La fortaleza del cardenal Wyszynski

El primado de Polonia, el cardenal Stefan Wyszynski es, junto al papa Juan Pablo II, una de las grandes figuras de la historia de la Iglesia y de su país en el siglo XX. Coincidieron en muchas cosas, aunque particularmente en una:su sólida piedad mariana,representada en su devoción por la Virgen de Czestochowa. Esta piedad se manifestó en circunstancias difíciles de sus vidas, cuando su debilidad física o moral se transformó en expresivo signo de su fortaleza en la fe.

Stefan Wyszynski padeció muchos sufrimientos morales, sobre todo en sus años de reclusión por el régimen comunista, entre 1953 y 1956, época en la que escribió un encendido, y a la vez sosegado, diario de la prisión. El cardenal no conoció los barrotes de una cárcel. Uno de los lugares de su encierro fue un convento, donde estaba ausente la paz del claustro y en el que los guardianes pretendieron someter al prisionero a la desmoralización de la soledad y la incomunicación. Allí experimentó que un hombre privado de libertad siente pronto en su carne el zarpazo del desaliento, del que ni siquiera puede escapar el intelectual siempre dispuesto al combate con las armas de la razón. Hay muchos ejemplos de escritores que escribieron en la cárcel para proclamar que su espíritu no estaba enjaulado, aunque, tarde o temprano, sus ojos se daban de bruces con la omnipresencia de unos muros cerrados. También Wyszynski reflexionó racionalmente sobre la injusticia cometida por un sistema comunista que pasaba por ser el más firme defensor de la justicia, y además su perspicacia le hizo darse cuenta de la pereza e indolencia de sus guardianes, que hacían sus tareas con rutina y sin dinamismo. El cardenal podía incluso esgrimir argumentos legales, como Pablo apóstol y prisionero de Cristo en su apelación al César, pero serían inútiles ante unos adversarios que pretendían doblegarle por ese miedo que reduce a un paralizante silencio. Mucho peor era que trataran de contagiarle el odio en el que ellos mismos vivían, pues la gran victoria de los perseguidores de todos los tiempos es infundir en los cristianos un rencor que ahogue el mandato evangélico del amor. Wyszynski reconocía que el miedo, a menudo mezclado con el odio, es capaz de sembrar dudas sobre el Maestro, tal y como les sucedió a los primeros apóstoles. ¿Cómo defenderse de esos sentimientos de desasosiego?
Ante lo irracional, sobran las razones. Es la hora de la fe y del amor. En la noche de la reclusión, cuando se apagan todas las luces, es la hora en que Wyszynski reza el Rosario. Escribe que cada sábado es una fiesta, la del día de la esperanza de María que aguarda la resurrección de su Hijo. Y es que el cardenal Primado, al igual que Juan Pablo II, creía con toda seguridad que la mujer aplastaría la cabeza de la serpiente, y progresivamente iría dejando atrás sus certezas humanas para confiarse a la protección de María. Su gran mérito será pensar más en Ella que en todas las insidias de sus perseguidores. Escribirá en su diario: «Cuando te sea difícil soportar el odio de unos, recuerda que hay otros que te aman». En efecto, hay un Amor, como el experimentado por Wyszynski, que ayuda a transformar todos los sufrimientos físicos y morales.
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