La belleza de la misericordia

dscn3162-2Cuando estudiaba historia del arte me explicaron la Piedad de Miguel Ángel. Me dijeron que era una muestra del clasicismo renacentista y que la Virgen tiene un rostro más joven que el de su Hijo. Todo eso es cierto, aunque la Piedad es, ante todo, una imagen singular de María, Madre de la Misericordia. Es Cristo, la Misericordia del Padre, a quien la Virgen tiene entre sus brazos. Recordemos los salmos de la Misa: lo de que el Señor es “un Dios lento a la cólera y rico en piedad”. Pero la única forma de convencer a los hombres de esa afirmación consistió en que el Hijo de Dios se hiciera hombre por medio del seno de María, que dijo sí a la gran propuesta de la misericordia, proveniente de un Padre que sale al encuentro de sus hijos, creados a imagen y semejanza suyas por medio de su Hijo.
La Piedad no es un bloque de mármol que ha servido para recordar un suceso histórico, ni tampoco un modelo para fijar cánones estéticos. La Piedad es a la vez Misericordia y Belleza, porque María es ambas cosas. En la basílica de San Pedro del Vaticano la capilla, en la que se encuentra la imagen, es contigua a otra en la que está el sepulcro de San Juan Pablo II? No creo que sea casualidad, pues fue el papa polaco el que quiso rescatar del olvido en la vida cristiana la palabra “misericordia”, precisamente con una encíclica titulada Dives in misericordia, y tampoco será casual que su tumba esté muy cerca de aquella de la que se sentía Totus tuus.
Hay mucha gente que cuando oye la palabra “piedad” la identifica con compasión o incluso con lástima. Por tanto, piedad sería lo que debió de sentir María ante el cuerpo de Cristo, exangüe y desgarrado por los tormentos. Si hubiera sido así, con esos criterios meramente humanos, la mirada de la María de Miguel Ángel sería lánguida y triste. Sin embargo, no puedo concebir el rostro de la Madre, nublado por la tristeza, aunque su dolor no sea semejante a otros dolores. No hay tensión externa en ella, si acaso en los pliegues de su vestimenta. Su rostro es hermoso, de una belleza absoluta y sin tiempo, esculpido por un joven artista de veinticinco años, y aparece en actitud pensativa pensando, o mejor dicho meditativa, pues la Madre guarda todas las cosas en su corazón. Pensar es un mero ejercicio de raciocinio, y meditar es poner todo, incluso nuestros más íntimos sentimientos, en la presencia de Dios. Me atrevo a creer que María está renovando el amén, el fiat, que dijo al ángel en el momento de la buena noticia de la Encarnación. Además, su tarea no ha terminado con la Redención. Antes bien, empieza entonces y por los siglos venideros.
Hay quien piensa que el Rosario es monótono y aburrido, pero, en realidad, es un instrumento de misericordia. Con él, alabamos a María y recordamos los momentos más importantes de su vida y la de su Hijo, pero al mismo tiempo es una oración de petición. Pidamos por todas aquellas personas a las que queramos hacer el bien, pero también tendremos que pedir, suplicar a esa Madre de Misericordia, por aquellos que no te quieren bien o están alejados, por el motivo que sea, de ti. El corazón puede conmoverse ante las miserias porque somos humanos, aunque eso no es suficiente. Tenemos que conseguir que nuestro corazón se agrande, y esté hecho a la medida de los corazones de Jesús y de María. Solos no podremos lograrlo. Necesitamos la ayuda de Dios, pero el modo más rápido, el que algunos santos en sus escritos han asemejado a una escalera de fáciles peldaños, es pedírselo a nuestra Madre.
Estamos en el Año de la Misericordia, y se nos habla de las indulgencias que se pueden ganar si se peregrina a determinados santuarios, pero deberíamos ver este jubileo desde otra perspectiva.. Es el momento de encontrarnos con la belleza de la misericordia de Dios. Sobre este particular, leí hace poco una peculiar definición de la misericordia hecha por un sacerdote italiano, don Luigi Giussani, que la entiende como “la potencialidad de belleza que cada uno lleva dentro de sí”. En este contexto, comprendo mejor esa célebre frase de Dostoievski en su novela El idiota, aquella de que •”Solo la belleza salvará al mundo”. Lo decía alguien que en sus obras escudriñó zonas oscuras y perversas del alma humana, pero que también estaba convencido de que, a pesar de los pesares, los hombres debían ser tratados con misericordia. Detrás percibía un mandato imperativo de Cristo, el ser misericordiosos como el Padre, algo que para el escritor ruso era una forma suprema de la belleza. La belleza está en el otro cuando lo miramos con ojos de misericordia. Y misericordiosos son también esos ojos de María que, en la Salve, pedimos que se fijen en nosotros.

