La conversión de Paul Claudel: un corazón tocado en Notre Dame

En  la noche de Navidad de 1886 Paul Claudel, un joven de dieciocho años, experimentó en la catedral de Notre Dame una poderosa certidumbre que le llevará a abrazar la fe católica. Aquel hecho inexplicable tuvo lugar ante una imagen de la Virgen y el Niño asentada sobre una columna, ante la que se detienen hoy muchos visitantes de la catedral parisina. A Claudel le fue concedida una fe que, según él mismo escribe, ni todos los libros ni todos los argumentos podrían quebrantar. Pero no se le otorgó la paz porque Jesús dijo que no había venido a la tierra traer paz sino división (Mt 10, 34). Su vida entera, como la de cualquier cristiano que desee ser fiel, constituyó una continua lucha. Lo cierto es que su  conversión estuvo marcada por un evidente cambio externo: un joven taciturno y reflexivo, empapado de lecturas y convicciones arraigadas sobre el progreso científico, supuestamente liberador, que se imponía con el siglo XIX, se transformó en un hombre locuaz y apasionado. Su nueva fe le impulsaba a una alegría nunca experimentada hasta entonces.

Claudel había sido forjado por una educación racionalista en la que todo se ajustaba a los estrechos límites del entendimiento humano, incluso los relatos evangélicos. Eran los tiempos de la Tercera República francesa, cuando la Vida de Cristo de Ernest Renan, un antiguo seminarista, constituía una lectura muy difundida, con un Jesús atractivo y amable desde el punto de vista humano y que no era en absoluto Dios. Se da la circunstancia de que unos años antes de su conversión, el adolescente Paul Claudel, estudiante del liceo Louis-le-Grand, recibía del propio Renan un premio por sus excelentes resultados académicos. Esto es una muestra de la inquietud intelectual del futuro escritor que, unos meses antes de acudir a misa a Notre Dame, había empezado a leer la corta producción de Arthur Rimbaud, interrumpida para siempre a los diecinueve años. En principio quizás asintiera, dada su educación laicista, a las diatribas del poema  Las primeras comuniones, expresión de una virulenta crítica a la hipocresía social y a la estricta educación religiosa que la madre de Rimbaud había dado a su hijo. Pero es muy probable que el espíritu de Claudel se removiera ante estas palabras en prosa de Una temporada en el infierno: “No soy prisionero de mi razón. He dicho: ¡Dios! Yo quiero la libertad en la salvación: ¿cómo alcanzarla?… Si Dios me concediera la calma celestial, del aire, la oración –como los antiguos santos- ¡Los santos! ¡qué fuertes! ¡los anacoretas, artistas como ya no los hay!”. Años más tarde, Paul Claudel, el ferviente escritor católico, estará convencido e intentará convencer a otros, no siempre con éxito, de que Rimbaud había vuelto a Dios en su lecho de muerte, pues así lo creía su hermana, presente en aquellos momentos.

Los símbolos de Rimbaud, la liturgia de Notre Dame, el tibio silencio de la noche de Navidad, la acuciante necesidad de volver enseguida a casa para leer la Biblia… Son circunstancias, unidas a la gracia divina que toca los corazones cuando quiere, que cambiaron hace ciento treinta años la vida de Paul Claudel. No siempre podrá transmitir a los demás lo que experimenta en su interior, pero en cierta ocasión aconsejó a uno de sus amigos: “La liturgia y la asiduidad a las ceremonias de la Iglesia enseñan mucho más que los libros. Hay que sumergirse en este inmenso caudal de gloria, de certeza y de poesía”. Con todo, a lo largo de su vida, algunos acusarán a Claudel de intransigente en sus convicciones religiosas, pero, en realidad, el escritor se asemeja a un río impetuoso, un mensajero que proclama a los cuatro vientos que ha encontrado en Cristo una alegría que nadie le podrá arrebatar. Ese encuentro no le exime de caer en el pecado ni estar libre de las contrariedades de la existencia, pero esa alegría invade toda realidad. Al igual que cada cristiano auténtico, tendrá que seguir luchando para levantarse después de caer. En Claudel, la alegría se renueva en el dolor. Las derrotas se superan con la alegría nacida del triunfo de un Salvador, luz brillante para los que viven en oscuridad y en sombras de muerte (Is 9, 2). Este y otros pasajes de Isaías serían glosados por Claudel en su poema Chant du marche de Noël, escrito en sus años de diplomático en Praga entre 1909 y 1911, cuando soñaba con estar en Navidad en Francia y ser el padre de familia que acompaña a todos a la misa del Gallo.

