San Juan XXIII, papa de la humildad

Los estereotipos son incapaces de atisbar la realidad, aunque bastaría con una mínima investigación y un análisis serio y razonable, para acercarse a la verdad. Esto se puede aplicar al reiterado propósito, presente en algunos medios informativos, de presentar a dos papas canonizados, Juan XXIII y Juan Pablo II, como representantes del “progresismo” y del “conservadurismo”.  Esas mismas interpretaciones elogiarían la supuesta sagacidad, quizás más humana que cristiana, del papa Francisco para canonizar  a ambos pontífices a la vez.

No se dijeron ni escribieron cosas diferentes cuando Juan Pablo II beatificó el 3 de septiembre de 2000 a Pío IX y a Juan XXIII, presentados como papas antagónicos. Uno habría sido el último e intransigente Papa-Rey, y otro, el pontífice del aggiornamiento y de la sonrisa. El papa Wojtyla era consciente de los estereotipos, y no desaprovechó la oportunidad de citar en su homilía un fragmento del Diario del alma de Juan XXIII, perteneciente a los ejercicios espirituales que realizara en 1959: “Pienso siempre en Pío IX, de santa y gloriosa memoria, e imitándole en sus sacrificios, quisiera ser digno de celebrar su canonización”. Esa canonización la celebrará algún día otro papa, que no renunciará a la verdad en nombre de los estereotipos, aunque también estamos seguros que los tópicos volverán a levantar cabeza cuando se beatifique a Pío XII.

Juan Pablo II conocía perfectamente la fuerza de los estereotipos respecto al papa Roncalli, que resaltan sus innovaciones para contraponerlos a supuestas actitudes retrógradas. De ahí que dijera en su beatificación: “Ciertamente la ráfaga de novedad que apuntó no se refería a la doctrina, sino más bien al modo de exponerla; era nuevo su modo de hablar y de actuar, y era nueva la simpatía con que se acercaba a las personas comunes y a los poderosos de la tierra”. Podríamos añadir que su modo de hablar y actuar no surgió sorpresivamente en su pontificado, como demuestra su expresión de que “el mundo, todo el mundo moderno pertenece a la Iglesia”, pronunciada por primera vez en 1907 en una conferencia sobre el cardenal Baronio y reiterada en su homilía de Pentecostés de 1935 en la catedral de Estambul. Era una expresión para señalar que la labor del Espíritu Santo, renovadora de la faz de la tierra, prosigue su marcha aunque las lenguas de fuego no aparezcan externamente, si bien los corazones siguen inflamados, en expresión de san Gregorio Magno.

Pero si queremos profundizar en el espíritu de Juan XXIII, habrá que leer el Diario del alma, escrito entre 1895 y 1963, fiel compañero de su itinerario en la tierra, donde asistimos a sus vicisitudes humanas y a la crónica de sus luchas y propósitos, redactados en tiempos de retiro o ejercicios espirituales. Seminarista, sacerdote, obispo, cardenal o papa, Angelo Roncalli se hace  muy cercano en estas páginas a cualquier cristiano en sus esfuerzos, que no solo dependen de él, para ser fiel a Cristo.

En Diario del alma está presente el auténtico Roncalli, al que muchos llamaron el papa de la bondad, y aun siendo esto cierto, no responde del todo a su forma de ser. Ser simplemente bueno no equivale a ser santo, pues ha habido muchas personas buenas que no eran creyentes. “Si quieres ser santo, sé humilde” dice un pensamiento atribuido a san José de Calasanz. Por eso Juan XXIII tendría que ser conocido, ante todo,  como el papa de la humildad. La humildad es una fuerza liberadora de estereotipos y de prejuicios ideológicos. Sobre esta virtud meditó aquel santo pontífice en unos ejercicios en los días previos a la Pascua de 1903, a punto de ser ordenado subdiácono. Llega a la conclusión de que no es tan difícil adquirir una apariencia externa de humildad. La verdadera dificultad consiste en vivirla interiormente. Sobre el particular, recuerda nuestro santo una “lección luminosa”: la vida oculta de Jesús en el hogar y el taller de Nazaret. Este silencio tan elocuente de los evangelios debería decir algo a los cristianos. Es el mismo Redentor, el que enseña a las muchedumbres o muere en la cruz, el que pasa de forma oculta  la mayor parte de su existencia terrena. Se descubre así un ejemplo para la humildad interior. Por lo demás, el seminarista Roncalli también es consciente de que el estudio conlleva riesgos para la humildad, pues el intelectual puede llenarse fácilmente de sí mismo y complacerse en sus conocimientos hasta el punto de pretender demostrar de continuo su sabiduría y elocuencia a quienes le rodean. El propósito anotado en el Diario del alma pasa por fijarse en el modelo del Niño Dios, rodeado de los doctores en el templo de Jerusalén. ¿Cuál era su actitud? “Oyéndolos y preguntándoles” leemos en Lc 2, 46. Ese mismo comportamiento, respecto a sus superiores y compañeros, fue el propósito de Angelo Roncalli.

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