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Virgil Gheorghiu, un defensor de la dignidad humana

constantin-virgil-gheorghiu-de-dominique-guebey-via-basarabia-bucovina-info_El 15 de septiembre de 2015 nacía el escritor rumano Constantin Virgil Gheorghiu, que fue también sacerdote y patriarca de la Iglesia ortodoxa en Francia. Vivió una gran parte de su existencia en París, la capital mundial de los exiliados, en la que reencontró sus raíces latinas y orientales. Allí coincidió con otros perseguidos por su credo político y religioso que huyeron de sus países de Europa central y oriental para respirar aires de libertad en las orillas del Sena.
Gheorghiu es conocido, sobre todo, por su novela La hora 25, que se convirtió en un best seller universal en 1949, y fue prologada por el filósofo Gabriel Marcel. Esta historia de un campesino rumano, Johann Moritz, con sus ilusiones puestas en emigrar a EEUU y truncadas por la II Guerra Mundial, es una crónica del sufrimiento de los seres humanos puestos en situaciones límites. Moritz, considerado equivocadamente como un judío y luego como un perfecto representante de la raza aria, termina recluido por los alemanes y los aliados en una sucesión de acontecimientos entre lo absurdo y lo trágico. Es un gran libro sobre la libertad y la dignidad humana frente a los totalitarismos de todo signo. Pero detrás de los rasgos del novelista, autor de tramas ambientadas durante el nazismo, la guerra fría o el comunismo rumano, habría que descubrir a un profundo maestro de espiritualidad, sacerdote ortodoxo desde 1963. Cuentan que era un predicador apasionado, de los que leen con frecuencia las cartas de san Pablo y las homilías de san Juan Crisóstomo, ejemplos vivos de amor cristiano y denuncia profética. Gheorghiu descalificó las sociedades de tipo gregario, y no solo las de la república penitenciaria de Rumania. Así la llamó en su novela La condottiera (1967), en la que el principal punto de referencia, en medio de continuos horrores y falsedades, es la devoción mariana. La Madre de Cristo es la capitana, la condottiera, de Rumania, una denominación empleada en Italia por los albaneses que llegaban huyendo del dominio otomano en el siglo XV.
Sin embargo, nuestro autor escribió sobre temas más específicamente cristianos. Hay tres de sus biografías especialmente recomendables, las del patriarca Atenágoras, San Ambrosio de Milán y San Juan Crisóstomo. Si nos preguntáramos con cuál de estos modelos cristianos se sentía más identificado nuestro escritor, la respuesta bien podría ser el gran patriarca de Constantinopla, el Crisóstomo, que significa Boca de Oro. Cuentan que Gheorghiu era un predicador apasionado, de los que leen con frecuencia las cartas de san Pablo y las homilías de san Juan Crisóstomo, ejemplos vivos de amor cristiano y denuncia profética. Además sabía meditar por encima de los acontecimientos, no dejándose llevar por una nostalgia estéril ni por deseos de venganza, de esos que supeditan todas las esperanzas de la vida a la caída de un régimen político, en este caso el comunismo. Conoció por poco tiempo el poscomunismo, pues falleció en 1992, aunque nunca creyó en el espejismo de que el cambio de los gobernantes o de las leyes implica un cambio de la sociedad. Después de todo, no compartía el american way of life, y muchos años atrás había advertido de que el riesgo de robotización de la sociedad, el de un ser humano estandarizado, también se había hecho realidad en Occidente.
En la biografía de san Juan Crisóstomo, publicada en 1957, Gheorghiu habla de la aspiración del cristiano a la santidad en una época en que se seguía pensando en que para ser santo había que apartarse del mundo. Curiosamente eso también se creía en el siglo IV, el del santo patriarca, cuando los eremitas se expandían por el Oriente cristiano. De hecho, el Crisóstomo tuvo el impulso de retirarse al desierto con un compañero y convertirse en una especie de atleta de Cristo que lucharía hasta el final de sus días contra el sueño, el hambre, los pensamientos y los instintos. Pero las lágrimas de su madre, viuda, le disuadieron de hacerlo. Por el contrario, el futuro santo se dedicaría a la oración y el estudio, aunque no para buscar una gloria humana, de esas que producen el efímero placer del champán, en expresión de Gheorghiu. Pondría sus talentos al servicio del pueblo cristiano, no en busca de la gloria sino de la santidad.
Cualquier hombre puede ser santo a condición de amar a Cristo, señala el escritor. Pero el primer paso es el amor a los hombres, a todos y sin excepciones. Gheorghiu lo decía con conocimiento de causa, el que procedía de su experiencia de los totalitarismos, nazi o comunista, capaces de sacrificar a los seres humanos por la llegada de un supuesto mundo mejor. Añadía además que las revoluciones carecen de grandeza externa y marchan en una única dirección. Por muy equitativas que pretendan ser, están destinadas solo a durar un tiempo. En contraste, y al igual que el Crisóstomo, defensor de las vidas de los habitantes de Antioquía que habían destruido una estatua del emperador Teodosio, Gheorghiu veía en los hombres unas copias de la imagen de Dios insertas en el libro de la vida. Sus novelas y biografías son buena prueba de ello.

