Emmanuel Levinas, el filósofo de los otros

Enmanuel Levinas, filósofo judío de nacionalidad francesa, está considerado como uno de los principales representantes del personalismo, una corriente no exclusiva de pensadores cristianos, tal y como demostrara el propio Juan Pablo II al recibir a Levinas en su residencia veraniega de Castelgandolfo. La obra de este autor es tan compleja como enciclopédica. Toda su vida se moverá entre la razón y la revelación, pues el filósofo también se sentía orgulloso de considerarse un fariseo, casi un doctor de la Ley y un sobresaliente intérprete del Talmud en la lengua francesa. Al mismo tiempo se interesará por el cristianismo, a partir de la lectura directa del evangelio, y compartirá con amistad y fraternidad con los cristianos. Le unirán a ellos bastantes ideas, si bien reconocerá que no podía compartir ninguna creencia.

Levinas se acerca al cristianismo, yendo más allá de esas imágenes de la memoria colectiva que relacionan a esta religión con la persecución de los hebreos. Este acercamiento es fruto, sin duda, de sus múltiples lecturas. No olvidemos que su padre era librero.  Pero su niñez  se vio trágicamente alterada, cuando tuvo que huir de Lituania con su familia tras la ocupación de este territorio por los alemanes durante la I Guerra Mundial. Los Levinas se refugiarán en Ucrania, y el pequeño Enmanuel estudiará en el instituto de Jarkow, donde entró en contacto con las obras de los grandes clásicos rusos del XIX: Pushkin, Turgueniev, Tolstoi o Dostoievski, unos escritores en los que siempre hay un trasfondo cristiano aunque sus grados de creencia o de ortodoxia sean muy diversos. De Dostoievski siempre me ha impresionado una de sus reflexiones, contenida en una conferencia sobre Pushkin que pronunció meses antes de su muerte: “”¿Acaso puede una persona fundar su felicidad sobre la desdicha de otra?”. Esta y otras cuestiones planteadas por el novelista ruso debieron de influir en el pensamiento de Levinas, al que bien podría llamarse el filósofo de los otros.

Si para Sartre, estricto contemporáneo del filósofo judío, el infierno son los otros, para Levinas es la propia existencia humana la que no puede concebirse sin los otros. Ve en el rostro del otro –porque el otro es un cuerpo concreto, no una teoría abstracta- una llamada a salir de la cárcel no sólo del egoísmo o de la indiferencia sino también de la identidad y la subjetividad. Aquí las ideas de Levinas se dan de bruces con cierta mentalidad hoy imperante, pues una gran mayoría de personas compartirían su rechazo del nazismo y asentirían sobre sus postulados altruistas, pero es más comprometido es aceptar la invitación del filósofo a salir de la identidad y la subjetividad para ir al encuentro del otro… Incluso sería considerado como un modo de alineación y de renuncia a la propia libertad, pues la paradoja de estos tiempos de globalización consiste en una pasión casi fanática por la propia identidad, que no pocas veces contradice la tan cacareada solidaridad. Muchos no quieren pararse a reflexionar sobre las consecuencias de dar una primacía absoluta a la libertad y/o la igualdad porque la solidaridad, en otros tiempos llamada fraternidad, queda relegada y los hombres tienden a replegarse sobre sí mismos, con lo que también acaban naufragando los otros ideales de alcance universal. Ni que decir tiene que Levinas es un filósofo de la universalidad, no a pesar de ser judío, como algunos dirían, sino precisamente por su condición de hijo de Israel. De hecho, en uno de sus libros reprocha a Spinoza, aquel influyente racionalista de origen judío, que hubiera ocultado la dimensión universalista de la Biblia al reducir la imagen del judaísmo a una religión tribal.

¿Levinas busca en el otro a Dios? En cierto modo, pero el rostro del otro no es, en su visión del mundo, el de un Dios encarnado, tal y como sucede en el cristianismo. El filósofo confiesa haberse sentido impresionado por los reproches del Dios Juez a aquellos que no supieron verle en los hambrientos, indigentes o encarcelados (Mt 25, 42-43), un pasaje que él identifica con la tradición de los profetas de Israel que claman en defensa del pobre, la viuda, el huérfano y el extranjero. Sin embargo, Levinas afirma: “La verdadera correlación entre el hombre y Dios depende de una relación de hombre a hombre, de la que el hombre asume la plena responsabilidad como si Dios no contara”. Por tanto, lo importante no es afirmar la propia identidad, ni interrogarse sobre el ser o no ser, sino preocuparse por el otro. Sin embargo, con este planteamiento, el Dios de Levinas termina por ser un “él”, alguien que está distante del hombre; no es el “tú” del cristianismo, una peculiaridad esencial que diferencia a la religión cristiana de los otros monoteísmos.

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