Robert Hugh Benson, descubridor de Cristo

 Robert Hugh Benson, sacerdote y escritor pasado del anglicanismo al catolicismo, murió hace ahora cien años y  sigue siendo un gran desconocido. El papa Francisco sacó del olvido a este gran autor de ficciones históricas y futuristas, pero de amplios conocimientos teológicos. Lo hizo en noviembre de 2013 para referirse a su novela El señor del mundo, versión de un Anticristo de aspecto no revulsivo, que se presenta como un estadista de rasgos filantrópicos, y cuya condición para hacer feliz a sus súbditos es la renuncia expresa a la creencia en Dios. Cuando se publicó el libro en 1907,  triunfaba un positivismo impulsor de una religión del hombre. Luego llegaron las enormes atrocidades del siglo XX, que no sirvieron de advertencia sobre los riesgos de un mundo sin religión, pues la pérdida de la fe suele conllevar la pérdida de la caridad. Se explica que El señor del mundo siga siendo actual.

Pero Benson es más que un consumado novelista. Es un gran teólogo que pasa por la cruz de las incomprensiones. Confiesa además que no siente emociones ni sentimientos especiales al cruzar el umbral de la Iglesia católica. Solo una fe robusta le da la certeza de estar cumpliendo la voluntad de Dios. Ya es católico, mas su espíritu no descansa. No quiere caer en el estrecho círculo de esas minorías religiosas que guardan su fe para sí mismas y esperan que los demás hagan otro tanto. Benson no asemeja el cristianismo a una flor de invernadero y conoce bien la reprensión del amo al servidor que guardó el talento en un pañuelo. Tampoco se conforma con la actitud de aquellos que dicen haber encontrado la huella de Dios en el brillo de las estrellas o en las flores del campo. Quiere seguir buscando a Cristo, pues su conversión no es un punto de llegada sino de partida. ¿Dónde descubrir al Maestro? En su libro La amistad de Cristo (1912) escribe sobre su presencia en la Eucaristía, la Iglesia, el sacerdote y el santo, aunque a continuación insiste en la necesidad de encontrar a Cristo en el hombre corriente e incluso en el pecador.  Está en la boca de todo hombre que me habla, en todos los ojos que me miran y en todos los oídos que me escuchan. Está en los pecadores porque Jesús los acoge y come con ellos (Lc 15,1). Descubrir en ellos a Cristo es esencial para mi decisión de ayudarles. Benson llega a sugerir que Jesús vive indefenso en el alma del pecador. Le habla, pero no le escucha, lucha con él y es vencido. Aunque no lo diga con sus labios, el pecador, tras el que se oculta Cristo, nos está repitiendo la quinta palabra de la cruz:   ¡Tengo sed!

Nuestro autor no deja de criticar a aquellos que se aferran a sus prácticas religiosas y se desentienden de los demás. Así nunca descubrirán a Cristo, porque no lo verán en la esposa frívola que malgasta sus energías en una vana ambición social ni en el marido que solo piensa en sus negocios durante la semana y en divertirse los domingos. Benson sigue diciéndonos: acércate a tu prójimo y descubrirás a Cristo.

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