Dos amores del Papa Francisco: La literatura argentina y Buenos Aires

El Papa es un enamorado de la cultura argentina. Como arzobispo de Buenos Aires, insistía en la idea de que Argentina ha brindado al mundo muchos escritores y artistas de calidad, que tocan la fibra universal del hombre, pese a la apariencia local. El entonces cardenal citó entre sus autores preferidos a Leopoldo Marechal (1900-1970), cuya novela Adán Buenosayres se anticipó al boom de la literatura hispanoamericana de los 60.

No estamos ante una novela religiosa, aunque la acción transcurra entre un Jueves Santo y la madrugada del Domingo de Resurrección. Tampoco es un libro de fácil lectura, por esa mezcla de novela y ensayo, de tintes oníricos y surrealistas. Obra de toda clase de influencias de la literatura occidental, desde Homero y Virgilio a Dante y Rabelais, imitados muchas veces de forma grotesca, guarda analogías con el Ulises de James Joyce. Con todo, Leopold Bloom, el antihéroe del autor irlandés, es un hombre abandonado a su destino en un mundo en el que Dios no está presente. Por el contrario, Adán Buenosayres es un hombre en búsqueda de la trascendencia, con ansias de bien, verdad y belleza.

Ésta es una gran novela urbana, ambientada en el barrio de Villa Crespo. El actual Papa no siente nostalgia de las comunidades rurales que asistían, entre el fervor y la indolencia, a masivas ceremonias religiosas. El escenario del cristianismo del siglo XXI son las megalópolis, presentidas en la novela de Marechal, escrita en un Buenos Aires que superaba ya los dos millones de habitantes.

Las grandes ciudades asustan a muchos cristianos. Las ven tan deshumanizadas que les gustaría retirarse a monasterios, o edificar un muro protector que les aísle de las tinieblas exteriores, en una especie de individualismo cristiano, semejante al criticado por Alexis de Tocqueville en el siglo XIX, como causante del debilitamiento de las sociedades. Por el contrario, monseñor Bergoglio no se ha cansado de proclamar que Dios vive en las ciudades. Es lo mismo que descubrieron los primeros cristianos cuando extendieron la semilla de su fe en Roma, Antioquía o Corinto.

En el documento de los obispos iberoamericanos, dado a conocer en el santuario de Aparecida en 2007, hay un auténtico himno de fe, dirigido a la ciudad, como lugar de libertad y oportunidad, donde es posible experimentar vínculos de fraternidad, solidaridad y universalidad. Ese documento entusiasmó al cardenal Bergoglio, pues le sirvió para recalcar el papel de la ciudad como lugar de encuentro, un escenario para llegar a todos, los no marginados y los marginados, ancianos, enfermos, niños de la calle… La ciudad es un lugar para hacer el bien y para encontrar a un Dios que vive en medio de tanta gente, en apariencia anónima.

marechal

Adán Buenosayres es también un personaje urbano, habitante de Villa Crespo, fruto de la expansión de la ciudad, a finales del siglo XIX. El 19 de marzo de 1893 se puso allí la primera piedra de la iglesia de San Bernardo, un templo neogótico mencionado con frecuencia en el libro de Marechal, y que se caracterizaba por tener una imagen del Sagrado Corazón sobre la fachada, conocida como el Cristo de la Mano Rota, al faltarle una parte de la mano derecha. Adán se pregunta qué tenía ese Cristo en la mano: ¿un corazón, o un pan? En cualquier caso, es algo que estaba ofreciendo a los hombres de la ciudad, pero éstos no suelen mirar a lo alto, sino sólo al frente o al suelo. Sin embargo, Adán es capaz de hacer esta incisiva observación: «La caña del pescador está, sin duda, en esa mano rota». La desmesurada novela de Marechal es, según su protagonista, un reflejo de la tristeza de la gran ciudad de Buenos Aires, «la tristeza de un barro que pide un alma». Ese alma, nos podría decir monseñor Bergoglio, se construye cuando el cristiano va al encuentro del otro.

El Papa no dejará de sorprendernos con su profunda humanidad, la de alguien que encuentra chispazos divinos hasta en la letra de un tango. A uno de ellos, El tren de las once, de Horacio Sucena, se refirió Bergoglio en un discurso sobre pastoral urbana, hablando del encandilamiento por «las luces del centro», que lleva a la tentación de no tener una mirada de fe y no salir al encuentro del prójimo en la ciudad. «Un día lejano/se fue mi esperanza./ Las luces del centro,/ imán de locuras,/ llevaron sus ansias por mil desventuras». ¿Cómo no pensar con esta letra en el hijo pródigo? «El tren de las once/ por fin se detiene./ Es ella que viene buscando el perdón».

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