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Santa Isabel, infanta de Aragón y reina de Portugal: la luz de una santidad amable

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En la iglesia del zaragozano Real Seminario de San Carlos predominan las imágenes de santos aragoneses o relacionados con la Compañía de Jesús, pues fueron labrados por escultores jesuitas para un templo que es una apoteosis del Barroco. Una de las santas representadas es una zaragozana que se ganó el corazón del pueblo portugués: la reina santa Isabel, hija y nieta de Jaime I y Pedro III de Aragón, y casada con el rey don Dionís de Portugal. Aunque las Cortes de Aragón la declararon patrona del reino en 1678, es Zaragoza la que acumula más recuerdos y referencias a esta santa, nacida en el palacio de la Aljafería hacia 1270. A diferencia de otros santos aragoneses, no tiene dedicada una capilla en El Pilar o la Seo, pero la monumental iglesia barroca de la plaza del Justicia está bajo su advocación. También lleva su nombre una de las calles que saliendo de dicha plaza desemboca en una de las arterias más transitadas de Zaragoza: la calle Alfonso.

 

La iconografía de aquella infanta de Aragón y reina de Portugal se centra principalmente en su caridad heroica, dirigida principalmente a los pobres y los enfermos. La imagen de san Carlos la representa con corona real y manto púrpura, un manto que sujeta con ambas manos y está lleno de rosas. El rostro, de una tonalidad entre blanquecina y sonrosada, es una muestra de la expresividad barroca, una combinación armoniosa entre lo sublime y lo sencillo. “Delicadeza” es el término que mejor podría definir la imagen. Su contemplación llevará a algunos a disquisiciones sobre dónde empieza la historia y termina la leyenda, pues el repertorio hagiográfico es pródigo en ejemplos de reinas y princesas caritativas que, interrogadas por sus padres o maridos sobre el contenido de los pliegues de sus mantos, enseñan rosas en vez de las monedas o los alimentos destinados a los pobres. A esto habría que objetar que ninguna leyenda puede poner en duda los testimonios sobre la caridad de Isabel, expresión de su fe en la identificación de los enfermos con Cristo. Una santa que, como otras, fue una verdadera madre de misericordia.

Unos cincuenta años antes de Cristo, el libro de la Sabiduría (1, 8) mostraba el retrato de una época en la que la felicidad pasaba por coronarse de rosas antes de que quedaran marchitas. Pero las rosas siempre tienen espinas y también, por supuesto, la propia vida. Esas espinas no se le escatimaron a la dulce, bondadosa e inteligente reina Isabel. Su manto desplegado de rosas es una imagen de su propia vida. Advirtamos, no obstante, que el manto muestra las rosas, y no las espinas. Y es que el cristiano no oculta la realidad de la vida sino que le da una nueva sintonía: la sobrenatural, pues la auténtica vida del cristiano es la de la identificación con Cristo. La devoción a los santos se ilumina desde la consideración de que son otros Cristos. Sin santos, el cristianismo se hace más inaccesible. Quitemos los santos y los profetas, y sólo nos quedará el Dios espectador e inmóvil de los filósofos.

