Joseph Malègue, la inteligencia unida a la fe

Cristo lo abarca todo y es capaz de llenar a los sitios más insospechados para estupor de quienes pretenden delimitar su presencia al interior de las iglesias o al desván de las convenciones sociales. El mensaje cristiano llegó también a las complejas técnicas de la novela del siglo XX, cuyo origen puede situarse en las obras de Marcel Proust. Otro autor francés contemporáneo suyo, Joseph Malègue (1876-1940), citado, sin nombrarlo, por el papa Francisco en su homilía en San Pablo Extramuros, escribió novelas tan singulares como desmesuradas como Agustín o el Maestro está aquí (1933) y Piedras negras. Las clases medias de la santidad , inacabada y publicada en 1958.

Augustin

El  primer libro nos habla de Agustín Méridier, un intelectual con un ansia desmesurada de saberes humanos, que arrinconarán la sencilla fe de su infancia. Pero una fe aparente, no apoyada en la revelación divina y sólo en lo puramente humano,  desemboca en el agnosticismo. Agustín ha quedado fascinado por la belleza literaria de la Vida de Jesús de Ernest Renan y pronto se deja llevar de ese modernismo que separa radicalmente el Cristo de la fe del Jesús de la historia. Esta novela de novecientas páginas nos demuestra que la inteligencia puede abarcar muchas cosas, pero si pone distancia entre ella y los otros seres humanos, está destinada a una contemplación estéril, a quedarse fija en sí misma por no saber abrazar a los demás. Es una novela sitúa a su protagonista ante una realidad, la de que no es el autosuficiente intelectual que podía comprenderlo todo. Toda acumulación de proyectos y objetivos  carece de sentido si no está abierta a una finalidad última, la trascendencia a la que Agustín se había asomado en su fe de niño. Hasta que se reencuentra con su fe, la desesperación del protagonista será mayor que la de quienes se ha acostumbrado vivir pasivamente.  Pese a las decepciones que puede reportar, Joseph Malègue no desprecia la inteligencia sino que la sitúa en su justa perspectiva de compañera de la fe. Y es que la inteligencia puede llevarnos, como mucho, al Dios de Aristóteles, ordenador del universo y ajeno al hombre, a diferencia del Dios cristiano que participa de pleno en la historia humana.

Los conocimientos filosóficos y teológicos de Malégue le llevaron a cultivar el ensayo,  en Penumbras (1939),  con un sugerente capítulo dedicado a lo que Cristo aporta a Dios. Cristo es el Dios que no apaga la llama vacilan te (Is 42, 3). Es un Dios lleno de misericordia para los imperfectos. En los evangelios sale al encuentro de ovejas perdidas, mujeres adúlteras, ladrones justamente castigados por sus delitos, verdugos que no saben lo que hacen… Dios es muy humano porque ha descendido a las realidades terrenales, y esto implica una crítica del autor al positivismo y cientificismo imperantes, con su fe ciega en el progreso humano, y que conllevan el riesgo de hacerse inhumanos.

Las inquietudes de Malègue le llevaron todavía a escribir mil páginas de una novela que hubiera sido el culmen de su obra. Piedras negras o las clases medias de la santidad  se asemeja a una sinfonía o una catedral inacabadas. En ella abundan las descripciones de la sociedad burguesa provinciana de la Francia de 1880, con personajes que recuerdan a Balzac, y que son el retrato de un universo gris y de unas vidas grises, insertas en un ambiente caracterizado por el ansia de escalar posiciones en la escala y la respetabilidad sociales. Pese a todo, hay un niño, Paul Vallon, soñador y tímido que se rebela ante esa existencia plana y convencional para buscar refugio en el lirismo y la literatura. Malègue sabe plasmar el espíritu de una sociedad que ha hecho tabla rasa de la cultura anterior a la Revolución Francesa y la ha sustituido por un liberalismo exacerbado que pretendería buscar a toda costa la felicidad humana. Es una sociedad acomodada, y autocomplaciente que sólo piensa en que las cosas deben seguir su curso natural, aunque nuestro escritor denuncia que el único curso natural vigente es el de la pereza y la vida fácil. Como contraste, la tesis fundamental del libro, es que las clases medias, pese a su existencia anodina, están llamadas a la santidad, tal y como descubre el personaje de Félicien Bernier, que dice que a estas clases “les es lícito ocuparse plenamente de los intereses terrenales y de la justicia, pero deberían de imitar, en un momento u otro, las pruebas por las que han pasado los santos”.  Imitar a los santos supondrá, según Félicien, “ofrecer nuestros faltas,, la práctica de nuestras plegarias, el espectáculo del éxito ajeno, nuestras pretensiones, nuestros fracasos…”

