Mendes Pinto: utopías y realidades asiáticas

El cuarto centenario de la publicación de la obra del aventurero y navegante portugués Fernao Mendes Pinto, Peregrinaçao, se celebra en la Biblioteca Nacional de España con una interesante exposición evocadora de la presencia de Portugal en tierras asiáticas durante el siglo XVI. El autor del libro había muerto treinta años antes, pero el éxito de su trabajo fue espectacular con traducciones al español, francés, holandés, inglés y alemán a lo largo del siglo XVII.

Peregrinaçao es una obra monumental de 227 capítulos que sigue captando nuestra atención porque no es fácil de encasillar un relato en el que se combinan la Historia y las historias. El autor nos presenta los más de veinte años de sus andanzas asiáticas, que abarcan la India, China, Japón, Indochina y las islas de la actual Indonesia, un tiempo en el que ejerció de comerciante, embajador, pirata e incluso de novicio jesuita. Una época en la que, en sus propias palabras, “fue trece veces cautivo, y diecisiete vendido”. Hay quien considera a Mendes Pinto como un Marco Polo portugués, autor de un nuevo libro de las Maravillas, en el que no sería fácil deslindar la realidad de la fantasía, la crónica de la literatura, la antropología de las evocaciones de sociedades utópicas. El historiador vigilará con lupa las inexactitudes, aunque el aficionado a los libros de aventuras disfrutará con los relatos de naufragios, asedios y batallas, y en los que no faltan arrogantes piratas como Antonio Faria, cuya existencia se pone en duda e incluso se considera como un alter ego del autor.

Uno de tantos aspectos llamativos de Peregrinaçao es que, en su extenso título completo, hay una referencia al gran misionero san Francisco Javier, a quien Mendes Pinto aseguraba haber conocido en Japón. Lo califica de “única luz y resplandor de aquellos puertos de Oriente”. De hecho, en el libro se relatan con admiración algunos de los episodios de la labor apostólica de Javier en aquel país. Esa admiración se extiende más allá de la muerte del santo, pues Mendes Pinto se entera en Goa en 1554 de su fallecimiento, ocurrido en la isla de Sancián cuando se disponía a pasar a China, y toma la decisión trascendental de repartir sus riquezas entre los pobres e ingresar en la Compañía de Jesús. Sin embargo, tres años después, abandona la orden jesuita, antes de realizar su profesión definitiva, y regresa a Lisboa, donde empezará a escribir su libro en el sosiego de sus últimos años.

Pese a todo, el autor de Peregrinaçao parece haber mantenido una buena relación con los jesuitas aunque no diera el paso crucial para unirse a ellos. Nunca podremos saber por qué Mendes Pinto no acabó de misionero en Japón. Quizá se lo impidió el peso abrumador de una vida de trabajos y penalidades, mezcla de ilusiones y desengaños. El paso del tiempo agudizó su sentido crítico y esto se refleja en un libro en el que censura a sus compatriotas portugueses, en los que ve más avidez por las riquezas que interés por la extensión del evangelio. Tampoco salen bien parados los musulmanes asiáticos, envueltos en continuas guerras, y en contrapartida, el escritor se deja llevar por la admiración hacia los chinos. Mendes Pinto participa de la misma fascinación que tendrán los ilustrados del siglo XVIII. Valora que no hayan oído hablar de Cristo, pero que al mismo tiempo obedezcan las leyes de Dios practicando la justicia, caridad y misericordia que otros, supuestamente más civilizados, no practican. La mitificación de una China tolerante y ejemplo del gobierno perfecto, el de los filósofos, que tanto agradaría a Voltaire, late en numerosas páginas de Peregrinaçao. No es muy distinta esa mitificación de China a la que estaba presente en la mente de Roosevelt cuando afirmaba en 1943: “El pueblo de China se parece más en sus ideas y objetivos a nosotros los estadounidenses que casi cualquier otro pueblo del mundo: los mismos grandes ideales. En menos de medio siglo China se ha convertido en una de las grandes democracias del mundo”.  No había finalizado la II Guerra Mundial ni triunfado la revolución maoísta, pero ciertos americanos influyentes caían en el mismo error de los ilustrados, al considerar a China como una futura Norteamérica de Asia.

Mendes Pinto debió de preferir ser un moralista, y no un misionero. Pese al título, su Peregrinaçao carece de sentido religioso, pues su autor es, ante todo, un peregrinus, un extranjero, un espectador un tanto distante de lo que se ofrece ante sus ojos. Si para dar lecciones de moralidad, hay que superar la Historia, Mendes Pinto lo hace en su libro. No considera falsedades los recursos literarios que sean métodos para extraer verdades que él considera más evidentes. Sin embargo, con esto abre paso a la utopía al convertir las descripciones exóticas en instrumento de crítica social. Se comprende que  el filósofo portugués Eduardo Lourenço lo considere un precursor de Voltaire y Montesquieu.

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