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La belleza desarmada de la fe

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Una lectura recomendable para un regalo en estas fiestas podría ser La belleza desarmada (ed. Encuentro), una recopilación de artículos y conferencias de don Julián Carrón, sucesor de don Giussani al frente de Comunión y Liberación (CL). Los temas tratados son diversos, pero el hilo conductor es el mismo: la fe que no se hace cultura no tiene futuro. El problema es que en algunos lugares el cristianismo se ha reducido a un moralismo sin alma, y por eso este libro nos recuerda de continuo que la fe debe injertarse en la vida.

Estamos ahora  insertos en una realidad experimentada también por Giussani: muchos europeos de nuestros días viven un auténtico malestar, con raíces profundas que van más allá de la crisis económica, política o demográfica. La verdadera causa del descontento es mucho más angustiosa: han perdido la confianza en sus propias vidas, por no decir la alegría de vivir. Esto explica los impulsos de querer reducirlo todo a apariencia y a evadirse de la realidad con un sinfín de escapismos incapaces de llenar las ansias de eternidad del ser humano. Es en este escenario donde bastantes personas, sobre todo jóvenes, experimentan lo que el fundador de CL  llamaba el “efecto Chernobyl”, una desidia hacia la vida que les convierte en extraños para sí mismos.

La belleza desarmada es la invitación a un encuentro gozoso con la realidad, concebida siempre de forma positiva, y que no será cambiada con discursos o proyectos organizativos sino viviendo gestos de humanidad nueva. La fe  es una belleza suprema, pero ha de exponerse, desarmada, sin ningún tipo de coerción. Después de todo,  muchos testigos del cristianismo han demostrado ser instrumentos frágiles, que llevan el tesoro de su fe en vasijas de barro. La verdad se comunica por la fuerza de la verdad misma.

El cristianismo impele al creyente a ser testigo de una Presencia, de un encuentro que él mismo un día tuvo no con una doctrina, sino con una Persona. En esto consiste la cultura del encuentro, tan enraizada en CL y de la que habla a menudo el papa Francisco.  En dicha cultura no es necesario que el otro descubra que lo que afirmamos es verdadero y se vea obligado a ir con nosotros. En realidad, Cristo, la Verdad con mayúscula, es amigo de todos. Así entendido, el cristianismo supera el dilema de tener que elegir entre ser  testigos o maestros. Realmente Cristo es a la vez Testigo y Maestro. Y el cristiano da testimonio, con sencillez y sin argumentos retóricos, de un encuentro con la belleza de la fe, con un Cristo vivo que cambia su existencia. Este encuentro le lleva a contar a otros lo que ha experimentado, del mismo modo que lo hicieron Pedro, Juan o María Magdalena en los relatos evangélicos.

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La belleza de la misericordia