Cristo lo abarca todo y es capaz de llenar a los sitios más insospechados para estupor de quienes pretenden delimitar su presencia al interior de las iglesias o al desván de las convenciones sociales. El mensaje cristiano llegó también a las complejas técnicas de la novela del siglo XX, cuyo origen puede situarse en las obras de Marcel Proust. Otro autor francés contemporáneo suyo, Joseph Malègue (1876-1940), citado, sin nombrarlo, por el papa Francisco en su homilía en San Pablo Extramuros, escribió novelas tan singulares como desmesuradas como Agustín o el Maestro está aquí (1933) y Piedras negras. Las clases medias de la santidad , inacabada y publicada en 1958.

El  primer libro nos habla de Agustín Méridier, un intelectual con un ansia desmesurada de saberes humanos, que arrinconarán la sencilla fe de su infancia. Pero una fe aparente, no apoyada en la revelación divina y sólo en lo puramente humano,  desemboca en el agnosticismo. Agustín ha quedado fascinado por la belleza literaria de la Vida de Jesús de Ernest Renan y pronto se deja llevar de ese modernismo que separa radicalmente el Cristo de la fe del Jesús de la historia. Esta novela de novecientas páginas nos demuestra que la inteligencia puede abarcar muchas cosas, pero si pone distancia entre ella y los otros seres humanos, está destinada a una contemplación estéril, a quedarse fija en sí misma por no saber abrazar a los demás. Es una novela sitúa a su protagonista ante una realidad, la de que no es el autosuficiente intelectual que podía comprenderlo todo. Toda acumulación de proyectos y objetivos  carece de sentido si no está abierta a una finalidad última, la trascendencia a la que Agustín se había asomado en su fe de niño. Hasta que se reencuentra con su fe, la desesperación del protagonista será mayor que la de quienes se ha acostumbrado vivir pasivamente.  Pese a las decepciones que puede reportar, Joseph Malègue no desprecia la inteligencia sino que la sitúa en su justa perspectiva de compañera de la fe. Y es que la inteligencia puede llevarnos, como mucho, al Dios de Aristóteles, ordenador del universo y ajeno al hombre, a diferencia del Dios cristiano que participa de pleno en la historia humana.

Los conocimientos filosóficos y teológicos de Malégue le llevaron a cultivar el ensayo,  en Penumbras (1939),  con un sugerente capítulo dedicado a lo que Cristo aporta a Dios. Cristo es el Dios que no apaga la llama vacilan te (Is 42, 3). Es un Dios lleno de misericordia para los imperfectos. En los evangelios sale al encuentro de ovejas perdidas, mujeres adúlteras, ladrones justamente castigados por sus delitos, verdugos que no saben lo que hacen… Dios es muy humano porque ha descendido a las realidades terrenales, y esto implica una crítica del autor al positivismo y cientificismo imperantes, con su fe ciega en el progreso humano, y que conllevan el riesgo de hacerse inhumanos.

Las inquietudes de Malègue le llevaron todavía a escribir mil páginas de una novela que hubiera sido el culmen de su obra. Piedras negras o las clases medias de la santidad  se asemeja a una sinfonía o una catedral inacabadas. En ella abundan las descripciones de la sociedad burguesa provinciana de la Francia de 1880, con personajes que recuerdan a Balzac, y que son el retrato de un universo gris y de unas vidas grises, insertas en un ambiente caracterizado por el ansia de escalar posiciones en la escala y la respetabilidad sociales. Pese a todo, hay un niño, Paul Vallon, soñador y tímido que se rebela ante esa existencia plana y convencional para buscar refugio en el lirismo y la literatura. Malègue sabe plasmar el espíritu de una sociedad que ha hecho tabla rasa de la cultura anterior a la Revolución Francesa y la ha sustituido por un liberalismo exacerbado que pretendería buscar a toda costa la felicidad humana. Es una sociedad acomodada, y autocomplaciente que sólo piensa en que las cosas deben seguir su curso natural, aunque nuestro escritor denuncia que el único curso natural vigente es el de la pereza y la vida fácil. Como contraste, la tesis fundamental del libro, es que las clases medias, pese a su existencia anodina, están llamadas a la santidad, tal y como descubre el personaje de Félicien Bernier, que dice que a estas clases “les es lícito ocuparse plenamente de los intereses terrenales y de la justicia, pero deberían de imitar, en un momento u otro, las pruebas por las que han pasado los santos”.  Imitar a los santos supondrá, según Félicien, “ofrecer nuestros faltas,, la práctica de nuestras plegarias, el espectáculo del éxito ajeno, nuestras pretensiones, nuestros fracasos…”

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