La Pasión, según Susanna Tamaro

Si dos palabras pudieran definir estas Meditaciones sobre la Pasión (ed. Rialp) de la escritora Susanna Tamaro, bien podrían ser corazón y compasión. Del corazón sabe mucho la autora italiana, que en 1994 publicó un best seller de alcance mundial, Dónde el corazón te lleve. Aquella historia de un emotivo reencuentro entre abuela y nieta, distanciadas en el espacio y los afectos, era la manifestación de un corazón muy humano, un corazón genuino en el que cabe el verdadero amor. Un corazón en el que hay sitio para las lágrimas ante el sufrimiento ajeno, un corazón de carne diferente de los de piedra o de plástico, construidos por mil y una teorías sobre una supuesta y exclusiva realización personal.

Solamente desde esa perspectiva se puede escribir un Vía Crucis a la manera clásica, que sirva a de lectura y de meditación. Es una llamada a encontrarse con el corazón de Cristo, quien se entrega a los hombres sin esperar nada a cambio. Nada que ver con lo que llaman amor y que consiste en un intercambio de egoísmos. Para un mundo ensimismado y de corazón enfermo, que se deja llevar sin esfuerzo por una rueda de emociones y satisfacciones, se ha escrito este Vía Crucis. Sus destinatarios no solo son los creyentes, siempre necesitados de profundizar en el amor de Cristo, sino todos aquellos que viven prisioneros de la soledad, los náufragos y vagabundos de un mundo que, en nombre de una supuesta libertad, ha eliminado la brújula que distinguía el bien del mal. La escritora conoce bien a este tipo de personas, desencantadas del balance de su existencia, como el personaje de Walter de su novela Anima mundi, capaz de advertir el sufrimiento causado a otros cuando enfoca con la mira telescópica de su fusil a un pequeño zorro.

En las páginas de  este libro de Susanna Tamaro, el Vía Crucis aparece como una insólita manifestación de amor, un apremiante recordatorio a salir de nosotros mismos. La autora consigue transformar estas meditaciones, en palabras del epílogo del arzobispo de Trieste, en Via consolationis, Via amoris, Via vitae. Una paradoja poco comprensible para un mundo que solo cree en el poder, que no es únicamente el político sino la capacidad insaciable de imponer nuestra voluntad sobre los otros. En contraste, en esta obra se nos insiste en que lo único extraordinario, lo único que merece la pena, es el amor. ¿Y en qué momento del recorrido por las catorce estaciones del libro, no se habla de amor? Pero no es un amor cualquiera, sino un amor ardiente, solo comprensible desde la luz de la fe.  La escritora ha comprendido bien que  la fe auténtica desemboca en un incendio: el de un corazón que incendia a otros corazones y es capaz de transmitir esperanza, amor y alegría.  Se entiende, por tanto, que en la sexta estación, Susanna Tamaro pida un corazón a la medida de Cristo, que nos permita fijarnos en los que nos rodean para exclamar aquello del centurión: “Verdaderamente este es hijo de Dios” (Mt 27,54).

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