 

Un santo aragonés del siglo XX, san Josemaría Escrivá, se refirió a una vez a la reina santa  en estos términos: “Esa amable santidad de una infanta de Aragón, la reina Isabel de Portugal, cuyo paso por el mundo fue como una luminosa siembra de paz entre los hombres y los pueblos”. No cabe un prodigio mayor de síntesis en estas elogiosas palabras. Frente a una “santidad” rigorista y antipática, tenemos aquí un ejemplo de naturalidad, una demostración de que la santidad también puede habitar en los palacios y moverse con soltura en banquetes, audiencias y visitas. En la feria de las intrigas y las mezquindades, la santidad resulta posible si se mueve al compás de la presencia de Dios. Esa presencia se alimentaba en la piedad de Isabel, en el rezo de los salmos y en la misa diaria. De ahí salía la fortaleza de alguien que, a semejanza de la Esther bíblica, bien habría podido decir: “Mi Señor y Dios,  no tengo otro defensor que Tú” (Est 4, 17). Su esposo, el rey don Dionís, parecía con frecuencia estar más interesado en las galanterías de los trovadores que en los asuntos del gobierno. Sus continuas infidelidades eran del dominio público, pero Isabel callaba y solía  cambiar de conversación o se recogía en la capilla de palacio cuando las lenguas desatadas de los cortesanos pretendían atormentarla con las últimas noticias de la “vida galante” de su esposo. Sufría también la reina con el odio acumulado de su hijo Alfonso hacia su padre, pues éste daba muestras de preferencia hacia sus hermanos bastardos. La reina acudiría  a un llano, cerca de Lisboa, para evitar el choque entre los ejércitos de su esposo y su hijo, y aunque consiguió evitarlo, sería recluida por orden real tras los muros de la fortaleza de Alenquer, por la injusta sospecha de que ella misma había fomentado la rebelión de Alfonso. Saldrá de allí, no obstante, para asistir a don Dionís en su lecho de muerte en 1325. Será entonces cuando el propio rey recordó a Alfonso que la reina era dos veces su madre, pues le dio la vida entre lágrimas y oraciones. Isabel iría al encuentro de Dios en 1336 en Estremoz, en medio del calor y las fatigas del ardiente verano del Alentejo, cuando se dirigía a interponerse entre los ejércitos enfrentados de dos Alfonsos: su hijo, Alfonso IV de Portugal, y su nieto, Alfonso XI de Castilla.

 

La reina caritativa fue también la pacificadora, pues las bienaventuranzas nos muestran el retrato de los imitadores de Cristo, y llaman hijos de Dios a los que trabajan por la paz (Mt 5,9). Sólo quien se llena de Dios, tiene paz y está en condiciones de transmitirla. La paz suele venir también de esa santidad amable, aunque muchas veces sea incomprendida, que ve en los demás a otros hijos de Dios.

 

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La esfera, el poliedro y la cruz

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El papa Francisco es un gran admirador de Chesterton. Si rastreamos los textos de muchas de sus intervenciones públicas, como cardenal o como pontífice, no encontraremos alusiones directas a Chesterton, pero sí ecos del pensamiento chestertoniano. Un ejemplo es la instrucción apostólica Evangelii Gaudium, en la que cualquier admirador del escritor inglés sabrá relacionar la alusión del papa a la esfera, entendida como símbolo de la globalización, con su novela La esfera y la cruz, publicada en 1910.