dscn3162-2Cuando estudiaba historia del arte me explicaron la Piedad de Miguel Ángel. Me dijeron que era una muestra del clasicismo renacentista y que la Virgen tiene un rostro más joven que el de su Hijo. Todo eso es cierto, aunque la Piedad es, ante todo, una imagen singular de María, Madre de la Misericordia. Es Cristo, la Misericordia del Padre, a quien la Virgen tiene entre sus brazos. Recordemos los salmos de la Misa: lo de que el Señor es “un Dios lento a la cólera y rico en piedad”. Pero la única forma de convencer a los hombres de esa afirmación consistió en que el Hijo de Dios se hiciera hombre por medio del seno de María, que dijo sí a la gran propuesta de la misericordia, proveniente de un Padre que sale al encuentro de sus hijos, creados a imagen y semejanza suyas por medio de su Hijo.
La Piedad no es un bloque de mármol que ha servido para recordar un suceso histórico, ni tampoco un modelo para fijar cánones estéticos. La Piedad es a la vez Misericordia y Belleza, porque María es ambas cosas. En la basílica de San Pedro del Vaticano la capilla, en la que se encuentra la imagen, es contigua a otra en la que está el sepulcro de San Juan Pablo II? No creo que sea casualidad, pues fue el papa polaco el que quiso rescatar del olvido en la vida cristiana la palabra “misericordia”, precisamente con una encíclica titulada Dives in misericordia, y tampoco será casual que su tumba esté muy cerca de aquella de la que se sentía Totus tuus.
Hay mucha gente que cuando oye la palabra “piedad” la identifica con compasión o incluso con lástima. Por tanto, piedad sería lo que debió de sentir María ante el cuerpo de Cristo, exangüe y desgarrado por los tormentos. Si hubiera sido así, con esos criterios meramente humanos, la mirada de la María de Miguel Ángel sería lánguida y triste. Sin embargo, no puedo concebir el rostro de la Madre, nublado por la tristeza, aunque su dolor no sea semejante a otros dolores. No hay tensión externa en ella, si acaso en los pliegues de su vestimenta. Su rostro es hermoso, de una belleza absoluta y sin tiempo, esculpido por un joven artista de veinticinco años, y aparece en actitud pensativa pensando, o mejor dicho meditativa, pues la Madre guarda todas las cosas en su corazón. Pensar es un mero ejercicio de raciocinio, y meditar es poner todo, incluso nuestros más íntimos sentimientos, en la presencia de Dios. Me atrevo a creer que María está renovando el amén, el fiat, que dijo al ángel en el momento de la buena noticia de la Encarnación. Además, su tarea no ha terminado con la Redención. Antes bien, empieza entonces y por los siglos venideros.
Hay quien piensa que el Rosario es monótono y aburrido, pero, en realidad, es un instrumento de misericordia. Con él, alabamos a María y recordamos los momentos más importantes de su vida y la de su Hijo, pero al mismo tiempo es una oración de petición. Pidamos por todas aquellas personas a las que queramos hacer el bien, pero también tendremos que pedir, suplicar a esa Madre de Misericordia, por aquellos que no te quieren bien o están alejados, por el motivo que sea, de ti. El corazón puede conmoverse ante las miserias porque somos humanos, aunque eso no es suficiente. Tenemos que conseguir que nuestro corazón se agrande, y esté hecho a la medida de los corazones de Jesús y de María. Solos no podremos lograrlo. Necesitamos la ayuda de Dios, pero el modo más rápido, el que algunos santos en sus escritos han asemejado a una escalera de fáciles peldaños, es pedírselo a nuestra Madre.
Estamos en el Año de la Misericordia, y se nos habla de las indulgencias que se pueden ganar si se peregrina a determinados santuarios, pero deberíamos ver este jubileo desde otra perspectiva.. Es el momento de encontrarnos con la belleza de la misericordia de Dios. Sobre este particular, leí hace poco una peculiar definición de la misericordia hecha por un sacerdote italiano, don Luigi Giussani, que la entiende como “la potencialidad de belleza que cada uno lleva dentro de sí”. En este contexto, comprendo mejor esa célebre frase de Dostoievski en su novela El idiota, aquella de que •”Solo la belleza salvará al mundo”. Lo decía alguien que en sus obras escudriñó zonas oscuras y perversas del alma humana, pero que también estaba convencido de que, a pesar de los pesares, los hombres debían ser tratados con misericordia. Detrás percibía un mandato imperativo de Cristo, el ser misericordiosos como el Padre, algo que para el escritor ruso era una forma suprema de la belleza. La belleza está en el otro cuando lo miramos con ojos de misericordia. Y misericordiosos son también esos ojos de María que, en la Salve, pedimos que se fijen en nosotros.

