a su vida. Durante unos días de retiro, el padre Rémy se subió a su habitación una revista. Allí encontró un tesoro de espiritualidad, basado en la unión y comunión con la Trinidad, esa peculiar manifestación de Dios que no todos los cristianos han asimilado. Mucho debe ser el atractivo de esta santa carmelita porque poco después descubrí que un prestigioso guionista y director de cine, Didier Decoin, que no era creyente, también se interesó por ella. Bastó una fotografía de la joven, antes de abrazar la vida religiosa, para que el cineasta empezara a investigar la existencia de una carmelita de Dijon, muerta con apenas veintiséis años.

Quizás no sea casualidad que en hebreo el nombre de Isabel pueda traducirse por “casa de Dios”, y me vienen a la memoria estas palabras de Jesús: “El que me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos nuestra morada en él”(Jn 14, 23). Cabe extenderlas a los escritos y al propio ejemplo de santa Isabel de la Trinidad, todo un polo de atracción de Dios.

Detrás de las fotografías de Elisabeth Catez, antes de ser carmelita, se adivina a una muchacha llena de la alegría de vivir, ansiosa de ir a bailes y salir con chicos. Es además una joven de carácter fuerte y determinado, que hace las cosas a conciencia. También es una apasionada de la música, ganadora de un primer premio de un concurso de piano en Dijon. Sin embargo, lo dejará todo por el Carmelo, pues busca una alegría que nunca termine: la del amor por Alguien por quien vale la pena entregarse por completo. Probablemente esta desacostumbrada elección, solo comprensible por medio de una fe y un amor recios y a la vez inseparables, es lo que llama la atención de tantas personas por los escritos de una religiosa de la que podríamos decir, sin exagerar en lo más mínimo, que es la tercera gran santa del Carmelo. Por encima de ella, solo están santa Teresa de Jesús y santa Teresita de Lisieux. Quizás un día santa Isabel de la Trinidad sea también incluida entre las doctoras de la Iglesia.

Mientras llega ese momento, se nos ofrece la oportunidad de orar con sus escritos. Una Francia que no ha asfixiado por completo sus raíces cristianas y, en definitiva, una Europa en la que crece lentamente la semilla de una nueva evangelización, necesitan de cristianos que sepan amar como Isabel. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo no desanimarse ante las situaciones externas? Con todo, hay un camino seguro para continuar caminando: ir de la mano de María. Bien conocía este método santa Isabel de la Trinidad. He aquí algunos de sus consejos: “Hay un corazón de Madre en el que podéis acurrucaros: el de la Virgen”; “Hoy me he vuelto a consagrar a Ella y de nuevo me he arrojado en sus brazos. Con la más completa confianza, le he encomendado mi futuro, mi vocación”.

La santa escribirá durante sus últimos ejercicios espirituales: “Después de Jesucristo, hay también ciertamente una criatura que fue alabanza de la Gloria de la Santísima Trinidad”. Esta es una dimensión de la espiritualidad mariana en la que no todos los teólogos se han fijado. Supone para nosotros una oportunidad para implorar gracias de quien está muy unida a la Trinidad: la que es Madre, Hija, Esposa de Dios y Madre nuestra.

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