En realidad, el papa Bergoglio no aludió expresamente a la esfera y la cruz, si no a la esfera y el poliedro, entendidos como símbolos geométricos opuestos, y que expresan dos formas muy diferentes de concebir el mundo. Francisco rechaza la globalización concebida como homologación. Cabe deducir que esa la globalización mala, la que intenta uniformar, muchas veces en nombre de metas elevadas como la paz o la democracia, las distintas culturas privándoles de la riqueza de su diversidad. No es extraño que el pensamiento débil, uno de los nombres del relativismo, se sienta a gusto en esta perspectiva, y además presuma de aspirar a la justicia y el bienestar universales por medio de una fría mezcla de pragmatismo e irracionalismo, aun a costa de ignorar que su planteamiento es inhumano.

Una cosa es el mercado y el consumo, y otra muy diferente la cultura, que debe ser protegida de uniformidades deshumanizadoras. Recordemos las palabras de Juan Pablo II en la UNESCO en 1980: “El hombre vive una vida verdaderamente humana gracias a la cultura”. De esto sabía mucho un pontífice que contempló como su Polonia natal sobrevivió a la pérdida de su independencia política gracias a la llama de una cultura humanista y cristiana alimentada por la mayoría de sus habitantes. Así pudo escapar esta nación a la uniformidad dictada por los imperios alemán, ruso y soviético. Del mismo modo, en el mundo globalizado de nuestro tiempo, tal y como recuerda el papa Francisco en Evangelii Gaudium: “El modelo a seguir no es la esfera, en la que se nivela cada relieve y desaparece cada diferencia; el modelo en cambio es el poliedro, que incluye una multiplicidad de elementos y respeta la unidad en la variedad. Al defender la unidad, defendemos también la diversidad” (236)

Contra la tendencia uniformadora de la esfera, nos previno Chesterton hace más de un siglo. El escritor se rebeló ante la idea de que la evolución o el progreso llevaran a fundir unos seres con otros, algo que él comparaba a una pesadilla. La esfera del progreso, defendida en su novela por el editor ateo James Turnbull, tenía bastante de fatalismo, de inevitabilidad, aunque al mismo tiempo pasaba por ser un símbolo de la perfección.  A esta perfección creían haber llegado algunos intelectuales representantes del progreso en la época de Chesterton: Ibsen, Zola, Tolstoi o Bernard Shaw, criticados implícitamente en La esfera y la cruz. Se presentaban como defensores de la justicia e incluso hablaban del amor. Sin embargo, ese amor, como bien aprecia el rival de Turnbull, el católico Evan McIan, no tiene nada de benigno y paciente. Antes bien, la palabra “amor” se asemeja a algo duro y pesado como el ruido de unas botas. McIan, es decir Chesterton, se anticipa a denunciar una moral, que hoy es políticamente correcta. En ella golpear a otro es malo porque hace daño, pero no porque le humilla. Tampoco está bien matar porque es algo violento, aunque no porque sea injusto. El escritor inglés ha presentido el triunfo del pensamiento débil, y sus palabras son un reproche a aquellos no tienen muy claro lo que es la naturaleza humana. Han separado tanto la fe de la razón, que han puesto en peligro la propia razón. Se entiende así que Chesterton vea una cierta afinidad entre otros dos personajes de su novela, Pierre y Madeleine Durand, padre e hija: “El padre creía en el Hombre, la hija creía en Dios, pero ninguno de los dos creía en sí mismo, que es una debilidad decadente”.

Podríamos añadir que la esfera despreciaría al poliedro porque lo considera imperfecto al no estar uniformizado, pero también despreciaría a la cruz. El profesor Lucifer, personaje imprescindible de La esfera y la cruz, afirma que la cruz va contra la racionalidad porque uno de sus brazos es más largo que el otro. Es un objeto bárbaro y arbitrario, un signo de contradicción. Por tanto, no es digno de coronar la esfera, pese a que así aparezca en la cúpula de algunas catedrales como la de San Pablo en Londres. Lucifer se permite corregir al arquitecto diciendo que es la esfera la que debe rematar la cruz, sin querer darse cuenta de que la esfera se caería.

Es muy posible que un día, el papa Francisco nos sorprenda citando expresamente a Chesterton. Después de todo, siendo cardenal, ha animado a abrir la causa de beatificación y canonización de un escritor que fue ejemplo de bondad y sentido del humor.