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Virgil Gheorghiu, un defensor de la dignidad humana

constantin-virgil-gheorghiu-de-dominique-guebey-via-basarabia-bucovina-info_El 15 de septiembre de 2015 nacía el escritor rumano Constantin Virgil Gheorghiu, que fue también sacerdote y patriarca de la Iglesia ortodoxa en Francia. Vivió una gran parte de su existencia en París, la capital mundial de los exiliados, en la que reencontró sus raíces latinas y orientales. Allí coincidió con otros perseguidos por su credo político y religioso que huyeron de sus países de Europa central y oriental para respirar aires de libertad en las orillas del Sena.
Gheorghiu es conocido, sobre todo, por su novela La hora 25, que se convirtió en un best seller universal en 1949, y fue prologada por el filósofo Gabriel Marcel. Esta historia de un campesino rumano, Johann Moritz, con sus ilusiones puestas en emigrar a EEUU y truncadas por la II Guerra Mundial, es una crónica del sufrimiento de los seres humanos puestos en situaciones límites. Moritz, considerado equivocadamente como un judío y luego como un perfecto representante de la raza aria, termina recluido por los alemanes y los aliados en una sucesión de acontecimientos entre lo absurdo y lo trágico. Es un gran libro sobre la libertad y la dignidad humana frente a los totalitarismos de todo signo. Pero detrás de los rasgos del novelista, autor de tramas ambientadas durante el nazismo, la guerra fría o el comunismo rumano, habría que descubrir a un profundo maestro de espiritualidad, sacerdote ortodoxo desde 1963. Cuentan que era un predicador apasionado, de los que leen con frecuencia las cartas de san Pablo y las homilías de san Juan Crisóstomo, ejemplos vivos de amor cristiano y denuncia profética. Gheorghiu descalificó las sociedades de tipo gregario, y no solo las de la república penitenciaria de Rumania. Así la llamó en su novela La condottiera (1967), en la que el principal punto de referencia, en medio de continuos horrores y falsedades, es la devoción mariana. La Madre de Cristo es la capitana, la condottiera, de Rumania, una denominación empleada en Italia por los albaneses que llegaban huyendo del dominio otomano en el siglo XV.
Sin embargo, nuestro autor escribió sobre temas más específicamente cristianos. Hay tres de sus biografías especialmente recomendables, las del patriarca Atenágoras, San Ambrosio de Milán y San Juan Crisóstomo. Si nos preguntáramos con cuál de estos modelos cristianos se sentía más identificado nuestro escritor, la respuesta bien podría ser el gran patriarca de Constantinopla, el Crisóstomo, que significa Boca de Oro. Cuentan que Gheorghiu era un predicador apasionado, de los que leen con frecuencia las cartas de san Pablo y las homilías de san Juan Crisóstomo, ejemplos vivos de amor cristiano y denuncia profética. Además sabía meditar por encima de los acontecimientos, no dejándose llevar por una nostalgia estéril ni por deseos de venganza, de esos que supeditan todas las esperanzas de la vida a la caída de un régimen político, en este caso el comunismo. Conoció por poco tiempo el poscomunismo, pues falleció en 1992, aunque nunca creyó en el espejismo de que el cambio de los gobernantes o de las leyes implica un cambio de la sociedad. Después de todo, no compartía el american way of life, y muchos años atrás había advertido de que el riesgo de robotización de la sociedad, el de un ser humano estandarizado, también se había hecho realidad en Occidente.
En la biografía de san Juan Crisóstomo, publicada en 1957, Gheorghiu habla de la aspiración del cristiano a la santidad en una época en que se seguía pensando en que para ser santo había que apartarse del mundo. Curiosamente eso también se creía en el siglo IV, el del santo patriarca, cuando los eremitas se expandían por el Oriente cristiano. De hecho, el Crisóstomo tuvo el impulso de retirarse al desierto con un compañero y convertirse en una especie de atleta de Cristo que lucharía hasta el final de sus días contra el sueño, el hambre, los pensamientos y los instintos. Pero las lágrimas de su madre, viuda, le disuadieron de hacerlo. Por el contrario, el futuro santo se dedicaría a la oración y el estudio, aunque no para buscar una gloria humana, de esas que producen el efímero placer del champán, en expresión de Gheorghiu. Pondría sus talentos al servicio del pueblo cristiano, no en busca de la gloria sino de la santidad.
Cualquier hombre puede ser santo a condición de amar a Cristo, señala el escritor. Pero el primer paso es el amor a los hombres, a todos y sin excepciones. Gheorghiu lo decía con conocimiento de causa, el que procedía de su experiencia de los totalitarismos, nazi o comunista, capaces de sacrificar a los seres humanos por la llegada de un supuesto mundo mejor. Añadía además que las revoluciones carecen de grandeza externa y marchan en una única dirección. Por muy equitativas que pretendan ser, están destinadas solo a durar un tiempo. En contraste, y al igual que el Crisóstomo, defensor de las vidas de los habitantes de Antioquía que habían destruido una estatua del emperador Teodosio, Gheorghiu veía en los hombres unas copias de la imagen de Dios insertas en el libro de la vida. Sus novelas y biografías son buena prueba de ello.

