Genoveva, la de la misericordia

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El 5 de enero de 1956 fallecía en Zaragoza santa Genoveva Torres Morales, la fundadora de las Religiosas Angélicas, y que fue popularmente conocida como el Ángel de la Soledad. Hace unos años, Benedicto XVI recordaba que la mayor pobreza que existe en el mundo es la soledad. Esto no deja de ser una paradoja en una sociedad en la que el individuo aspira a ser autosuficiente y a no tener que rendir cuentas a nadie. En esta exaltación de la autonomía, proclamada a todos los niveles con variedad de presentaciones en el mensaje, tarde o temprano, nos damos de bruces con el muro de la soledad. El espíritu profético de la Madre Genoveva intuyó esta plaga de los tiempos actuales, en la que las multitudes caminan solas.

Sin consuelo familiar, carente de instrucción y con una pierna amputada, Genoveva Torres habría sido una más la lista de los “heridos de la vida”, con sus secuelas físicas y morales, y que no siempre tienen ganas de ponerse en pie. Pero contaba con un tesoro, el de la fe cristiana, que le haría levantarse y ponerse a disposición de la tarea que Dios había dispuesto para ella.  Su vida es un ejemplo de que la auténtica fe es siempre alegre. Aquella “cojita”, como la llamaban muchas personas, tendría siempre una expresión radiante de alegría y de ternura, muy semejante a la de María, que se pone en camino para ayudar a su prima Isabel. Es la que ejerce la misericordia  antes de que su Hijo nazca, lo que no es extraño para quien está llena de Dios.

Una escuela de misericordia, frecuentada por bastantes santos, es el sagrario. ¿Puede ser indiferente a la soledad de los demás aquellos que pasan horas junto a Quien eligió el riesgo de estar solo por amor a nosotros? Los que acompañan a Jesús terminan por acompañar a los demás, al ver en ellos el rostro de Cristo. La Madre Genoveva era una de esas personas, pues reconocía que no había dejado de ser la asilada de la casa de la Misericordia de Valencia, donde pasó nueve años. Pero ya no era una huérfana. Antes bien, tenía que agradecer a Dios, que le hubiese proporcionado  un nuevo y definitivo asilo: el sagrario. Desde este punto de vista, es un acierto haber elegido para la misa propia de santa Genoveva el evangelio en que el Dios Juez, el examinador del Amor, recuerda a los justos: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis, con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Con todo, las raíces de la misericordia de la Madre Genoveva hay que buscarlas en sus velas nocturnas ante el Santísimo. Hambre de tratar al Maestro, de mirarle y de encontrar allí la inspiración del Espíritu que llevar a buscar y acoger a los que viven en soledad. La oración ante el sagrario alimentaba la presencia divina en la jornada de la Madre. ¿Cómo no había de buscar de continuo esa compañía? En la vida de la santa se aprecia con nitidez que caridad y eucaristía siempre van juntas, pues la Madre Genoveva no aspiraba a vivir en una especie de Tabor. En una carta del 5 agosto de 1912, escribía a su director espiritual: “Pida mucho por mí, que tengo tentaciones atroces con dejarme todo y esconderme, que nadie me vea. Sólo estoy bien estando sola con Dios; pero tengo que atender a tanto, que no puedo, y esto es uno de los martirios”. Pese a todo, Dios la confortaba y le daba las fuerzas para ayudar a sus hijas y a las señoras a las que atendía. Era así porque sabía vivir la única soledad que merece la pena: la de la intimidad y el trato con el Señor sacramentado.

Santa Genoveva Torres es una buena compañía para recorrer el Año de la Misericordia. La Casa de la Misericordia de Valencia, regentada por las carmelitas de la Caridad, fue una auténtica escuela en su vida. Le dejó tal huella que, en ocasiones, firmaba sus escritos con esta inscripción: “Genoveva, la de la Misericordia”. No solo era un recuerdo de sus orígenes. Era además una aspiración, un programa de vida, el mismo que expresa Jesús en el evangelio: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”(Lc 6, 36).

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