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Zaragoza, ciudad de Cristo

220px-Monumento_a_los_mártires_de_la_religión_y_de_la_patria_(Zaragoza,_España)Quién pensó en el nombre del poeta latino cristiano, Aurelio Prudencio Clemente, para una calle muy próxima a la basílica del Pilar, no anduvo errado al rendir homenaje al gran difusor de la devoción de los dieciocho mártires de Caesaraugusta que, a principios del siglo IV, fueron sacrificados, junto a la doncella lusitana Engracia, en la terrible persecución de Diocleciano. Cerca de la casa de María, un templo en el que la tradición de la venida de la Virgen se remonta al siglo I, tenía que situarse el recuerdo del poeta que cantó un tiempo de mártires del  cristianismo primitivo, y que están unidos para siempre a la historia zaragozana junto con los héroes de los sitios de 1808. Así nos lo recuerda el monumento de Agustín Querol, ubicado desde 1904 en la plaza de España.

Los mártires dieron sus vidas en el año 303, diez años antes de que el edicto de Milán diera paz a la Iglesia. Previamente las autoridades romanas, abrumadas por la progresiva decadencia del imperio, echaron mano del fácil recurso de buscar culpables: los cristianos. No dejaba de ser la persecución un instrumento de la razón de Estado, algo que nuestro Baltasar Gracián calificara con ingenio de “razón de establo”. Con ella se pretendía inculcar en el pueblo la creencia, que no dejaba de ser un espejismo sin base alguna, de que el patriotismo romano estaba por entero vinculado a la religión pagana. No importaba que muchos en su fuero interno no creyesen en los dioses: tenían que manifestar en público su adhesión a la religión del Estado, de la que también formaba parte el culto al emperador. En caso contrario, peligraría el sistema político-social. Sin embargo, este plan tenía forzosamente que fracasar, como sucede con todos los proyectos en que los seres humanos viven de modo contrario a lo que dicen creer. En este sentido, el cónsul Quinto Aurelio Símaco fracasó en su intento de restaurar, al menos externamente, las glorias del paganismo. A finales del siglo IV, durante su estancia en Roma, Prudencio rechazó con los argumentos de su pluma, que unía romanidad  y cristianismo, los intentos de Símaco de que la estatua alada de la diosa Victoria volviera a presidir el Senado. El poeta estaba convencido de que este símbolo no detendría a los bárbaros cada vez más cerca de las puertas de Roma. A este respecto, recordó que Constantino había vencido a su rival Majencio no con una estatua pagana sino con el estandarte de la Cruz.  Con todo, Prudencio seguía considerando a Roma como la cabeza del mundo, y de un modo más perdurable y universal que antes, pues en ella se ubica la cátedra de Pedro.

Si en la brillante retórica de Prudencio resalta la afirmación de que Roma es para siempre de Cristo al haberla ungido con su sello y comprado con su sangre, otro tanto es aplicable a la Zaragoza de principios del siglo IV con sus diecinueve mártires, de los que dice: “Son diecinueve santos que por el derecho de su sepulcro, ejercen el patronazgo sobre esta sola  ciudad”. Sentidos son los versos escritos por el poeta en el himno IV de su Peristephanon: “Caesaragusta studiosa Christi”.Zaragoza es amante, fervorosa, partidaria de Cristo, pues estas y otras acepciones cabrían en una traducción de amplio sentido. Es una ciudad ganada para la Cruz, “pues de su recinto sagrado han sido arrojadas las sombras de la idolatría y el temor”. “Cristo habita en sus plazas, Cristo está presente en todas partes”. Podríamos añadir nosotros que donde está el Hijo, tiene que estar necesariamente la Madre,  pues tampoco es casual que en el mismo espacio urbano se alcen la Seo y el Pilar. El comienzo de la Zaragoza cristiana fue proclamado con la presencia maternal de María. Tres siglos después, el testimonio de los mártires, cantado por Prudencio,  fue otra etapa destacada en el peregrinar de los siglos de una ciudad ganada para Cristo.