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Santa Isabel, infanta de Aragón y reina de Portugal: la luz de una santidad amable

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En la iglesia del zaragozano Real Seminario de San Carlos predominan las imágenes de santos aragoneses o relacionados con la Compañía de Jesús, pues fueron labrados por escultores jesuitas para un templo que es una apoteosis del Barroco. Una de las santas representadas es una zaragozana que se ganó el corazón del pueblo portugués: la reina santa Isabel, hija y nieta de Jaime I y Pedro III de Aragón, y casada con el rey don Dionís de Portugal. Aunque las Cortes de Aragón la declararon patrona del reino en 1678, es Zaragoza la que acumula más recuerdos y referencias a esta santa, nacida en el palacio de la Aljafería hacia 1270. A diferencia de otros santos aragoneses, no tiene dedicada una capilla en El Pilar o la Seo, pero la monumental iglesia barroca de la plaza del Justicia está bajo su advocación. También lleva su nombre una de las calles que saliendo de dicha plaza desemboca en una de las arterias más transitadas de Zaragoza: la calle Alfonso.

 

La iconografía de aquella infanta de Aragón y reina de Portugal se centra principalmente en su caridad heroica, dirigida principalmente a los pobres y los enfermos. La imagen de san Carlos la representa con corona real y manto púrpura, un manto que sujeta con ambas manos y está lleno de rosas. El rostro, de una tonalidad entre blanquecina y sonrosada, es una muestra de la expresividad barroca, una combinación armoniosa entre lo sublime y lo sencillo. “Delicadeza” es el término que mejor podría definir la imagen. Su contemplación llevará a algunos a disquisiciones sobre dónde empieza la historia y termina la leyenda, pues el repertorio hagiográfico es pródigo en ejemplos de reinas y princesas caritativas que, interrogadas por sus padres o maridos sobre el contenido de los pliegues de sus mantos, enseñan rosas en vez de las monedas o los alimentos destinados a los pobres. A esto habría que objetar que ninguna leyenda puede poner en duda los testimonios sobre la caridad de Isabel, expresión de su fe en la identificación de los enfermos con Cristo. Una santa que, como otras, fue una verdadera madre de misericordia.

Unos cincuenta años antes de Cristo, el libro de la Sabiduría (1, 8) mostraba el retrato de una época en la que la felicidad pasaba por coronarse de rosas antes de que quedaran marchitas. Pero las rosas siempre tienen espinas y también, por supuesto, la propia vida. Esas espinas no se le escatimaron a la dulce, bondadosa e inteligente reina Isabel. Su manto desplegado de rosas es una imagen de su propia vida. Advirtamos, no obstante, que el manto muestra las rosas, y no las espinas. Y es que el cristiano no oculta la realidad de la vida sino que le da una nueva sintonía: la sobrenatural, pues la auténtica vida del cristiano es la de la identificación con Cristo. La devoción a los santos se ilumina desde la consideración de que son otros Cristos. Sin santos, el cristianismo se hace más inaccesible. Quitemos los santos y los profetas, y sólo nos quedará el Dios espectador e inmóvil de los filósofos.

