El retorno de Edward Gibbon o la mitificación de la Roma pagana

Todo debió empezar con una escena que contempló un joven de veintiocho años, llegado en peregrinación de Gran Bretaña para redescubrir el mundo que influenciaba la arquitectura de su país, por no decir la literatura y las modas. Edward Gibbon, uno de los grandes historiadores británicos, quedó impresionado, y entristecido, cuando paseaba por las ruinas del templo de Júpiter en Roma. Cerca de allí unos monjes descalzos entonaban unas vísperas y un calvinista, educado en el odio hacia los fanáticos papistas, no podía por menos de escandalizarse al asociar una grandeza reducida a escombros con el dominio de la superstición, representada por aquella monótona salmodia. Era el año 1765 y el destino de Gibbon quedó trazado desde entonces. No era original en sus planteamientos, pues otros habían escrito cosas parecidas antes que él o lo habían dado a entender implícitamente en su amor por el mundo grecorromano, pero la visión de la Historia Antigua creada por el historiador estaba destinada a perdurar hasta nuestros días. El personaje de la filósofa Hipatia, tan de moda por motivos extrahistóricos y de laicismo radical, debe mucho de su leyenda a los escritos y la mentalidad de Gibbon. Fue él quien atribuyó al obispo san Cirilo de Alejandría haber instigado la cruel muerte de la filósofa.

Diversas generaciones se han empapado de su monumental Historia de la decadencia y caída del Imperio romano, publicada en seis volúmenes entre 1776 y 1788. Fue un gran éxito editorial de su tiempo además de uno de los hitos de la prosa inglesa, pero por encima de los hechos narrados que nos llevan desde el Bajo Imperio hasta el Imperio Bizantino con su profusa sucesión de intrigas y crímenes palaciegos, la obra de Gibbon ha tenido gran difusión posterior por su visión del cristianismo o de la Edad Media que empapa todavía muchos manuales históricos. Nos referimos a la contraposición entre las virtudes paganas del guerrero, ya ensalzadas por Maquiavelo, y las cristianas que supuestamente sólo predicarían la paciencia y la pusilanimidad. La caridad sería, por tanto, patrimonio de los débiles, cosa que filósofos, o mejor dicho ideólogos, posteriores se empeñarían en resaltar. En definitiva, la tesis de Gibbon es que el cristianismo arruinó el Imperio romano si bien en su obra deja a salvo algunas personalidades cristianas del siglo VI como san Gregorio Magno o Boecio. Serían la excepción a un mundo sombrío, agitado de continuo por luchas político-religiosas que se agudizarían con los últimos emperadores cristianos. Todo esto no deja de ser una simplificación porque la decadencia empezó desde los orígenes del Imperio y las páginas de la crónica negra llenan muchas biografías de los primeros emperadores, tal y como resaltara en el siglo XIX Thomas de Quincey en su obra Los Césares. Pero no consta que los horrores descritos, que toma de Tácito y Suetonio, fueran para este excéntrico escritor un modelo a seguir, pese a ser el autor de El asesinato considerado como una de las bellas artes, ejercicio de esteticismo de un precursor de la novela policíaca. Es un lugar común asegurar la superioridad del paganismo sobre el cristianismo, pero hay demasiados datos para asegurar que la sociedad pagana nada tenía de ideal o tolerante. ¿Le gustaba en el fondo al solitario emperador Marco Aurelio esa sociedad o más bien velaba por su supervivencia en nombre de la razón de Estado? Mitificar la Antigüedad tiene el riesgo de dejar salir a la luz unas fuerzas oscuras, las de una sociedad cruel e inhumana, en la que reina el miedo y la desconfianza.

Pese a todo, concederemos al historiador Gibbon el mérito de no dejarse llevar por determinismos a la francesa como los de Montesquieu en su Causas de la grandeza y decadencia de los romanos, y poner de manifiesto la responsabilidad de los seres humanos en sus acciones. Gibbon estaba contra el determinismo ciego aplicado a la historia y a la política, y de ahí sus críticas a la revolución en Francia. Por lo demás, nuestro autor era un parlamentario en la estela del pensamiento conservador de un Burke, ajeno a radicalismos políticos. Si hubiera vivido en el siglo XIX, habría sido uno de los grandes apologistas del Imperio británico, pues no en vano fue uno de los autores preferidos por Churchill. Sin embargo, sus críticas al Islam serían hoy políticamente incorrectas por alabar la batalla de Poitiers que frenó el avance de los árabes en Europa. Gibbon se horrorizaba ante la idea de que en Oxford se hubiera enseñado desde entonces la fe de Mahoma. Si hubiera contemplado en su país una sociedad multicultural, su asombro todavía sería mayor. Son otros aspectos de un conservador que no serán resaltados por los apologistas posmodernos del paganismo.

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