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Genoveva, la de la misericordia

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El 5 de enero de 1956 fallecía en Zaragoza santa Genoveva Torres Morales, la fundadora de las Religiosas Angélicas, y que fue popularmente conocida como el Ángel de la Soledad. Hace unos años, Benedicto XVI recordaba que la mayor pobreza que existe en el mundo es la soledad. Esto no deja de ser una paradoja en una sociedad en la que el individuo aspira a ser autosuficiente y a no tener que rendir cuentas a nadie. En esta exaltación de la autonomía, proclamada a todos los niveles con variedad de presentaciones en el mensaje, tarde o temprano, nos damos de bruces con el muro de la soledad. El espíritu profético de la Madre Genoveva intuyó esta plaga de los tiempos actuales, en la que las multitudes caminan solas.

Sin consuelo familiar, carente de instrucción y con una pierna amputada, Genoveva Torres habría sido una más la lista de los “heridos de la vida”, con sus secuelas físicas y morales, y que no siempre tienen ganas de ponerse en pie. Pero contaba con un tesoro, el de la fe cristiana, que le haría levantarse y ponerse a disposición de la tarea que Dios había dispuesto para ella.  Su vida es un ejemplo de que la auténtica fe es siempre alegre. Aquella “cojita”, como la llamaban muchas personas, tendría siempre una expresión radiante de alegría y de ternura, muy semejante a la de María, que se pone en camino para ayudar a su prima Isabel. Es la que ejerce la misericordia  antes de que su Hijo nazca, lo que no es extraño para quien está llena de Dios.

Una escuela de misericordia, frecuentada por bastantes santos, es el sagrario. ¿Puede ser indiferente a la soledad de los demás aquellos que pasan horas junto a Quien eligió el riesgo de estar solo por amor a nosotros? Los que acompañan a Jesús terminan por acompañar a los demás, al ver en ellos el rostro de Cristo. La Madre Genoveva era una de esas personas, pues reconocía que no había dejado de ser la asilada de la casa de la Misericordia de Valencia, donde pasó nueve años. Pero ya no era una huérfana. Antes bien, tenía que agradecer a Dios, que le hubiese proporcionado  un nuevo y definitivo asilo: el sagrario. Desde este punto de vista, es un acierto haber elegido para la misa propia de santa Genoveva el evangelio en que el Dios Juez, el examinador del Amor, recuerda a los justos: “Os aseguro que cada vez que lo hicisteis, con uno de estos, mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis” (Mt 25, 40). Con todo, las raíces de la misericordia de la Madre Genoveva hay que buscarlas en sus velas nocturnas ante el Santísimo. Hambre de tratar al Maestro, de mirarle y de encontrar allí la inspiración del Espíritu que llevar a buscar y acoger a los que viven en soledad. La oración ante el sagrario alimentaba la presencia divina en la jornada de la Madre. ¿Cómo no había de buscar de continuo esa compañía? En la vida de la santa se aprecia con nitidez que caridad y eucaristía siempre van juntas, pues la Madre Genoveva no aspiraba a vivir en una especie de Tabor. En una carta del 5 agosto de 1912, escribía a su director espiritual: “Pida mucho por mí, que tengo tentaciones atroces con dejarme todo y esconderme, que nadie me vea. Sólo estoy bien estando sola con Dios; pero tengo que atender a tanto, que no puedo, y esto es uno de los martirios”. Pese a todo, Dios la confortaba y le daba las fuerzas para ayudar a sus hijas y a las señoras a las que atendía. Era así porque sabía vivir la única soledad que merece la pena: la de la intimidad y el trato con el Señor sacramentado.

Santa Genoveva Torres es una buena compañía para recorrer el Año de la Misericordia. La Casa de la Misericordia de Valencia, regentada por las carmelitas de la Caridad, fue una auténtica escuela en su vida. Le dejó tal huella que, en ocasiones, firmaba sus escritos con esta inscripción: “Genoveva, la de la Misericordia”. No solo era un recuerdo de sus orígenes. Era además una aspiración, un programa de vida, el mismo que expresa Jesús en el evangelio: “Sed misericordiosos como vuestro Padre es misericordioso”(Lc 6, 36).

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Bicentenario del nacimiento de Don Bosco: Bajo la protección de María

Es imposible desvincular la vida de Don Bosco de su cercana relación con María, algo de absoluta necesidad en cualquier época y para cualquier cristiano. Ese vínculo también fue indispensable en el siglo XIX, marcado por un enconado anticlericalismo que pretendía reducir a la Iglesia al ámbito privado, a modo de prisión asegurada con todo tipo de cerrojos. Hay que subrayar la paradoja de un tiempo en que se hacía profesión de fe en la libertad, aunque solía confundirse con la indiferencia porque no abundaba la sensibilidad para valorar los problemas sociales surgidos de la Revolución Industrial.