 

Un santo aragonés del siglo XX, san Josemaría Escrivá, se refirió a una vez a la reina santa  en estos términos: “Esa amable santidad de una infanta de Aragón, la reina Isabel de Portugal, cuyo paso por el mundo fue como una luminosa siembra de paz entre los hombres y los pueblos”. No cabe un prodigio mayor de síntesis en estas elogiosas palabras. Frente a una “santidad” rigorista y antipática, tenemos aquí un ejemplo de naturalidad, una demostración de que la santidad también puede habitar en los palacios y moverse con soltura en banquetes, audiencias y visitas. En la feria de las intrigas y las mezquindades, la santidad resulta posible si se mueve al compás de la presencia de Dios. Esa presencia se alimentaba en la piedad de Isabel, en el rezo de los salmos y en la misa diaria. De ahí salía la fortaleza de alguien que, a semejanza de la Esther bíblica, bien habría podido decir: “Mi Señor y Dios,  no tengo otro defensor que Tú” (Est 4, 17). Su esposo, el rey don Dionís, parecía con frecuencia estar más interesado en las galanterías de los trovadores que en los asuntos del gobierno. Sus continuas infidelidades eran del dominio público, pero Isabel callaba y solía  cambiar de conversación o se recogía en la capilla de palacio cuando las lenguas desatadas de los cortesanos pretendían atormentarla con las últimas noticias de la “vida galante” de su esposo. Sufría también la reina con el odio acumulado de su hijo Alfonso hacia su padre, pues éste daba muestras de preferencia hacia sus hermanos bastardos. La reina acudiría  a un llano, cerca de Lisboa, para evitar el choque entre los ejércitos de su esposo y su hijo, y aunque consiguió evitarlo, sería recluida por orden real tras los muros de la fortaleza de Alenquer, por la injusta sospecha de que ella misma había fomentado la rebelión de Alfonso. Saldrá de allí, no obstante, para asistir a don Dionís en su lecho de muerte en 1325. Será entonces cuando el propio rey recordó a Alfonso que la reina era dos veces su madre, pues le dio la vida entre lágrimas y oraciones. Isabel iría al encuentro de Dios en 1336 en Estremoz, en medio del calor y las fatigas del ardiente verano del Alentejo, cuando se dirigía a interponerse entre los ejércitos enfrentados de dos Alfonsos: su hijo, Alfonso IV de Portugal, y su nieto, Alfonso XI de Castilla.

 

La reina caritativa fue también la pacificadora, pues las bienaventuranzas nos muestran el retrato de los imitadores de Cristo, y llaman hijos de Dios a los que trabajan por la paz (Mt 5,9). Sólo quien se llena de Dios, tiene paz y está en condiciones de transmitirla. La paz suele venir también de esa santidad amable, aunque muchas veces sea incomprendida, que ve en los demás a otros hijos de Dios.

 

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La esfera, el poliedro y la cruz

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El papa Francisco es un gran admirador de Chesterton. Si rastreamos los textos de muchas de sus intervenciones públicas, como cardenal o como pontífice, no encontraremos alusiones directas a Chesterton, pero sí ecos del pensamiento chestertoniano. Un ejemplo es la instrucción apostólica Evangelii Gaudium, en la que cualquier admirador del escritor inglés sabrá relacionar la alusión del papa a la esfera, entendida como símbolo de la globalización, con su novela La esfera y la cruz, publicada en 1910.

