El visitante molesto y los viajeros de Citerea

“¿Por qué has venido a molestarnos?” (Mt 8, 29). Es el reproche que los endemoniados de Gerasa hacen a Jesús de Nazaret. Sin embargo, esa misma frase que dirigen al Jesús de los milagros, podían haberla dirigido al Niño de Belén, al que llevó una vida ordinaria trabajando en el taller de José o al que murió en la cruz. Sus imágenes siguen siendo una llamada de atención a un mundo que no quiere ser despertado de una plácida existencia en la que no debe haber preocupaciones, ni preguntas inquietantes, y sólo la proclamación universal del derecho a la felicidad.  Ese Jesús ha venido a molestar, a estropear la fiesta de los que necesitan creer ciegamente que el presente es eterno, aunque sientan que se les escapa como el agua entre el hueco de la mano. No puede ser bien recibido porque suscita interrogantes molestos.

Hasta los escritores más atormentados se han dado cuenta de que algunas de las promesas de quienes proclaman la liberación del hombre de todo vínculo trascendente están vacías de contenido. Recordemos a Baudelaire, en Las flores del mal, cuando manifiesta su escepticismo ante un cuadro como El embarque para Citerea de Watteau, prototipo de la Europa dieciochesca despreocupada y galante, en la que las parejas se embarcan para la isla en que nació Venus, y que la mitología griega consideraba como un lugar de bienaventuranza terrenal. El bohemio y alcohólico Baudelaire tiene, sin embargo, la lucidez suficiente para proclamar que Citerea, la tierra tan añorada en todas las épocas, no deja de ser un erial. Por mucha vegetación que aparente tener, Citerea es un suelo estéril. Pero los peregrinos de ese paraíso terrenal nada quieren saber de un personaje que viene como un niño recién nacido y que no ha venido a traer la paz, que algunos confunden con el ensimismamiento, sino la división. Ellos sólo buscan la felicidad, la suya propia y exclusiva, y consideran que se encuentra unánimemente en colmar sus ansias de todo tipo sin límite ni medida. Esa felicidad es para ellos un sinónimo de la libertad. Niegan la libertad que ofrece Cristo, pues la consideran incompatible con la felicidad que desean. Además  ese Cristo les está pidiendo algo muy costoso: que le den su amor libremente. Quienes se proclaman maestros y expertos en libertad, son incapaces de comprender que alguien de su amor desinteresadamente, pues es desconfiado por naturaleza todo aquél que quiere salvaguardar a toda costa lo que considera como propio y exclusivo.

Dostoievski nos ha recordado en Los hermanos Karamazov el drama del hombre alienado pero feliz. No me quitéis mi felicidad, mis piedras brillantes que tanto me satisface completar una y otra vez. A base de darle vueltas a lo mismo, se parecen al viejo avaro de algunas obras literarias, encorvado y desaliñado de tanto mirar sus tesoros. Dostoievski señalaba en la citada novela que lo verdaderamente milagroso no son los hechos de la vida de Jesús sino el hecho de que el hijo de Dios se haya encarnado. Eso es lo que realmente turba el corazón de los que no creen. No es extraño que le digan a ese Dios humano por qué ha venido a molestarlos. Los viajeros que van a Citerea siguen convencidos de que se dirigen a la isla alegre. Así se titulaba una pieza pianística de Debussy, recreadora del cuadro de Watteau, y que refleja en sus compases una felicidad del momento que muchos apuestan por considerar como definitiva.

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