Sin embargo, el cristianismo es por naturaleza una religión expansiva y siempre ha tenido el mandato imperativo de llevar la Buena Noticia a los pobres y los débiles, a los desechados por una sociedad, como la de la naciente burguesía industrial, que solo pensaba en la ganancia fácil y aplicaba con rigor unas leyes a menudo injustas, aunque los preámbulos normativos hicieran gala de complacientes autojustificaciones. No era fácil el ambiente social y político vivido por Don Bosco. ¿Y qué podía hacer el hijo de unos humildes campesinos frente a la rueda de un progreso material que a veces se llevaba por delante a tantas personas, especialmente a unos jóvenes abandonados a su suerte y privados de todo afecto?

En toda tarea que resulta superior a sus fuerzas, el cristiano no se abandona a sus fuerzas, ni mucho menos a sus buenas intenciones. Antes bien, tiene que asumir como el fundador de los salesianos, los dos rasgos definitorios de María: la humildad y un corazón lleno de amor al prójimo. Para Don Bosco, María es una Madre, una persona viva y activa que interviene de continuo en la vida de las personas, en particular de aquellos que imploran su protección como hijos. Recordemos que un célebre sueño de mayo de 1862, el santo percibió con claridad las dos columnas sustentadoras de la Iglesia: la Eucaristía y la devoción a María Inmaculada y Auxiliadora. Y hoy estas son también los referentes de nuestra vida cristiana. Son dos columnas de fe que dan pleno sentido a las virtudes de la esperanza y la caridad.

Don Bosco buscará, en  consecuencia, el auxilio de la Virgen. Carente de recursos, acometerá la “locura” de edificar una basílica a la Auxiliadora, una casa en Turín para la gloria de María. Y no deja de ser llamativo que las autoridades municipales vieran con sospecha el nombre de Auxiliadora. Su percepción de la Historia, en lo que lo novedoso siempre arrincona a lo supuestamente antiguo, les haría pensar que estaban ante una muestra más de superstición, digna de ser desterrada en nombre de la razón dueña y señora del mundo. Pero Don Bosco no cedió. ¿A qué tenían miedo aquellas autoridades que llevaban la palabra “libertad” siempre en la boca y buscaban monopolizar los espacios públicos para imponer su visión de la existencia? ¿Qué desafío sospechaban en la denominación de María Auxiliadora? Finalmente, Don Bosco se salió con la suya, y el 9 de junio de 1868, se consagraba en Turín el templo dedicado a esa advocación. Otro signo más para alimentar la confianza hacia María que seguiría guiando los pasos, pese a todas los obstáculos, de la familia salesiana de todos los tiempos.

Toda fiesta mariana es una invitación a caer en la cuenta en la protección de una Madre que nunca abandona a sus hijos. Es también una oportunidad para invocar a quien es considerada la omnipotencia suplicante. La  gran festividad de la Virgen en agosto conlleva además un enlace obligado: la conmemoración del nacimiento de Don Bosco el 16 de agosto de 1815. Con todo, un amigo me decía en cierta ocasión que la fiesta de la Asunción le dejaba un cierto rescoldo de tristeza ante la partida de la Madre. Pero esta solemnidad es, por el contrario, un día de esperanza y de alegría, de esa alegría que fue un signo distintivo de Don Bosco. Solía decir que la alegría es la más bella criatura salida de las manos de Dios, después del amor. Tenemos que estar alegres en la Asunción porque es el triunfo de María. Equivale a la Pascua de la Virgen, y es un día para decir ¡Alegraos! (Mt 28, 8), tal y como hizo Jesús resucitado con las mujeres que acudieron al sepulcro. María asunta al cielo es ahora nuestra Auxiliadora porque está junto a su Hijo siempre dispuesta a interceder por nosotros. Ella acompaña a todos los cristianos que queremos vivir la apasionante aventura de la fe con esa desbordante alegría tan querida por Don Bosco.

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