En realidad, el papa Bergoglio no aludió expresamente a la esfera y la cruz, si no a la esfera y el poliedro, entendidos como símbolos geométricos opuestos, y que expresan dos formas muy diferentes de concebir el mundo. Francisco rechaza la globalización concebida como homologación. Cabe deducir que esa la globalización mala, la que intenta uniformar, muchas veces en nombre de metas elevadas como la paz o la democracia, las distintas culturas privándoles de la riqueza de su diversidad. No es extraño que el pensamiento débil, uno de los nombres del relativismo, se sienta a gusto en esta perspectiva, y además presuma de aspirar a la justicia y el bienestar universales por medio de una fría mezcla de pragmatismo e irracionalismo, aun a costa de ignorar que su planteamiento es inhumano.

Una cosa es el mercado y el consumo, y otra muy diferente la cultura, que debe ser protegida de uniformidades deshumanizadoras. Recordemos las palabras de Juan Pablo II en la UNESCO en 1980: “El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura”. De esto sabía mucho un pontífice que contempló como su Polonia natal sobrevivió a la pérdida de su independencia política gracias a la llama de una cultura humanista y cristiana alimentada por la mayoría de sus habitantes. Así pudo escapar esta nación a la uniformidad dictada por los imperios alemán, ruso y soviético. Del mismo modo, en el mundo globalizado de nuestro tiempo, tal y como recuerda el papa Francisco en Evangelii Gaudium: “El modelo a seguir no es la esfera, en la que se nivela cada relieve y desaparece cada diferencia; el modelo en cambio es el poliedro, que incluye una multiplicidad de elementos y respeta la unidad en la variedad. Al defender la unidad, defendemos también la diversidad” (236)

Contra la tendencia uniformadora de la esfera, nos previno Chesterton hace más de un siglo. El escritor se rebeló ante la idea de que la evolución o el progreso llevaran a fundir unos seres con otros, algo que él comparaba a una pesadilla. La esfera del progreso, defendida en su novela por el editor ateo James Turnbull, tenía bastante de fatalismo, de inevitabilidad, aunque al mismo tiempo pasaba por ser un símbolo de la perfección.  A esta perfección creían haber llegado algunos intelectuales representantes del progreso en la época de Chesterton: Ibsen, Zola, Tolstoi o Bernard Shaw, criticados implícitamente en La esfera y la cruz. Se presentaban como defensores de la justicia e incluso hablaban del amor. Sin embargo, ese amor, como bien aprecia el rival de Turnbull, el católico Evan McIan, no tiene nada de benigno y paciente. Antes bien, la palabra “amor” se asemeja a algo duro y pesado como el ruido de unas botas. McIan, es decir Chesterton, se anticipa a denunciar una moral, que hoy es políticamente correcta. En ella golpear a otro es malo porque hace daño, pero no porque le humilla. Tampoco está bien matar porque es algo violento, aunque no porque sea injusto. El escritor inglés ha presentido el triunfo del pensamiento débil, y sus palabras son un reproche a aquellos no tienen muy claro lo que es la naturaleza humana. Han separado tanto la fe de la razón, que han puesto en peligro la propia razón. Se entiende así que Chesterton vea una cierta afinidad entre otros dos personajes de su novela, Pierre y Madeleine Durand, padre e hija: “El padre creía en el Hombre, la hija creía en Dios, pero ninguno de los dos creía en sí mismo, que es una debilidad decadente”.

Podríamos añadir que la esfera despreciaría al poliedro porque lo considera imperfecto al no estar uniformizado, pero también despreciaría a la cruz. El profesor Lucifer, personaje imprescindible de La esfera y la cruz, afirma que la cruz va contra la racionalidad porque uno de sus brazos es más largo que el otro. Es un objeto bárbaro y arbitrario, un signo de contradicción. Por tanto, no es digno de coronar la esfera, pese a que así aparezca en la cúpula de algunas catedrales como la de San Pablo en Londres. Lucifer se permite corregir al arquitecto diciendo que es la esfera la que debe rematar la cruz, sin querer darse cuenta de que la esfera se caería.

Es muy posible que un día, el papa Francisco nos sorprenda citando expresamente a Chesterton. Después de todo, siendo cardenal, ha animado a abrir la causa de beatificación y canonización de un escritor que fue ejemplo de bondad y sentido del humor.

