La espiritualidad de un novelista, el padre Coloma

padrecoloma

El 14 de abril de 1915 fallecía en Madrid el sacerdote Luis Coloma, un prosista de gran difusión a finales del siglo XIX y comienzos del XX. Autor de cuentos populares y  novelas históricas, su fama estuvo cimentada durante décadas con Pequeñeces, un extenso relato a caballo entre el realismo y el naturalismo, con muy logrados perfiles de la aristocracia madrileña durante el reinado de Amadeo I y los inicios de la Restauración. Pero el padre Coloma, perfecto conocedor de los ambientes que describía, era también jesuita, un ministro de Dios que llegó a ser preceptor del futuro rey Alfonso XIII, a quien predicó unos ejercicios espirituales en vísperas de su subida al trono con dieciséis años en 1902.

Muchos estudiaron la literatura de Coloma, pero un poco menos su espiritualidad, y al no hacerlo así, cayeron con frecuencia en interpretaciones caricaturescas e incomprensiones que han durado hasta nuestros días. En efecto, para algunos Coloma es tan solo el autor de Pequeñeces, la novela protagonizada por Curra de Albornoz, una aristócrata arribista y sin demasiados escrúpulos, todo un ejemplo de indolencia y de falta de sensibilidad. Su principal ocupación en la vida es estar siempre en boca de todos. Es una prisionera de los placeres y las apariencias, una usuaria de una doble moral sin trazas de remordimiento. Después de todo, vive en un ambiente social que califica de “pequeñeces” a auténticas monstruosidades. No se ha perdido del todo el sentido del pecado, pero la hipocresía campa por sus respetos. Únicamente la trágica y heroica muerte de su hijo Luis servirá para que Curra caiga en la cuenta de que no se puede vivir de espaldas a Dios, aunque ella sea de las que se exponen a la tentación de buscar un puesto de preeminencia entre las “señoras espirituales”. Sin embargo, esta historia, bien acogida por el público del momento, no gustó a otros escritores que huían de los tonos moralistas. Triunfaba entonces la teoría del arte por el arte, capaz de justificar toda clase de morbo y hacer concluir toda narración en una tragedia ineludible. Sus defensores únicamente veían en Coloma a un representante del pesimismo y del tremendismo, algo que no se aplicaban ellos mismos al considerarse por encima del bien y del mal. En cualquier caso, no había lugar en cierto tipo de novelas para ese llanto que se despierta en algunos pecadores al recordar una vida de alejamiento de Dios.

Pero Luis Coloma no era tremendista. En realidad, no era insensible a hechos inesperados que pueden cambiar una vida. Con poco más de veinte años, al limpiar una pistola, el arma se le había disparado. Sin embargo, la bala no le atravesó el corazón sino que describió una curva y resbaló por una costilla. Las circunstancias de lo sucedido siguen oscuras. Lo cierto es que el joven Coloma decidió ingresar en la Compañía de Jesús, decisión en la que también tuvo que influir el hastío ante la vida vacía y sin horizontes de los ambientes aristocráticos en los que había vivido en Sevilla y Madrid. Allí había visto a hombres a la vez audaces e irresolutos, de temperamento fogoso aunque ajenos a la realidad, pues solo la concebían desde la estrecha perspectiva de su imaginación. El autor de Pequeñeces debió de pensar en más de una ocasión que esos caracteres se habían forjado a partir de un progresivo alejamiento de las devociones que habían vivido de niños. Los colegios pueden educar, si bien el ambiente familiar es mucho más determinante. Los niños que aparecen en la novela del padre Coloma son inocentes, no manchados todavía por un contexto de corrupción, pues la educación cristiana del colegio ha conseguido preservarlos por un tiempo. Llegará un día en que dejen las aulas y la fe se irá desprendiendo como un barniz ante la indiferencia de un entorno social que considera la sencillez y la misericordia como graves defectos.

No por casualidad Pequeñeces da comienzo con una fiesta de fin de curso en el colegio de los jesuitas de Chamartín, donde un alumno, Paquito Luján, hijo de Curra, recita un poema a la Virgen del Recuerdo, mientras el rector del colegio no oculta su llanto no porque los alumnos se vayan si no porque sabe, por experiencia, que muchos nunca volverán a pisar el colegio. Esa premonición se acentúa al escuchar el poema a la Virgen, que no es original de Coloma sino que fue escrito por un jesuita, Julio Alarcón Menéndez, y ha sido recitado a lo largo de los años en colegios de la Compañía. “Dulcísimo recuerdo de mi vida…” son los versos con los que arranca un poema en el que se expresa el temor a un alejamiento de la fe cristiana y de la devoción a María. En esta composición se percibe el mundo de los adultos como un mar embravecido en el que no es difícil sucumbir ante los escollos. Pero el padre Coloma no podía perecer en ese oleaje porque conservó siempre un alma de niño, llena de amor a María.

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