Virgil Gheorghiu, un defensor de la dignidad humana

constantin-virgil-gheorghiu-de-dominique-guebey-via-basarabia-bucovina-info_El 15 de septiembre de 2015 nacía el escritor rumano Constantin Virgil Gheorghiu, que fue también sacerdote y patriarca de la Iglesia ortodoxa en Francia. Vivió una gran parte de su existencia en París, la capital mundial de los exiliados, en la que reencontró sus raíces latinas y orientales. Allí coincidió con otros perseguidos por su credo político y religioso que huyeron de sus países de Europa central y oriental para respirar aires de libertad en las orillas del Sena.
Gheorghiu es conocido, sobre todo, por su novela La hora 25, que se convirtió en un best seller universal en 1949, y fue prologada por el filósofo Gabriel Marcel. Esta historia de un campesino rumano, Johann Moritz, con sus ilusiones puestas en emigrar a EEUU y truncadas por la II Guerra Mundial, es una crónica del sufrimiento de los seres humanos puestos en situaciones límites. Moritz, considerado equivocadamente como un judío y luego como un perfecto representante de la raza aria, termina recluido por los alemanes y los aliados en una sucesión de acontecimientos entre lo absurdo y lo trágico. Es un gran libro sobre la libertad y la dignidad humana frente a los totalitarismos de todo signo. Pero detrás de los rasgos del novelista, autor de tramas ambientadas durante el nazismo, la guerra fría o el comunismo rumano, habría que descubrir a un profundo maestro de espiritualidad, sacerdote ortodoxo desde 1963. Cuentan que era un predicador apasionado, de los que leen con frecuencia las cartas de san Pablo y las homilías de san Juan Crisóstomo, ejemplos vivos de amor cristiano y denuncia profética. Gheorghiu descalificó las sociedades de tipo gregario, y no solo las de la república penitenciaria de Rumania. Así la llamó en su novela La condottiera (1967), en la que el principal punto de referencia, en medio de continuos horrores y falsedades, es la devoción mariana. La Madre de Cristo es la capitana, la condottiera, de Rumania, una denominación empleada en Italia por los albaneses que llegaban huyendo del dominio otomano en el siglo XV.
Sin embargo, nuestro autor escribió sobre temas más específicamente cristianos. Hay tres de sus biografías especialmente recomendables, las del patriarca Atenágoras, San Ambrosio de Milán y San Juan Crisóstomo. Si nos preguntáramos con cuál de estos modelos cristianos se sentía más identificado nuestro escritor, la respuesta bien podría ser el gran patriarca de Constantinopla, el Crisóstomo, que significa Boca de Oro. Cuentan que Gheorghiu era un predicador apasionado, de los que leen con frecuencia las cartas de san Pablo y las homilías de san Juan Crisóstomo, ejemplos vivos de amor cristiano y denuncia profética. Además sabía meditar por encima de los acontecimientos, no dejándose llevar por una nostalgia estéril ni por deseos de venganza, de esos que supeditan todas las esperanzas de la vida a la caída de un régimen político, en este caso el comunismo. Conoció por poco tiempo el poscomunismo, pues falleció en 1992, aunque nunca creyó en el espejismo de que el cambio de los gobernantes o de las leyes implica un cambio de la sociedad. Después de todo, no compartía el american way of life, y muchos años atrás había advertido de que el riesgo de robotización de la sociedad, el de un ser humano estandarizado, también se había hecho realidad en Occidente.
En la biografía de san Juan Crisóstomo, publicada en 1957, Gheorghiu habla de la aspiración del cristiano a la santidad en una época en que se seguía pensando en que para ser santo había que apartarse del mundo. Curiosamente eso también se creía en el siglo IV, el del santo patriarca, cuando los eremitas se expandían por el Oriente cristiano. De hecho, el Crisóstomo tuvo el impulso de retirarse al desierto con un compañero y convertirse en una especie de atleta de Cristo que lucharía hasta el final de sus días contra el sueño, el hambre, los pensamientos y los instintos. Pero las lágrimas de su madre, viuda, le disuadieron de hacerlo. Por el contrario, el futuro santo se dedicaría a la oración y el estudio, aunque no para buscar una gloria humana, de esas que producen el efímero placer del champán, en expresión de Gheorghiu. Pondría sus talentos al servicio del pueblo cristiano, no en busca de la gloria sino de la santidad.
Cualquier hombre puede ser santo a condición de amar a Cristo, señala el escritor. Pero el primer paso es el amor a los hombres, a todos y sin excepciones. Gheorghiu lo decía con conocimiento de causa, el que procedía de su experiencia de los totalitarismos, nazi o comunista, capaces de sacrificar a los seres humanos por la llegada de un supuesto mundo mejor. Añadía además que las revoluciones carecen de grandeza externa y marchan en una única dirección. Por muy equitativas que pretendan ser, están destinadas solo a durar un tiempo. En contraste, y al igual que el Crisóstomo, defensor de las vidas de los habitantes de Antioquía que habían destruido una estatua del emperador Teodosio, Gheorghiu veía en los hombres unas copias de la imagen de Dios insertas en el libro de la vida. Sus novelas y biografías son buena prueba de ello.

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