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Zaragoza, ciudad de Cristo

220px-Monumento_a_los_mártires_de_la_religión_y_de_la_patria_(Zaragoza,_España)Quién pensó en el nombre del poeta latino cristiano, Aurelio Prudencio Clemente, para una calle muy próxima a la basílica del Pilar, no anduvo errado al rendir homenaje al gran difusor de la devoción de los dieciocho mártires de Caesaraugusta que, a principios del siglo IV, fueron sacrificados, junto a la doncella lusitana Engracia, en la terrible persecución de Diocleciano. Cerca de la casa de María, un templo en el que la tradición de la venida de la Virgen se remonta al siglo I, tenía que situarse el recuerdo del poeta que cantó un tiempo de mártires del  cristianismo primitivo, y que están unidos para siempre a la historia zaragozana junto con los héroes de los sitios de 1808. Así nos lo recuerda el monumento de Agustín Querol, ubicado desde 1904 en la plaza de España.

Los mártires dieron sus vidas en el año 303, diez años antes de que el edicto de Milán diera paz a la Iglesia. Previamente las autoridades romanas, abrumadas por la progresiva decadencia del imperio, echaron mano del fácil recurso de buscar culpables: los cristianos. No dejaba de ser la persecución un instrumento de la razón de Estado, algo que nuestro Baltasar Gracián calificara con ingenio de “razón de establo”. Con ella se pretendía inculcar en el pueblo la creencia, que no dejaba de ser un espejismo sin base alguna, de que el patriotismo romano estaba por entero vinculado a la religión pagana. No importaba que muchos en su fuero interno no creyesen en los dioses: tenían que manifestar en público su adhesión a la religión del Estado, de la que también formaba parte el culto al emperador. En caso contrario, peligraría el sistema político-social. Sin embargo, este plan tenía forzosamente que fracasar, como sucede con todos los proyectos en que los seres humanos viven de modo contrario a lo que dicen creer. En este sentido, el cónsul Quinto Aurelio Símaco fracasó en su intento de restaurar, al menos externamente, las glorias del paganismo. A finales del siglo IV, durante su estancia en Roma, Prudencio rechazó con los argumentos de su pluma, que unía romanidad  y cristianismo, los intentos de Símaco de que la estatua alada de la diosa Victoria volviera a presidir el Senado. El poeta estaba convencido de que este símbolo no detendría a los bárbaros cada vez más cerca de las puertas de Roma. A este respecto, recordó que Constantino había vencido a su rival Majencio no con una estatua pagana sino con el estandarte de la Cruz.  Con todo, Prudencio seguía considerando a Roma como la cabeza del mundo, y de un modo más perdurable y universal que antes, pues en ella se ubica la cátedra de Pedro.

Si en la brillante retórica de Prudencio resalta la afirmación de que Roma es para siempre de Cristo al haberla ungido con su sello y comprado con su sangre, otro tanto es aplicable a la Zaragoza de principios del siglo IV con sus diecinueve mártires, de los que dice: “Son diecinueve santos que por el derecho de su sepulcro, ejercen el patronazgo sobre esta sola  ciudad”. Sentidos son los versos escritos por el poeta en el himno IV de su Peristephanon: “Caesaragusta studiosa Christi”.Zaragoza es amante, fervorosa, partidaria de Cristo, pues estas y otras acepciones cabrían en una traducción de amplio sentido. Es una ciudad ganada para la Cruz, “pues de su recinto sagrado han sido arrojadas las sombras de la idolatría y el temor”. “Cristo habita en sus plazas, Cristo está presente en todas partes”. Podríamos añadir nosotros que donde está el Hijo, tiene que estar necesariamente la Madre,  pues tampoco es casual que en el mismo espacio urbano se alcen la Seo y el Pilar. El comienzo de la Zaragoza cristiana fue proclamado con la presencia maternal de María. Tres siglos después, el testimonio de los mártires, cantado por Prudencio,  fue otra etapa destacada en el peregrinar de los siglos de una ciudad ganada para Cristo.

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