San José de Pignatelli: humildad, caridad y cultura

Se ha cumplido el bicentenario de la restauración de la Compañía de Jesús por el papa Pío VII, un acontecimiento que puso fin a la arbitraria decisión de algunas monarquías europeas de erradicar de sus reinos la orden fundada por san Ignacio. Uno de los jesuitas que mejor supo mantener su fidelidad a la Iglesia y al Vicario de Cristo fue el zaragozano san José de Pignatelli (1736-1811), aunque no llegara a ver la rehabilitación de su orden promovida por un papa que  había sufrido humillaciones y cautiverios bajo Napoleón.

José de Pignatelli, perteneciente a una ilustre familia napolitana asentada en Aragón, ingresó a los quince años en la Compañía. Reunía dos cualidades, no necesariamente incompatibles, la de ser un hombre erudito y caritativo. Estamos acostumbrados a la imagen tópica del intelectual, colmado de sí mismo, y que no tiene ojos ni oídos para quienes le rodean. Este no era, desde luego, José de Pignatelli. Tras ser ordenado sacerdote, impartía clases de gramática latina en el colegio jesuita de Zaragoza, pero al mismo tiempo visitaba a enfermos y encarcelados. Hombre de oración intensa y de grandes deseos apostólicos, soñaba con ser enviado a las misiones. Sin embargo, su estable vida en su ciudad natal se frustró con la Pragmática Sanción de Carlos III, de 2 de abril de 1767, por la que los jesuitas eran expulsados de sus reinos. Con apenas treinta años, José recibió el mandato de sus superiores de acompañar a sus hermanos jesuitas al destierro en los Estados Pontificios, donde incluso el superior general de la Compañía, el padre Lorenzo Ricci, terminó sus días encarcelado en el castillo romano de Sant´Angelo.

José de Pignatelli nunca volvería a su Aragón natal y pasó el resto de su existencia en tierras italianas, donde no escatimó esfuerzos para conseguir la restauración de la orden, o al menos para que se restableciera en algunos territorios como el ducado de Parma o el reino de Nápoles. Contempló además de cerca las penalidades por las que pasaron Pío VI y Pío VII, prisioneros de los revolucionarios franceses y de Napoleón, que alimentaban la vana ilusión de suprimir el papado para siempre. De hecho, estas acciones violentas no fueron más que la consecuencia forzosa de la oposición más sutil en las décadas anteriores de las monarquías del despotismo ilustrado y de  sus ministros contra la Iglesia, en general, y contra los jesuitas en particular. No es extraño que la hostilidad verbal o formal termine desembocando  con el paso de los años en violencia abierta. Pero José siguió observando la misma conducta en sus años italianos que en Zaragoza: era un estudioso que en Bolonia destacó por su amplia cultura y su espléndida biblioteca. La nobleza de su linaje habría podido atraerle, como a otros de su condición, hacia grandezas humanas, supuestamente compatibles con su estado eclesiástico. Sin embargo, su humildad le hacía a la vez perseverante en la oración y en la atención al prójimo, especialmente a los hermanos de su orden. José les recordaba a  menudo lo que llevaba aparejada su pertenencia a la Compañía de Jesús: “Ya que nos gloriamos en llevar el nombre de Jesús, es muy natural que comportamos sus ignominias, sus penas y su cruz”. De hecho, como escribiría un historiador jesuita, Miguel Batllori, la restauración de la orden solo vendría de la mano de Dios “por medio de tinieblas y de trabajos, por la larga senda de la humildad, de la caridad y de la vida interior”.

José de Pignatelli es también un santo de la fidelidad, un ejemplo para un tiempo como el nuestro que quiere relativizar y cuestionar  nuestras opciones en la vida en nombre de una supuesta libertad. La Compañía había sido suprimida, primero por las autoridades civiles, que a su vez presionaron al Papado para conseguir su extinción. A no pocos jesuitas se les dio la posibilidad de pasar a otra orden. Sin embargo, José era consciente de que eso era traicionar su propia vocación, y así se lo recordó a su hermano Joaquín, conde de Fuentes: nunca cambiaría de orden, aunque tuviera que perder mil veces la vida.

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