La felicidad, según Dostoeivski

Poco antes de su muerte, Fiodor Dostoievski había vuelto a su Moscú natal para asistir a la inauguración de un monumento al más insigne de los literatos rusos, Alexander Pushkin. Con ocasión de este homenaje, el escritor pronunció una conferencia el 8 de junio de 1880, en la que, además de hacer una apasionada reflexión casi profética sobre el pueblo ruso, planteaba una cuestión que pretendía sacudir las conciencias de sus contemporáneos: ¿Acaso una persona puede fundar su felicidad en la desdicha de los demás?

Dostoievski no se limita a glosar el argumento de Eugenio Oneguin, la obra maestra de Pushkin. No pretende hacer crítica literaria, sino afirmar una moral que forma parte de la naturaleza del ser humano, aunque las ideologías individualistas y colectivistas la desecharían por considerarla un obstáculo a sus ansias de libertad sin límites o de utopías reguladoras de mundos perfectos. El escritor contrapone el carácter de Oneguin, el prototipo de joven inmaduro del romanticismo, a la vez voluble y arrogante, al de Tatiana, una muchacha sencilla y profunda, que cualquier  asiduo de los salones de la alta sociedad consideraría muy poca cosa. Años después de su primer y único encuentro, Oneguin descubre a la joven en San Petersburgo, casada con un general mayor que ella. Sin abandonar su sencillez, Tatiana ha triunfado en esos círculos admirados por aquel hombre de mundo. Oneguin le ofrece amor y juventud, y le propone huir con él. Esta oferta de aventura romántica habría sido aceptada por Madame Bovary o por Ana Karenina, cuyas vidas eran tan rutinarias, pese a su relevancia social, como las del propio Eugenio Oneguin. Tatiana rechaza al pretendiente por fidelidad a su marido, pues su conciencia no le permite buscar la felicidad a costa de otro.

 

Nunca faltarán quienes califiquen su actitud de convencional o de hipócrita, pero, según subraya Dostoievski, la actitud de Tatiana es la más inteligente. Si hubiera seguido al romántico galán, pronto se enfrentaría a la desilusión de éste, que, en su actitud de hastío ante la vida, cambiaría los galanteos por sus habituales sarcasmos e ironías. En definitiva, la joven rechaza el fantasma de la felicidad que se le ofrece porque tiene bien puestos los pies en la tierra.

Más allá de los símbolos entrevistos por el escritor, de un Oneguin que encarnaría el occidentalismo materialista y de una Tatiana que sería la imagen de una Rusia humanista y universal, el discurso de Dostoievski es una requisitoria contra determinados métodos de búsqueda de la felicidad. No nos recuerda, como en otras obras suyas, que la felicidad no es incompatible con el sufrimiento, pero rechaza que la dicha pueda alcanzarse por medio de la desgracia ajena. Está profetizando la llegada de un sistema colectivista que proclamaría a voz en grito el objetivo de hacer felices a los hombres, aunque no le importaría sacrificar mecánicamente a muchos seres humanos como medio de lograr una supuesta paz y seguridad. El escritor arremete con energía contra una ideología despiadada, pues no concibe que sea «necesario e inevitable deshonrar a un solo ser humano, aunque sea un hombre poco digno, incluso ridículo a los ojos de alguno». No se debe llegar al extremo de construir «una felicidad fundamentada en el sufrimiento de un ser, torturado hasta la muerte sin piedad y sin justicia». ¿Cómo imaginarse que, después, los hombres serán felices para siempre? Dostoievski no quiere pensar en ser feliz tras haber matado a otra persona. Ni siquiera Raskolnikov, el protagonista de Crimen y castigo, puede engañarse a sí mismo pensando que ha librado al mundo de un ser despreciable al asesinar a Aliona Ivanovna, la vieja prestamista. ¿Cómo separar la felicidad de la compasión hacia los demás?

Muchos años antes de su discurso sobre Pushkin, Dostoievski había reflexionado en sus Memorias del subsuelo sobre las contradicciones del ser humano, no siempre tan racional en su voluntad como pensaron algunos filósofos. Constató que el amor propio es capaz de anteponer la libertad a la felicidad. Una libertad ilimitada sería para muchos el camino para ser feliz. Dados estos planteamientos de individualismo extremo, no resultará extraño que otras personas sean sacrificadas en el camino. Pero Dostoievski nos seguirá aguijoneando  en nuestro tiempo al recordar que la felicidad no puede basarse en la desdicha ajena.

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