La belleza desarmada de la fe

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Una lectura recomendable para un regalo en estas fiestas podría ser La belleza desarmada (ed. Encuentro), una recopilación de artículos y conferencias de don Julián Carrón, sucesor de don Giussani al frente de Comunión y Liberación (CL). Los temas tratados son diversos, pero el hilo conductor es el mismo: la fe que no se hace cultura no tiene futuro. El problema es que en algunos lugares el cristianismo se ha reducido a un moralismo sin alma, y por eso este libro nos recuerda de continuo que la fe debe injertarse en la vida.

Estamos ahora  insertos en una realidad experimentada también por Giussani: muchos europeos de nuestros días viven un auténtico malestar, con raíces profundas que van más allá de la crisis económica, política o demográfica. La verdadera causa del descontento es mucho más angustiosa: han perdido la confianza en sus propias vidas, por no decir la alegría de vivir. Esto explica los impulsos de querer reducirlo todo a apariencia y a evadirse de la realidad con un sinfín de escapismos incapaces de llenar las ansias de eternidad del ser humano. Es en este escenario donde bastantes personas, sobre todo jóvenes, experimentan lo que el fundador de CL  llamaba el “efecto Chernobyl”, una desidia hacia la vida que les convierte en extraños para sí mismos.

La belleza desarmada es la invitación a un encuentro gozoso con la realidad, concebida siempre de forma positiva, y que no será cambiada con discursos o proyectos organizativos sino viviendo gestos de humanidad nueva. La fe  es una belleza suprema, pero ha de exponerse, desarmada, sin ningún tipo de coerción. Después de todo,  muchos testigos del cristianismo han demostrado ser instrumentos frágiles, que llevan el tesoro de su fe en vasijas de barro. La verdad se comunica por la fuerza de la verdad misma.

El cristianismo impele al creyente a ser testigo de una Presencia, de un encuentro que él mismo un día tuvo no con una doctrina, sino con una Persona. En esto consiste la cultura del encuentro, tan enraizada en CL y de la que habla a menudo el papa Francisco.  En dicha cultura no es necesario que el otro descubra que lo que afirmamos es verdadero y se vea obligado a ir con nosotros. En realidad, Cristo, la Verdad con mayúscula, es amigo de todos. Así entendido, el cristianismo supera el dilema de tener que elegir entre ser  testigos o maestros. Realmente Cristo es a la vez Testigo y Maestro. Y el cristiano da testimonio, con sencillez y sin argumentos retóricos, de un encuentro con la belleza de la fe, con un Cristo vivo que cambia su existencia. Este encuentro le lleva a contar a otros lo que ha experimentado, del mismo modo que lo hicieron Pedro, Juan o María Magdalena en los relatos evangélicos.

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