Las campanas de Roma de Goran Stenius: A la verdad por la caridad

Encontré el libro Las campanas de Roma en una librería anticuaria. La encuadernación se encontraba en buen estado, pero las páginas estaban amarillentas y polvorientas. Pocos lectores se habían acordado  en más de medio siglo de esta novela del diplomático finlandés de origen sueco, Goran Stenius (1909-2000). Publicada en 1955, fue inmediatamente traducida a diversos idiomas. Un libro fruto de una intensa experiencia de espiritualidad, cuyo protagonista es un sacerdote finlandés, antiguo historiador del arte en tierras italianas, convertido al catolicismo. El autor no se preocupó en ocultar que el protagonista, Thomas Cinnelius, es una representación de sí mismo, Goran Stenius, y quiso plasmar una parte de su itinerario vital.  De hecho, era un hombre desarraigado de su lugar de origen,  la actual Vyborg, en Carelia,  incorporada a la URSS en 1944. Sin abandonar del todo la nostalgia por una tierra que nunca volvería a pisar, Stenius encontró en Italia, y particularmente en Roma, su patria espiritual.

Con su título,  Las campanas de Roma me hizo presuponer que estaba ante la clásica historia de monseñores vaticanos, aristócratas romanos y evocaciones de atardeceres sobre las colinas de la Ciudad Eterna. De hecho, existe una pieza pianística de Franz Liszt con idéntica denominación. Mucho romanticismo, naturaleza y arte, y un poco menos de espiritualidad. No es así porque la espiritualidad está presente, aunque la trama en ocasiones la deje en un segundo plano. Sin desentrañar el argumento, cabe señalar el que Thomas Cinnelius es un personaje atrayente al ser un hombre de búsqueda, un corazón inquieto a la manera de san Agustín. Un joven historiador del arte, un finlandés luterano, busca a Dios en el arte de la luminosa Italia, pero está ensimismado en sus largas horas de biblioteca como para encontrarlo. Thomas irá comprendiendo poco a poco que toda representación artística cristiana carece de sentido sin la fe. Es el caso de la Eucaristía en el arte que resulta incomprensible para quien no es católico. Uno de sus mentores, el padre Barnabas, le enseñará que la mejor forma de estudiar la Eucaristía es en una iglesia, en la presencia del Santísimo Sacramento. También le mostrará un librito con una serie de citas de san Agustín. Una de estas frases latinas, Non intratur in veritatem, nisi per caritate, resume toda la trama de la obra, e invita a un descubrimiento progresivo de la esencia de la fe cristiana no solo dirigido a intelectuales como Thomas, buscador sincero de la verdad, sino a cualquier cristiano que aspire a tomarse en serio su fe. Solo se accede a la verdad por la caridad, y como bien subraya el padre Barnabas, no cabe plantearse debatir sobre la Eucaristía sin haber asimilado la citada frase.

La fe y el saber se reconcilian por la caridad. No haberlo comprendido  ha servido para agravar esa separación drástica entre la religión y la vida, tan característica del mundo moderno. Pero veinte siglos atrás, san Pablo lo había expresado con claridad meridiana: “Ya podría hablar la lengua de los hombres y de los ángeles; si no tengo amor, no soy más que un metal que resuena o unos platillos que aturden. Ya podría tener el don de profecía y conocer todos los secretos y todo el saber, podría tener fe como para mover montañas; si no tengo amor, de nada me sirve”. (1 Cor 13, 1-2). Sin embargo, Thomas Cinnelius tardará tiempo en entenderlo, aunque se convierta al catolicismo y se ordene sacerdote. Siente también el peso atroz de no tener una mayor sensación de felicidad y casi envidia a un médico comunista por su felicidad más fuerte e intensa que la suya al proclamar su confianza en el progreso. Comprenderá más tarde que el amor al prójimo, gran fuente de alegría, solo le será dado por el Espíritu Santo.

El autor de Las campanas de Roma imagina además  leyendas populares italianas que inserta en el relato a modo de parábolas. Destaca una relativa a san Lino, el pontífice sucesor de san Pedro, y lo imagina viviendo como ermitaño en lo alto de un monte. De su descansada vida “espiritual” lo sacará un pastor gallardo y enérgico que busca a un cordero perdido, y que recordará a Lino que desde las cumbres más altas no se divisa el reino de los cielos. En lo alto de las montañas de la existencia se encuentran hombres que han ascendido por medio del orgullo y la vanidad. No han advertido que Jesús vive abajo entre los seres humanos. De ahí que Lino se vaya con el misterioso pastor, al que reconocerá, como los discípulos de Emaús, al partir el pan (Lc 24, 35). Un encuentro con el Amor, como el ansiado por Thomas Cinnelius. Bien lo expresaba Benedicto XVI al señalar que el amor “ilumina el sentido de la vida con la Verdad de Cristo, que transforma el corazón del hombre y lo arrancan de los egoísmos que generan miseria y muerte”.

This entry was posted in Uncategorized. Bookmark the permalink.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out /  Change )

Google photo

You are commenting using your Google account. Log Out /  Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out /  Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out /  Change )

Connecting to %s