Zaragoza, ciudad de Cristo

220px-Monumento_a_los_mártires_de_la_religión_y_de_la_patria_(Zaragoza,_España)Quién pensó en el nombre del poeta latino cristiano, Aurelio Prudencio Clemente, para una calle muy próxima a la basílica del Pilar, no anduvo errado al rendir homenaje al gran difusor de la devoción de los dieciocho mártires de Caesaraugusta que, a principios del siglo IV, fueron sacrificados, junto a la doncella lusitana Engracia, en la terrible persecución de Diocleciano. Cerca de la casa de María, un templo en el que la tradición de la venida de la Virgen se remonta al siglo I, tenía que situarse el recuerdo del poeta que cantó un tiempo de mártires del  cristianismo primitivo, y que están unidos para siempre a la historia zaragozana junto con los héroes de los sitios de 1808. Así nos lo recuerda el monumento de Agustín Querol, ubicado desde 1904 en la plaza de España.

Los mártires dieron sus vidas en el año 303, diez años antes de que el edicto de Milán diera paz a la Iglesia. Previamente las autoridades romanas, abrumadas por la progresiva decadencia del imperio, echaron mano del fácil recurso de buscar culpables: los cristianos. No dejaba de ser la persecución un instrumento de la razón de Estado, algo que nuestro Baltasar Gracián calificara con ingenio de “razón de establo”. Con ella se pretendía inculcar en el pueblo la creencia, que no dejaba de ser un espejismo sin base alguna, de que el patriotismo romano estaba por entero vinculado a la religión pagana. No importaba que muchos en su fuero interno no creyesen en los dioses: tenían que manifestar en público su adhesión a la religión del Estado, de la que también formaba parte el culto al emperador. En caso contrario, peligraría el sistema político-social. Sin embargo, este plan tenía forzosamente que fracasar, como sucede con todos los proyectos en que los seres humanos viven de modo contrario a lo que dicen creer. En este sentido, el cónsul Quinto Aurelio Símaco fracasó en su intento de restaurar, al menos externamente, las glorias del paganismo. A finales del siglo IV, durante su estancia en Roma, Prudencio rechazó con los argumentos de su pluma, que unía romanidad  y cristianismo, los intentos de Símaco de que la estatua alada de la diosa Victoria volviera a presidir el Senado. El poeta estaba convencido de que este símbolo no detendría a los bárbaros cada vez más cerca de las puertas de Roma. A este respecto, recordó que Constantino había vencido a su rival Majencio no con una estatua pagana sino con el estandarte de la Cruz.  Con todo, Prudencio seguía considerando a Roma como la cabeza del mundo, y de un modo más perdurable y universal que antes, pues en ella se ubica la cátedra de Pedro.

Si en la brillante retórica de Prudencio resalta la afirmación de que Roma es para siempre de Cristo al haberla ungido con su sello y comprado con su sangre, otro tanto es aplicable a la Zaragoza de principios del siglo IV con sus diecinueve mártires, de los que dice: “Son diecinueve santos que por el derecho de su sepulcro, ejercen el patronazgo sobre esta sola  ciudad”. Sentidos son los versos escritos por el poeta en el himno IV de su Peristephanon: “Caesaragusta studiosa Christi”.Zaragoza es amante, fervorosa, partidaria de Cristo, pues estas y otras acepciones cabrían en una traducción de amplio sentido. Es una ciudad ganada para la Cruz, “pues de su recinto sagrado han sido arrojadas las sombras de la idolatría y el temor”. “Cristo habita en sus plazas, Cristo está presente en todas partes”. Podríamos añadir nosotros que donde está el Hijo, tiene que estar necesariamente la Madre,  pues tampoco es casual que en el mismo espacio urbano se alcen la Seo y el Pilar. El comienzo de la Zaragoza cristiana fue proclamado con la presencia maternal de María. Tres siglos después, el testimonio de los mártires, cantado por Prudencio,  fue otra etapa destacada en el peregrinar de los siglos de una ciudad ganada para Cristo.

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